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No teníamos radio

Tenían radio nuestras vecinas de la parte de abajo, las hijas de la María y de Pedrico. Tenían radio nuestras vecinas de la parte de arriba, las hijas de Fernando el Tejo y de la Teresica. Ellas bordaban; y, mientras, oían las canciones dedicadas y las novelas de amor de Guillermo Sautier Casaseca.

Mis hermanos –mayores- y yo andábamos siempre en vegas o en secanos. La radio, maldita la falta.

Más tarde, cuando yo estaba ya en el seminario de Granada, mi amigo Palomino, un genio de la electrónica, era capaz de coger un cacho de metal y un palmo de cable y montar una radio. Aunque sólo servía para un solo oyente, que tenía que tener el aparato pegado a la oreja. Por aquellos entonces Los Beatles se habían hecho los amos del cotarro; mientras los curas, en los altavoces que dominaban los patios, nos ponían canciones de la monja Sor Campanas.

Luego yo dejé el seminario. A la vez que mis hermanos –mayores- dejaban el pueblo y se iban a criar flores en los invernaderos de Suiza, o a criar planchas de acero en los altos hornos de la Solac francesa. De Suiza me trajeron mis hermanos un transistor –mucho más moderno que la radio: no había que enchufarlo a la corriente- de la marca Philips: oírlo era como estar en la Gloria. ¡Qué bien sonaban Los Brincos en mi transistor! Yo escuchaba la canción de “Bailando con Lola”, y allí estaba Lola, hecha un ovillo conmigo.

Después yo también empecé a salir de mi pueblo, a temporadas. Y no tengo claro qué fue de mi transistor: ¿lo pisó la mula, se le soltó alguna pieza por dentro? No recuerdo.

Algunos años después Esperanza la Gatirra, amiga a tope de mi madre, también dejó el pueblo, para irse a vivir en un piso del Zaidín. A seis kilómetros no más, pero otro mundo. Esperanza hizo rastro de sus cachivaches pueblerinos; y mi madre le compró un armario negro de puertas chirriantes y gimientes y una radio enorme, que tardaba un rato en calentar altavoces, y por la que sólo se oía una emisora: Radio Granada. Hasta que dejó de oírse; y sólo se escuchaba un zumbido, un susurro de abejas que sonaba.

Pasaron los años; y ya pude yo tener minicadena propia, en mi habitación, con dos altavoces, uno a cada lado. Y yo ya no salía apenas de mi habitación. ¿Para qué? En mi habitación estaba el mundo. Pero, como a Manolo Escobar, mi radio me la robaron. Y vuelta a empezar.

Mayo ardiente y traidor

Los niños de 1º de la ESO –doce años– se distraen en la clase con cualquier nimiedad. Normal… Y además, cosa de los tiempos de ahora, no pretenden disimularlo.

Dar clase en 1º de la ESO es… como romper parva (los que saben del campo me comprenden; los que no, les pueden preguntar a los que saben), como coger espárragos en un pincharral (señores académicos, dejen de sestear y pongan en su diccionario un pincharral).

Pero, si el trabajo de los profesores no cunde, hay que ver cómo cunde el trabajo del tiempo… Días ha habido en abril en los que yo he pensado que me las había con adultos. Pero después vino mayo… ¡Qué traicionero es mayo! Y si no, que se lo pregunten al prisionero del romance: “¡Que por mayo era, por mayo…!”

En mayo los muchachos de 1º de ESO ven que el curso se termina, que se acaban las clases de taekwondo, de tenis, de waterpolo; y, si no se ganan los torneos, al menos hay que perder con dignidad.

Sin embargo las niñas… ¡Ay estas niñas de 1º de ESO, cuando llega mayo y les despierta el corazón! Las inocentes inquietudes se convierten en languideces de mocitas… Y de los cincuenta y cinco minutos que dura –¡qué dura!—una clase corriente, cuarenta y nueve los pasan muriendo lentamente, y esperando el timbre de la resurrección. Cuando éste por fin repica, corren a derrengarse y derretirse en los flamantes e inflamados pectorales del amado de 2º de ESO. De esa ESO a la que, en mayo, ha dejado de faltarle la B.

Infancia omnívora

Paseando con mi hija Hebe, por epatarla, por espantarla, o por ayudarla a que se haga una idea más precisa de la distancia que hay entre sus trece años y lo que fueron mis trece años, le digo que, en cuanto veo un gorrión, me lo imagino frito, “porque es que están buenísimos fritos”. Ella inclina su cabeza para apartarla de mi persona, extiende el brazo para apartarme a mí, por réprobo, de su persona, y, casi al borde de la arcada, musita: “¡Papá…!”

Yo le he dicho la verdad… No sólo los gorriones fritos estaban buenos cuando yo era un crío: todos los silbos alados, una vez preparados y pasados por aceite hirviendo o por las meras ascuas, estaban de rechupete.

Teníamos hambre. No había lugar para remilgos. Así que nos lo comíamos casi todo. No sólo las moras maduras en estío, sino los brotes verdes (de qué me suena este sintagma, mejor lo cambio), sino los tallos nuevos de la zarza en primavera. No sólo las majoletas rojas en septiembre, sino también en abril las hojas del majoleto, a las que llamábamos pan de pastor. Nos comíamos en primavera las flores de los olmos, a pesar de haberlas bautizado con el feo nombre de piojos. Por lo menos a las semillas de las malvas las habíamos bautizado con más cristiano apelativo: panecillos; y de verdad son unos micropanes de irreprochable sabor y de almo poder.

Y para qué hablar de los productos cultivados –fuese quien fuese el dueño de la huerta o del secano donde se criaban–: las habas verdes para San Marcos, las higueras desde San Juan hasta San Miguel… Las uvas, ¡dios!, las uvas… Agazaparse entre las cepas y ponerse como una raposa parturienta, ¡qué delicia!

Lo malo, el malo, era el guarda de la vega: con su escarapela en el sombrero plano, su cayado en perpetuo gesto de amenaza, su carabina en bandolera, y su cara de implacable ira… Ustedes se imaginan que estamos tres o cuatro renacuajos en lo alto de un cerezo, pegados a las ramas como larvas, tragándonoslas hasta con hueso, por no perder tiempo en desprenderlos y escupirlos y porque, según se decía, así no se nos iba la barriga. Y de pronto uno de los enanos cerasífagos del grupo, que ya se sentía saciado y le apetecía divertirse a costa de sus colegas, exclama con voz gutural y sorda: “¡El guarda!”

En fin… que había que aguzar el ingenio para redondear la panza.

Por supuesto, pasado el sobresalto inicial, mi hija Hebe me comprende y me perdona mis boutades, mis burradas, mis cuasiputadas. Lo mismo que yo perdono sus remilgos, recelos y reprobaciones.

Y deseo, cómo no, que ni a ella ni a nadie de su generación, le falte nunca la comida.