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Final de un libro

El resultado más probable de esta guerra, dados los recursos a disposición del Kremlin, es algún tipo de victoria de Rusia. Pero ¿cuál puede lograr? Incluso si los rusos se conformaran con quedarse con todo el Dombás como “victoria”, aún tendrían que hacer frente al problema de la insurgencia y la desobediencia civil ucranianas, por no hablar de los costes gigantescos que supondrá reconstruir las ciudades que han destruido sus propios soldados. La economía rusa quedará aún más debilitada por las sanciones, retrocederá cincuenta años y, en la práctica, volverá a las condiciones de la era soviética. Aislada de Occidente, se verá obligada a inclinarse hacia Oriente, un giro que la guerra ha acelerado y que diversos ideólogos del Kremlin aplauden, pues creen que el futuro del país se encuentra en un bloque euroasiático -opuesto a los valores liberales occidentales y al poder global de Estados Unidos-, con China como su principal aliado. Al tener solo combustibles fósiles, metales preciosos y materias primas que ofrecerles a los chinos, Rusia sería el socio menor de esta nueva relación, pero la alianza representaría una peligrosa amenaza para los intereses occidentales en aquellas regiones del mundo, desde Oriente Próximo hasta India, donde los movimientos nacionalistas y las dictaduras consiguen explotar los motivos de agravio de su país en contra de Occidente. Tal como lo entiende el Kremlin, esta no es solo una guerra en torno a Ucrania, sino también en torno a que el creciente poder de Eurasia ponga fin al orden global y económico dominado por Estados Unidos. 

Es una guerra innecesaria, nacida de los mitos y de las lecturas torticeras que hace Putin de la historia de su país. A menos que cese pronto, destruirá lo mejor de Rusia: aquellas partes de su cultura y de su sociedad que durante mil años han contribuido al enriquecimiento de Europa. La Rusia que salga de la guerra será más pobre, más impredecible, y estará más aislada en el mundo. Todo ello demuestra lo peligrosos que pueden ser los mitos cuando los emplean los dictadores para reinventar el pasado de su país. 

El futuro de Rusia es incierto, pero hay algo seguro: su historia nunca volverá a ser la misma. El Estado volverá a reinventarla según cambien sus necesidades, mientras que la ciudadanía volverá a reimaginarla en su búsqueda de una nueva orientación. Quizá hoy parezca que esa historia estaba destinada desde el principio a concluir con Putin y su reinvención de la tradición autocrática rusa, pero no tendría por qué haber acabado así. Hubo capítulos de la historia en los que Rusia podría haber tomado un camino más democrático. Contaba con una firme tradición de autogobierno en las ciudades república medievales, en las comunas campesinas, en los hetmanatos cosacos y sobre todo en los zemstvos [sonsejos rurales], que podrían haber sentado las bases para una forma más inclusiva de gobierno nacional. Hubo momentos en que los gobernantes se inclinaron hacia la reforma constitucional, pero sus iniciativas liberales se vieron barridas por el curso de unos acontecimientos que fueron acercando cada vez más a Rusia a la tragedia de 1917. Y en el caos de la revolución hubo momentos en los que el pueblo fue capaz de remodelar el Estado de acuerdo con sus viejos sueños utópicos de libertad y justicia social. Contar de nuevo todas estas historias contribuirá sin duda alguna a cambiar el destino de Rusia. 

