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R.I.P.

Me lo contó Marcelo al día siguiente, cuando estaba todavía bajo el impacto de la impresión. No era para menos. Llegó al filo del olivar de Alacaena –el sol se estaba poniendo- a tirar a los zorzales que remontaban el cerro, sobrevolando la ladera de monte bajo, para pernoctar en los olivos. Es un método bastante seguro de gastar la munición, aunque él siempre se queja de que cada año que pasa la cosa está peor. Resguardado tras un tronco, se disponía, como digo, a disparar a los zorzales y a los tordos, asomando el cañón de la escopeta por la cruz del árbol. Oyó ruido a sus espaldas, entre los olivos. Volvió la cara y vio a Fatimico manipulando en algo. No le prestó atención: él estaba a lo suyo. Creyó que podía estar cortando una rameta para cazar al día siguiente camachuelos con liga y reclamo. Siguió atento a la llegada de los pájaros; quedaba poco rato de utilidad para los tiros. Luego volvió otra vez la cabeza, con la normal curiosidad de ver qué hacía el otro. Y lo vio: bambolearse a medio metro del suelo. Se había ahorcado. Soltó la escopeta y al mismo tiempo saltó hacia Fatimico. Lo aupó abrazándolo por los muslos, sin tener nada claro lo que hacer a continuación. Tenía –pensó- que levantarle las piernas hasta que le pudieran descansar sobre una rama. En seguida cortaría la cuerda, gracias a que llevaba la navaja en el bolsillo. Fatimico dio un buen costalazo en la tierra no muy blanda del olivar, pero se había salvado del infierno.

O había vuelto a él. Luego se supo que aquel mediodía el muchacho había intervenido en una disputa de los padres, que había tomado partido y había echado las manos al cuello del padre con ánimo evidente de estrangularlo. La madre, que seguramente había buscado el apoyo del hijo en la reyerta sin prever hasta dónde podría llegar aquel apoyo, cuando vio las manos del hijo engarfiadas en la garganta del marido, había conseguido a tiempo que el retoño se horrorizara de su conducta parricida, a tiempo de que el desgraciado volviera sus manos contra sí, con el aditamento de la soga.

De niño Fatimico era algo raro. Le gustaba mucho, cuando apenas era un crío, leer. Lo recuerdo ahora mismo, como si lo estuviera viendo, acuclillado en el hueco de la peana de un olivanco enorme, al resol invernizo de mediodía, en otro olivar, el Olivar del Cura. La cuadrilla entera charlando –en el suelo mondas de naranja de la comida y ramillas de olivo del reciente vareo-, hablando de cualquier cosa; y él apartado un poquito, como quien no quiere ser interrumpido, concentrado en su libro. Un caso raro.

Después de aquel intento de castigarse a sí mismo con la pena de muerte –eso es lo que yo creo que ocurrió aquella tarde hace diecinueve años- Fatimico se volvió a ojos vistas más reconcentrado y silencioso. Casi siempre estaba en el campo, siempre solo; pero donde daba más no sé qué de verlo era en el bar, pidiendo una cerveza e incrustándose en el rincón más apartado para mirar la televisión.

Pasaron unos dos años. A la Fati –la madre era la que realmente se llamaba Fátima; y la gente había dado en llamarlo como a la madre, pero su nombre era Rafael, como su tío paterno, muerto poco antes del nacimiento de su sobrino: otra desgracia de la familia-, a la Fati, decía, le entró una enfermedad, en el hígado creo. Despachó rápido: estuvo menos de un mes en la cama y se fue. Después se fue su hijo mayor, Mateo; este a Badalona, a trabajar en la construcción. Allí sigue, aunque ahora dicen que es portero de un inmueble. Quedaron solos en la casa fatimico y su padre: un tronco roto en pleno vigor por la desdicha, y un vástago tan seco que era como la imagen anticipada del primero. No eran ya una familia, eran los brazos vivos de un cuerpo muerto.

Fatimico hizo un gran corral y echó cabras. Se hizo más y más taciturno; dejó de ir al bar y nunca se le veía por el pueblo. Durante un tiempo se rumoreó que tenía relaciones maritales con la Dalmira, una cortijera guapísima que estropeaba su figura con su andar oscilante, como si caminara siempre por un campo recién arado. Su larga melena rubia y el bermellón de sus mejillas fueron durante años algo tan del pueblo como el olmo de la plaza, aunque tampoco ella pisaba mucho el asfalto de las calles. ¿Eran verdaderos los rumores acerca de aquellos esponsales campestres? A mis oídos llegó por entonces otro bien diferente infundio: Fatimico se tiraba a una de sus cabras; lo habían visto en lo más intrincado del barranco, el cuerpo del pastor montado, quebrado, retorcido y derrotado sobre el lomo del animal, al que sujetaba por los cuernos.

