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Frescor, fragor…

En mi cuarto de baño había un bote en cuya etiqueta aparecía rotulado: Frescor crítico. Aunque el nombre anunciaba una frescura al borde de la congelación, a mí me recordaba el malévolo desparpajo de algunos críticos literarios: el furor crítico ejercido con impúdico frescor, el choteo crítico que provoca la obra del autor cretino.

Pero ya, después de unos cuantos cepillados de dientes más y después de una no tan cegata lectura, en mi cuarto de baño no hay un bote de Frescor crítico, sino un frasco de Frescor cítrico. No sé si se trata de un colutorio bucal, un locutorio vocal o una loción after save.

Lo que sé es que a mí me alegraba más lo de Frescor crítico; que no me hubiera disgustado que se llamara Fragor cretino; y que no llego a imaginarme cómo hubiera reaccionado si el dichoso bote hubiera estado etiquetado como Furor uterino.

¡Una cátedra!

Ahora que comienza un año nuevo, casi toda la gente se hace propósitos para mejorarse la vida; propósitos que luego nadie cumple… Yo, que ya soy de los veteranos, no me hago ningún propósito; pero me hago ilusiones. Me imagino que por fin este año los americanos se van a dar cuenta de este saber recóndito que guardo en mi memoria y ya, menos mal, se deciden a ponerme una cátedra en Harvard, con una placa en la puerta: “Cátedra de Antonio sobre los dichos de su pueblo”. E imagino que todos los estudiantes, americanos o polinesios, guardan cola para matricularse y aprender español con acento gojareño, que suena casi como hogareño pero no es exactamente lo mismo. Y sobre todo, para estudiar la filosofía popular de los dichos de la gente de Gójar, que yo me sé desde que era un crío. Y como yo me muera y se mueran otros cuantos veteranos más de los que fuimos a la escuela con el Maestro Serón y con el Maestro Peseta, todo ese patrimonio cultural de la humanidad universal se va a convertir en vapor de ése que sale de la charca donde Dios deposita el polvillo en que los astros se convierten con el paso del tiempo.

Ya sé que dispongo de este blog para hacer la exégesis de los dichos gojareños. Y de hecho, alguno ha salido ya aquí, explicado en sus circunstancias históricas. Recuerden mis lectores, por ejemplo, el dicho acuñado, esculpido, grabado en los aires de la Vega por Manolico Tacón, cuando el burro se obstinó en no cruzar el chorro: “A talento me ganarás”… Pero la escritura no es lo suyo: estos saberes son filosofía y literatura oral, y requieren “la presencia y la figura”, el encuentro y las voces en carne viva.

Señores americanos, sé que no andáis muy boyantes en el tema del dólar: porque los estáis gastando estúpidamente en un ejército que sólo produce muertos. Por favor, reservad alguna partida de machacantes, de dólares quiero decir, no de marines, para mi Cátedra de Dichos de mi Pueblo; que será un bien para todo el mundo: filosofía de la buena, economía, ecología… y mucho arte. Y anda que no tenía arte mi paisano Montes, en la Guerra Civil del 36, cuando las trincheras estaban lo suficientemente cerca como para que los rojos lo oyeran, y se asomaba un poquillo y les decía a grito pelao: «¡So tontos, no tiréis [no disparéis], que nosotros tampoco vamos a tirar. Nosotros [es decir, nosotros y vosotros], a comer y a disfrutar; y el que la haya liao, que la deslíe!»

En fin… A ver si este año hay suerte…

Elegía al niño de la liebre

No por Antonio sino por

PABLO NERUDA

A la luz del otoño en el camino

el niño levantaba

en sus manos no una flor ni una lámpara,

sino una liebre muerta.

Los motores rayaban la carretera fría,

los rostros no miraban detrás de los cristales:

eran ojos de hierro, orejas enemigas,

rápidos dientes que relampagueaban

resbalando hacia el mar y las ciudades.

Y el niño del otoño con su liebre,

huraño como un cardo,

duro como una piedrecita, allí,

levantando una mano

hacia la exhalación de los viajeros.

Nadie se detenía.

Eran pardas las altas cordilleras,

cerros color de puma perseguido;

morado era el silencio;

dos ascuas de diamante

negro

los dos ojos del niño con su liebre;

dos puntas erizadas de cuchillo,

dos cuchillitos negros,

los dos ojos del niño allí perdido,

ofreciendo su liebre

en el inmenso otoño del camino.

Nuevas odas elementales. 1956.