Orlando Figes, La historia de Rusia 

Páginas 400-402 

Traducción de María Serrano Giménez 

Ed. Taurus- Penguin Random House 

Barcelona. Segunda reimpresión, febrero de 2023

En Austria, recién acabada la Primera Guerra Mundial

Cada visita a la ciudad era una experiencia angustiosa; por primera vez vi los amarillentos y peligrosos ojos del hambre. El pan negro se desmigajaba y sabía a resina y cola, el café era un extracto de cebada tostada; la cerveza, agua amarilla; el chocolate, arena teñida y las patatas estaban heladas; la mayoría de la gente criaba conejos para no olvidar del todo el sabor de la carne; en nuestro jardín un muchacho cazaba ardillas con escopeta para las comidas de los domingos, y los perros y gatos bien alimentados pocas veces regresaban de sus paseos. Los tejidos que se ponían a la venta eran en realidad papel preparado, sucedáneo de otro sucedáneo; los hombres iban vestidos casi exclusivamente con uniformes viejos, incluso rusos, sacados de un  almacén o un hospital y dentro de los cuales ya habían muerto unas cuantas personas; no eran raros los pantalones hechos de sacos viejos. Se le encogía a uno el corazón al andar por la calle, donde los escaparates parecían saqueados, la argamasa se caía desmigajada como tiña de las casas en ruinas y la gente, visiblemente desnutrida, se arrastraba a duras penas hacia su lugar de trabajo. La alimentación era mejor en la llanura; con el bajón general de la moral, ningún campesino pensaba en vender la mantequilla, los huevos y la leche a los «precios máximos» fijados por la ley. Guardaban escondido en el granero todo cuanto podían y esperaban la visita de compradores con mejores ofertas. Pronto apareció una nueva profesión: la de los «acaparadores». Hombres sin trabajo cogían una o dos mochilas e iban de un campesino a otro, iban incluso en tren a lugares especialmente productivos, para conseguir víveres ilegales y venderlos luego en la ciudad a un precio cuatro o cinco veces más elevado. Al principio los campesinos estaban la mar de contentos con la gran cantidad de billetes de banco que les llovían en casa a cambio de los huevos y la mantequilla que ellos, a su vez, también «acaparaban». Pero, en cuanto iban a la ciudad con sus carteras repletas para comprar mercancías, descubrían con irritación que, mientras ellos sólo habían pedido cinco veces más por sus víveres, el precio de la guadaña, el martillo y la olla que querían comprar se había multiplicado por veinte o cincuenta. A partir de aquel momento aceptaban sólo objetos industriales, intercambiaban mercancía por mercancía, valor real por valor real; después de que, con sus trincheras, la humanidad hubo retrocedido felizmente a la edad de las cavernas, también perdió la milenaria convención del dinero y volvió al primitivo trueque. Un grotesco comercio se extendió por todo el país. Los habitantes de las ciudades acarreaban hasta las casas de campo todo aquello de que podían privarse: jarrones de porcelana china y alfombras, sables y escopetas, aparatos fotográficos y libros, lámparas y adornos; y así, por ejemplo, si alguien entraba en una casa de campo de Salzburgo, podía encontrar allí, con gran sorpresa, un buda indio que lo miraba fijamente o una librería rococó con libros franceses encuadernados en cuero, de los que los nuevos propietarios presumían con mucho orgullo.

Zweig, Stefan. El mundo de ayer: Memorias de un europeo (Spanish Edition) . Edición de Kindle.

De imprentas y de libros

Entretanto, la revolución de la imprenta que había hecho posible la Reforma estaba teniendo también consecuencias impensadas. Entre 1450 y 1500 el precio de los libros cayó en dos terceras partes, y en adelante siguió reduciéndose. En 1383, que un escriba copiara un único misal (un libro para la liturgia) para el obispo de Westminster costaba el equivalente al sueldo de 208 días. En la década de 1640, gracias a la imprenta, se vendían ya en Inglaterra más de 300.000 almanaques populares al año, cada uno de unas 45-50 páginas y a un precio de apenas 2 peniques, en una época en que el salario diario de un obrero no cualificado era de 11,5 peniques. De media, el precio real de los libros cayó un 90 por ciento en Inglaterra entre finales del siglo XV y finales del siglo XVI. Y el boom no fue solo editorial. Entre 1500 y 1600, las ciudades donde se habían fundado imprentas a finales del siglo XV crecieron al menos un 20 por ciento más rápido (y puede que hasta un 80) que otras similares en que no se había adoptado tan pronto. La difusión de la imprenta fue responsable de entre un 18 y un 80 por ciento del crecimiento urbano entre los años 1500 y 1600.

Niall Ferguson, La plaza y la torre.

El papel oculto de las redes en la historia: de los masones a Facebook

Traducción de Inga Pellisa y Francisco J. Ramos

Editorial DEBATE

Título original: The Square and the Tower

Edición en formato digital: septiembre de 2018