Fatimico era un buen hombre, como también lo era su padre; pero ambos habían sido encerrados por el destino en una cárcel de soledad. Las raras veces que se les veía juntos más daban la impresión de ser dos ánimas del purgatorio que un padre y un hijo. Compartían el vino y la comida; no había contencioso entre ellos; pero cada uno por su cuenta estaba tan abocado en el pozo de su pasado, que cuando realmente se miraban no identificaban al padre o al hijo de su enfermiza memoria con el ser extraño y silencioso que tenían delante. Al menos es lo que a mí me parecía.

En fin, a la historia de esta familia se le ha acabado otro capítulo. Anteayer ganaron –ganamos- las elecciones generales los socialistas. Vamos a tener un gobierno de izquierdas en este país de hidalgos, señoritos, sacristanes, caudillos y prostitutas. Parece increíble. El recuento de los votos duró hasta las tantas: no cuadraba y hubo que repetir el cómputo. Salió un voto más para el PSOE. Un buen palo a la derecha… ¡Que se jodan! Esto, ya digo, anteayer. Fatimico votó. Yo, que estaba de presidente de la mesa, tuve en mis mano su carné –que no recuerdo haber mirado, la verdad-, y empujé su papeleta al interior de la urna. Y esta mañana lo he visto tieso como la madre que lo parió, sobre una camilla no muy limpia, en el cuarto del cementerio en que el forense practica las autopsias. Estaba pálido y tenía la cabeza vendada con un trapo blanco. A los diecinueve años del ahorcamiento, anoche se pegó un tiro debajo de un olivo, en una pequeña finca de la familia, no lejos del pueblo. Esta vez no ha habido fallo. Nadie sabe dónde estaría guardado el viejo revólver con el que se ha disparado, pero todo el mundo da por sentado que estaría escondido en algún agujero del pajar de su casa, desde Dios sabe cuándo. Se ha conservado apto para todo servicio en tantísimos años de inactividad.

En el pueblo esta mañana se palpaba el duelo. A pesar de que Fatimico tenía últimamente más de zombi que de criatura humana. Pero otra noticia se difundió rápidamente, que vino a sustituir la tristeza de los vecinos por la sorpresa: la polvareda la ha levantado la carta que le han encontrado en el bolsillo de la chaqueta, en la que escuetamente dice que deja sus cabras a la Reme. La Reme es una gran mujer, una tía como un castillo, y una puta de profesión, que lo es desde antes que al difunto le despuntaran los cañones. Ella ha ejercido siempre –a sabiendas de todo el mundo- en la capital; y ha sido muy discreta –discretísima, según vemos ahora- si ha abierto su puerta a alguien en el pueblo.

Las santas mujeres han ido a ver al cura, al juez; han hablado con el padre del testante: que eso no es un testamento legítimo, que no puede ser, que sin plenas facultades, que a una ramera, que el Estado, que la Iglesia, que la Moral… La Reme ha dicho –y las orejas que están sobre mi cuello lo han oído- que se vayan todos a la mierda, que tiene ganas y edad de cambiar de oficio, y que tentada está de echarse al monte con las cabras, y de darle a cada bicho del rebaño el nombre de una de las muchas meapilas del pueblo a las que ella ha puesto una cornamenta mucho más lucida que la de las cabras de Fatimico; que era muy hombre el Fatimico, y que en paz descanse su alma, que se lo merece. Amén.

