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Amigos

Él era de ciudad y yo de pueblo. Él tenía un tipo esbelto, grácil, florentino; hubiera sido el modelo más cabal para un artista del Cinquecento. Yo era un tipo achaparrado, campesino, que parecía seguir llevando un surco entre las piernas o las manceras de un arado apretadas en las manos. Él era valiente, altivo, directo y atrevido; se crecía ante el obstáculo. Yo era torvo, desconfiado; ante el obstáculo me replegaba y merodeaba al acecho. Él era fuerte, jovial, elegante y atractivo; el animal que lo representaba era el caballo. Yo era fuerte, serio, incomodante y antipático; el animal al que me asemejaba era el oso. Amigos en el internado, nos visitábamos en vacaciones. Amigos en el instituto, nos sabíamos aceptados y queridos por la familia del amigo. Amigos en la universidad… Compartíamos la mesa, la juerga, los amigos… Juntos viajamos un verano al extranjero, juntos fuimos detenidos por la policía, juntos salimos de algunos bares cuando estaba amaneciendo. Ha pasado tanto tiempo… Qué poco nos hemos visto en las tres últimas décadas. Lo echo de menos.

Mi primer libro

En la casa de mi infancia había una cabra, una burra o una mula, un marrano (dos si el año era bueno), a veces una becerra, una tropilla de gallinas con su gallo, conejos, una gata… Era el sueño de cualquier niño de ahora, empezando por mi hija pequeña, que quisiera que esta casa en la que actualmente vivimos fuera el Arca de Noé. Pero en la casa de mi infancia no había libros.

Cuando hice la Primera Comunión, lo que se consideraba un título no sólo religioso sino académico, como todos mis coetáneos en el pueblo, pasé a la Escuela Grande. Ésta (sólo para chicos, naturalmente), regentada por el maestro don Antonio a quien apodábamos Serón, o Cerón porque ceceábamos, englobaba los tres escalones del ascenso escolar antes de llegar al grado máximo (el de completo botarate): desde becerrillo recental hasta acémila con colmillos de jabalí pasando por el de asno flatulento, que asno flautista en aquella escuela jamás lo hubo.

Tres libros de lectura ejercían de libros de texto, uno por cada nivel de los antedichos: el Hemos visto al Señor, que englobaba Religión, Ética, Educación para la Ciudadanía, Historia y todas las demás asignaturas; el Criaturas de Dios, que, aunque se centraba en el actual Conocimiento del Medio y en la Religión, también era la enciclopedia  del grado, y el España es así, que se centraba en la Historia de España como ésta, a su vez, se centraba en la de Viriato.

Pero a ninguno de estos tres libros lo llamo yo mi primer libro… Durante un paseo o excursión entre escolar y eclesial, cuando un servidor andaba por los nueve o diez años, un seminarista mayor, vecino del pueblo (amigo Ico Joaquín: era tu tío Pepe) se sacó del bolsillo de la sotana un libro pequeñísimo, de pastas rojas y duras, del que me hizo entrega en donación desinteresada: era Los Cuatro Evangelios. Éste fue mi primer libro: porque era personalmente mío y no compartido con el resto de la chusma patibularia de la escuela. Lo leí muchas veces: lectura mental, lectura de dar la tabarra a cualquiera de la familia, lectura al sol de la primavera, lectura mientras en la cocina queríamos comernos las ascuas de la lumbre en el frío recio del invierno. Cuando, algún tiempo después, el tío Pepe de mis amigos Icos me preguntó si lo había terminado de leer, prácticamente me lo sabía de memoria. Menos mal que en aquel tiempo no se hacía lectura comprensiva, como ahora, y no me mandó ni me pidió que le explicara con mis palabras el contenido, ni me preguntó si había reflexionado sobre el milagro de los panes y los peces, el sermón de las bienaventuranzas o las últimas palabras que pronunció Jesucristo antes de expirar en la cruz. Me salvé gracias a la enseñanza de entonces, incomprensiva y memorística.

Espantapájaros

El menos sufrido de los empleos que desempeñé en mi infancia fue el de espantapájaros. El trabajo consistía en no ir a la escuela, sino al bancal en que mi padre había esparcido su semilla (entiéndase bien…) y dar de tanto en tanto algún grito más o menos aterrador, arrojar alguna piedra sin destino, pasear por los alrededores en busca de algún árbol al que aliviar de su carga frutal, charlar con algún vecino que anduviera por el paraje ejerciendo labor tan relajada como la mía.

Era habitual que complementara mis actividades disuasorias con las venatorias, de forma que si yo abandonaba mi puesto, allí quedaban los cepos, montados y montando guardia, por si alguna de aquellas atrevidas aves acudía en mi ausencia a comerse las semillas, reblandecidas por la humedad de la tierra, a punto de aparecer a la luz del sol como plantas recién nacidas. Los pájaros no se paraban ante aquellos tiernos brotes a meditar en el misterio de la vida; simplemente utilizaban sus patas y sus picos para trasladarlas del blando humus en el que estaban siendo alumbradas a la estrechez lóbrega de sus buches.

De modo que si ellas, las aves, no tenían miramientos, tampoco tenía que tenerlos yo; y tanto si era gorrión como si era ruiseñor, el desconsiderado pájaro perdía su vida en el cepo, y luego, convenientemente asado y sazonado, entregaba a mi cuerpo sus proteínas. En cierta ocasión en que ejercía este descansado oficio en un bancal de garbanzos recién sembrados en Las Jutilianas –mi vecino Ramón andaba por allí, ocupado en la misma profesión que yo, y podría dar fe de mi relato si no ha olvidado el episodio, que es lo más probable–, en esa ocasión, digo, trinqué viva, recién caída en la trampa, una cogujada; y en lugar de darle dura muerte, que era lo habitual, la até con un hilo a una junquera del chorro; con tan mala maña, que se escapó con el hilo en la pata. Mas no por ello después de la evasión dejó de visitar la finca para comerse los garbanzos de mi familia; ahora bien, era la primera en levantar vuelo y la que volaba más deprisa en cuanto oía mi grito de guerra. Allá iba ella, volando como un reactor, con su hilo en la pata haciéndole de estela.