Posted on 24 octubre, 2007 by Antonio
Anteayer, mientras estábamos acabando de almorzar, se presentaron buscando a Hebe, mi hija pequeña, todos los niños que viven en esta calle. Según decían, había un buitre posado en el tejado de una casa vecina. Mi mujer se asomó con Hebe y demás niños a ver si era verdad; y en su curiosidad me arrastraron a mí, que, nada más asomarme a la puerta, lo vi: un montón de plumas pardas del que asomaba la interrogación de su cuello y cabeza desplumados. Lo vi y me volví para la cocina, a dar cuenta de lo que quedaba en mi plato y en mi vaso.
Al poco mi mujer también volvió: a coger su cámara fotográfica para hacer el reportaje del buitre, que, según decía mi cónyuge, se había dejado caer, más que volar, a la acera; y allí se había quedado, quieto y serio, como si estuviera padeciendo un ataque de melancolía.
Lo que sigue me lo contaron esposa e hija ilustrándolo con las fotos… Llegó poco después un coche con una dotación de policías municipales, que aparcaron y se quedaron mirando al buitre, a dos metros de prudente distancia. Luego hicieron algunas llamadas y siguieron por allí, por si el buitre tenía alguna otra reacción suicida, como liarse a cabezazos contra el coche que tenía delante. Pasó un cuarto de hora y se presentó otra dotación: esta vez, de protectores de la naturaleza, con sus uniformes de protectores y todo. Hicieron inspección ocular del animal; luego se acercaron un poco más, le acariciaron las alas y le palparon el buche; e hicieron el diagnóstico de que la criatura estaba ebria a causa de un almuerzo excesivo: como si acabara de salir de una celebración en el Mesón de Sancho. Sacaron del coche una especie de cazamariposas gigantesco y cargaron en él al buitre. Y ahí acabó todo: se lo llevaron a su Centro de Rehabilitación de Aves Enviciadas en la Glotonería (CRAEG).
Lo que me pregunto ahora, en un rapto de melancolía tal vez similar a la del buitre, es qué habría sucedido en mi calle si quien se hubiera presentado por aquí anteayer, con síntomas de desnorte y de embriaguez, en lugar de un buitre leonado, hubiese sido un vagabundo humano.
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Posted on 21 septiembre, 2007 by Antonio
Como chiste, no puede ser más malo. Nos lo contaba, allá en los lejanos tiempos del seminario, el padre espiritual, del que todo el mundo en el claustro sabía que, como valiente y leal legionario, había hecho la guerra en el bando de Franco, y se había metido a cura al acabar la contienda, seguramente para enterrar la atroz experiencia, de tanta sangre humana derramada, bajo un grueso manto de retiro, austeridad y oración. Este era el chiste:
El sargento mandó al más espabilado del pelotón a que enseñara al compañero situado en el extremo opuesto en la escala de la inteligencia, que por cierto se llamaba Abundio, a decir cartucho; porque el pobre, un destripaterrones que en su vida había pisado sobre losetas y lo que había visto más parecido a una escuela había sido un hato de cabras, siempre decía carchuto. Pasó algún tiempo, antes de que el soldado espabilado se presentara delante del suboficial y se cuadrara con marcial disciplina para comunicarle: -A sus órdenes, mi sargento. Abundio ya sabe decir carchuto.
Estos días, en el reencuentro con los compañeros y con los alumnos de la ESO, me he acordado de aquel padre espiritual del seminario. ¿Qué habrá sido de él? ¿Será un viejecito perdido en la selva de la desmemoria, arrinconado en una residencia para curas ancianos y asistido por la bondadosa paciencia de unas monjas? ¿Habrá encontrado la dicha, una vez acabada la milicia de la vida, en un paraíso para clérigos ascetas?
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Posted on 7 junio, 2007 by Antonio
Estábamos en la era, ocupados en las tareas de la parva: mi padre, mi tío Santiago, mis hermanos… En la sombra del granado cercano estaba colgada la damajuana del agua, forrada de pleita. En los alrededores los pollos picoteaban. Se trabajaba desde las primeras luces del alba, de modo que, cuando apretaba el calor en las horas cenitales, el cuerpo nos pedía un descanso. “La hora del Ángelus”, decía mi tío sin pensar para nada en el rezo de la oración. No sé si para él tendría algún sentido religioso la operación que seguía: los prolegómenos del gazpacho. En la glorieta formada por un grupo de olivos grandes nos juntábamos para colaborar en aquel sabroso menester: pelar el pepino, picar el tomate, migar el pan. Con frecuencia acudían amigos: los que no tenían parva, o salud, o edad para trabajarla, los que vivían en un mundo de inocencia, más allá de las agrias obligaciones del trabajo, y se sostenían al arrimo de vecinos y familiares. Ciertamente era un rito aquel frugal almuerzo de cuchara –¡malo para quien no tuviera la suya en la mano!–; rito también por lo mucho que nos reíamos. Desaparecía misteriosamente la cuchara del Antoñico, que ya andaba enredado en los vericuetos de la demencia senil. Y el tío Santiago decía solemne: «Antoñico no quiere gazpacho.» «Sí quiere», respondía Antoñico compungido. «Antoñico no quiere gazpacho», repetía, como si no lo oyera, el tío Santiago, provocando varias veces idéntica respuesta, cada vez más vehemente y desolada. Hasta que Antoñico soltaba su «sí quiere» precedido de una contundente blasfemia. Entonces estallaban las risas, y aparecía, con idéntico misterio, la cuchara del Antoñico. Y ya todo era paz y todo era concordia en torno de aquella fuente, a la que acudían diligentes las cucharas de todos. Y los ruidos y las voces del parco refrigerio formaban como una isla, rodeada por la monodia cansina de las chicharras.
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