Poetahúr

Aficionado a la poesía y a los naipes como Góngora, aunque más garitero que poeta a diferencia del Cordobés Divino, una tarde de hastío decidió fabricarse una descuadernada de endecasílabos esticomíticos (ya sabéis: los que imponen a la frase su estructura, como aquel “Yo no nací sino para quereros” del Toledano de Oro) y combinarlos para hacer sonetos y octavas reales en un juego de azar como el rentoy o la brisca. Cuarenta endecasílabos esticomíticos en cuarenta naipes, que tendría que ir combinando hasta formar con ellos ¿cuántos sonetos, cuántas octavas? Se vería. Para empezar se propuso una compartimentación de los cuarenta en cuatro rimas, como los palos de la baraja, cada una de las cuales se compondría de diez versos, o sea, de diez naipes. Prefirió elegir entre las rimas fáciles, pues aún era novato en este juego, y se decidió por los participios: -ADO, -IDO, tan asequibles siempre; y los antiguos participios activos –ANTE, -ENTE. En seguida se dio cuenta de que escribir así cuarenta versos era juego de niños (de niños raritos, por supuesto), pero intentar combinarlos luego formando poemas era tarea descabellada. De modo que, como buen poetahúr, decidió hacerse trampas a sí mismo, y empezó escribiendo un soneto en lugar de versos sueltos. Y le salió como sigue:

ESTICOMITIA

 

Este naipe es un yermo congelado;

este verso es un campo florecido;

este naipe es el verso que ahora mido;

este verso es un naipe ya jugado.

Cada día es un verso inacabado;

cada noche es un verso en el olvido;

cada ocaso es un vaso ya bebido;

cada alba es un don de oscuro hado.

Un hombre nunca es más que su presente;

la vida no es la vida, es el instante;

quien más cuentos se cuenta más se miente.

No mires hacia atrás ni hacia delante;

tiende la mano al fruto que te tiente;

la que a mano te ame sea tu amante.

El poetahúr pensó que ya tenía catorce cartas para su nueva baraja; y, más aburrido que satisfecho, se largó al casino, donde sin duda encontraría compañeros para jugar una partida con las cartas de siempre.

EL FRAILE DEL COLLADO (leyenda de Gójar)

En el cerro de Gójar un fraile

ayuda a los pobres con su caridad:

los consuela, les da medicinas

y a la Virgen pide los libre del mal.

(Letra de las “Coplas de la Aurora”)

 

A comienzos del siglo XVII la comarca de Gójar era un conjunto de caseríos y huertas pertenecientes a señores de la nobleza granadina, o a burgueses poderosos e influyentes. La iglesia tenía también su buena parte, ya que eran no pocos los conventos que se habían erigido en aquellas laderas, fértiles gracias a las acequias y ramales de riego que los moriscos habían construido. En buena cantidad eran todavía moriscos (nos situamos en unos años anteriores al decreto de expulsión de Felipe III) los que, al servicio de los señores, seguían cultivando la tierra, y regándola con las limpias aguas que bajaban de Sierra Nevada.

Al convento de los franciscanos de Gójar pertenecía un frailecico que pronto se hizo popular entre las gentes rústicas de la zona, ya que pasaba buena parte del día entre ellos: o les pedía limosna para el convento, o buscaba plantas silvestres (collejas…) para la parca cocina conventual, o para la enfermería, pues también era un experto herbolario.

Era un hombre, este fraile, de poca apariencia física, pequeño de cuerpo, aunque fuerte y bien proporcionado. Hijo único de una rica familia granadina, sus padres, después de los lógicos forcejeos con la voluntad del hijo, habían aceptado con dolor humano y resignación cristiana la pérdida del hijo, arrebatado por la inquebrantable vocación religiosa.

Fray Roque, éste era su nombre, no era, por tanto, uno de los muchos jóvenes que acudían a los conventos escondiendo tras la careta de la vocación religiosa la verdadera cara del hambre, o de la falta de amo al que servir, o de tierras que labrar, o de horizontes hacia los que caminar, en aquella España poderosísima entre las naciones, pero devastada y paupérrima para tantos hijos hambrientos.

Fray Roque era un sincero seguidor del pobrecillo de Asís: por eso estaba siempre alegre, y trasmitía a las gentes sencillas de la comarca la alegría honda que no tiene por causa el estómago y la vanidad satisfechos, sino una fe religiosa muy acendrada y segura. Mas no era sólo su alegría lo que trasmitía el frailecico. Como ya queda dicho, hacía el bien continuamente. Sabía ver las necesidades de todos, tanto en sus andanzas por la comarca, entre campesinos y pastores, como en el propio convento; y a todos acudía y les buscaba remedio, con la fina inteligencia de su buena educación y con el celo de la verdadera caridad fraterna.

En el otoño de 1606, una epidemia de cólera asoló la comarca. Las gentes pobres que malvivían en cabañas y en chozas veían enfermar a sus familiares, los veían debilitarse víctimas del morbo, y morir, sin poder hacer apenas nada por aliviarlos.

En tan duros tiempos para la población, el fraile Roque se volcó más todavía, sacando fuerzas físicas de su virtud espiritual, en su vida de caridad. Era además nuestro fraile un gran devoto del santo cuyo nombre llevaba: San Roque, su otro maestro en la caridad cristiana junto al de Asís; San Roque, hijo único, como él, de una familia rica, y entregado por amor fraternal a asistir a las víctimas de la peste, que asolaba Europa tres siglos antes.

Nuestro frailecico veía que las necesidades de los gojareños eran muchas, en aquellos tiempos de epidemia, y pidió permiso al prior para no tener que volver al convento cada noche. La pasaría donde buenamente le pillara, donde hiciera falta llevar algún lenitivo para el sufrimiento, aunque sólo fuera el de su siempre risueña y serena presencia.

Remitió al fin la epidemia; y el dolor de los que quedaron comenzó a restañarse, por esa ley de la vida que obliga a los vivos a seguir su camino, llevando, de los parientes que dejan atrás, sólo la memoria en la cabeza, la sangre en las venas, y el amor en el corazón. Nuestro fraile, mientras tanto, se había habituado a vivir siempre fuera del convento; a pasar la noche en cualquier pobre choza donde pudiera acompañar a algún necesitado; a ir a la iglesia con la gente del pueblo, a pedir a Dios clemencia para los niños que quedaban sin madre, para las madres que perdían a sus hijos.

Fray Roque veía que los que llevaban una vida más dura eran los pobres pastores que cuidaban “sus” rebaños en las laderas del monte, entre los ríos Dílar y Aguas Blanquillas. Por ello pidió licencia a su prior para quedarse entre ellos, y hacer vida de ermitaño; viviría de las limosnas de los pastores, y les ayudaría en cuanto estuviera en su mano: buscándoles hierbas medicinales, tejiéndoles esparteñas, enseñando a leer a sus zagales.

El prior concedió de buen grado  su permiso, ya que veía que fray Roque había elegido el camino acertado para su vocación, y el más beneficioso para aquellas pobres gentes; incluso, probablemente, el más provechoso para el convento.

El frailico excavó una pequeña gruta en la ladera del monte, sobre los parajes de Macairena, en la margen derecha del barranco, un lugar al que los pastores llamaban El Collado. Y allí vivió, sin más compañía que la de una pequeña imagen de su santo homónimo. También San Roque había vivido, ya contagiado y enfermo de la peste, en una pequeña cueva, en Piacenza, adonde el perrillo que siempre aparece junto a su imagen le llevaba, milagrosamente, el alimento que necesitaba. Fray Roque no estaba enfermo, así que él mismo saldría a buscarlo por el amor de Dios y de sus criaturas.

Bastantes años vivió Roque de ermitaño, en la presencia de Dios, que se siente más cerca en la altura del monte, junto a los pastores, y junto a todas las demás criaturas que poblaban la tierra: los rebaños de ovejas y cabras, los pajarillos cantores y las majestuosas águilas, los zorros y lobos, acechantes y astutos, los tímidos conejos, las silenciosas culebras.

Esta fue la compañía del poverello del Collado: Dios y sus criaturas. Y en esta vida de pobreza y caridad pasó los años que le quedaban para estar en la tierra.

Y de esta forma vivía cuando le llegó la hora del tránsito, en la Nochebuena de 1617. Ocurrió como sigue. Fray Roque ya dormía en la cueva. En medio del sueño, tuvo una aparición: la imagen de San Roque que tenía en un minúsculo altar de la gruta, cobró vida, se convirtió en un San Roque glorioso, y resplandeciente mucho más que una gran hoguera. Y el santo le dijo: “Tocayo, levántate y ven conmigo. Vamos a ver a Jesús”. Fray Roque despertó sobresaltado, salió de la cueva y vio que la luz de su sueño brillaba más arriba, en medio de la ladera. El ermitaño empezó a trepar apresurado. No sentía el frío intenso, ni la ventisca que lo azotaba y casi le arrancaba los harapos. Al llegar a donde había estado la luz del santo, su cuerpo quedó paralizado, bloqueado, convertido en Roca: el sentido simbólico y premonitorio de su nombre se cumplía. Mientras, su alma volaba por las regiones celestes, ahora tan resplandeciente como el alma de su tocayo.