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La palabrota del sembrador

Salió el sembrador a sembrar su semilla… ¡Un momento, un momento, un momento…! Remontemos, o remomentemos, a los antecedentes.

Al sembrador le habían nacido los dientes mientras jugaba en la tierra, con su escardillo de niño. Se había pasado la juventud aprendiendo el oficio rural: de su padre y de los demás agricultores de su pueblo y de los pueblos colindantes. O sea, el sembrador había hecho la carrera de sembrador.

Pero… había sido contratado para la siembra por un terrateniente más borrico que los borricos que tenía en las cuadras.

Este terrateniente compraba, a precio de mercado, semillas de buena calidad: de habas, de trigo, de espinacas, de maíz, de patatas. Luego decía a cada uno de sus sembradores:

–Coge un saco del color que más te guste: (gris claro A, gris claro B, gris claro C…), del material que te parezca más adecuado (plástico A, plástico B, plástico C…), y mezcla en él, a partes iguales, la semilla de habas, de trigo, de espinacas, de maíz, de patatas. Elegirás los días de la semana que te parezcan más favorables para la plantación (siempre que estén incluidos en tu elección todos los que van de lunes a viernes); y esparcirás la semilla en la parcela que mi capataz te asigne, sea ésta arcillosa, pedregosa o arenosa; seca, inundada o semihúmeda. Vete ya. Y no olvides que te vigilo; ni que eres el responsable de los frutos que tu siembra me dé.

Salió el sembrador a sembrar su semilla… Y por el camino se iba cagando en los muertos del dueño de la tierra.

Tres generaciones en el Monte

El padre. Ya está más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero se mantiene fuerte como un roble. Y, como es trabajador y cumplidor al máximo, aunque lo despidieron en la empresa, no le falta la faena en las chapuzas. Y en su casa hace todos los arreglos que se necesitan, o sea, los que disponen la parienta y los niños. Ahora han decidido agrandar el cuarto del niño añadiéndole el de la plancha… Y ya está listo: en un día. Ahora hace falta tirar por ahí los cascotes del tabique, la puerta desmontada, el armario viejo, el viejo colchón y el viejo somier. La verdad es que a él no le parecen tan viejos… No importa… Todo sea por tener contenta a la señora (el niño no se merece tanto). Total, que lo carga todo en la furgoneta y tira para el Monte… Y antes de llegar a la Cuesta Grande, junto al riachuelo, lo larga todo: “Esto las zarzas lo tapan… El Monte se lo come todo…”

El hijo. Tiene ya veintitrés tacos. No terminó el bachillerato porque, decía, no le gustaba estudiar, y quería trabajar. El caso es que han pasado ya unos cuantos años desde que dejó el instituto y sólo ha trabajado un par de temporadas cortas (está difícil el trabajo…). A las pocas semanas de estar currando por primera vez, ya tenía convencido al padre para que le avalara la compra del coche: un SEAT León rojo que mantiene impecable, siempre limpio y sin un arañazo. Y porque no hay pasta para tunearlo… Gracias al manso y rugiente León, anoche mismo estuvieron dando una vuelta él y la chica con la que ha empezado a salir. Fueron a un par de zonas de movida; luego compraron para un piscolabis en uno de esos pequeños comercios que no cierran mientras haya negocio. Y buscaron la tranquilidad del Monte. Remontaron la Cuesta Grande y llegaron hasta la entrada de un carril que muere en una cortijada próxima. Allí el fiero león se convirtió en nidito de amor por unas horas. Luego, antes de iniciar la bajada, tiraron cuanto pudiera afear el coqueto y rodante apartamento: las latas vacías, los clínex usados, los envoltorios de los dulces, la bolsa de la tienda (el condón ya hacía un rato que lo había tirado la chica por la ventanilla): “Que metan gente para limpiar el Monte, que hay muchos parados.”

El abuelo. Se jubiló hace cuatro años y se mantiene saludable. Se acuesta temprano y se levanta temprano. Hoy sábado, después de desayunar su tazón de leche con galletas como siempre, va a tirar para el Monte. En su ciclomotor, que, aunque lo tiene desde muchos años antes de jubilarse, anda bien. Para el transporte de lo que se presente, le tiene acoplada en el asiento trasero una caja de plástico de esas de la fruta. Llega al paraje elegido para su merodeo, en mitad de la Cuesta Grande, y aparca en la orilla de la pista, sobre la hierba. En seguida se ata una bolsa en el cinturón, coge su azadoncillo, y comienza la búsqueda: espárragos, tagarninas, palmitos… “El Monte es bueno, y da muchas cosas a quien sabe moverse y mirar por sus laderas. Además, que la economía de la casa no está tan boyante. Y ahora mi hija con el lumbago; y este nieto, todo el día durmiendo y toda la noche por ahí, que hay que ver cómo vive la juventud… Y su padre lo deja, ¡hala!, lo deja hacer lo que le da la gana. Menos mal que por lo menos la niña es formalita y buena estudiante. Pero este niño… En fin… El Monte siempre se porta bien. Me voy ya para la casa, con mi manojo de espárragos.”

Serafín y su cáñamo

Era, Serafín, un vejete rubicundo y cazurro, cuando el que aquí escribe era un niño de diez años.

Tuvo, Serafín, hecha garberas en las Eras Bajas, una cosecha de cáñamo que llegó a convertirse en parte el paisaje. Para un niño de la edad que yo tenía entonces, dos o tres años son la eternidad. Y el cáñamo de Serafín era parte de aquella eternidad.

Después supe que los chavales algo mayores le preguntaban: “Serafín, ¿por qué no agramas el cáñamo?” Y Serafín, sacando una sonrisa leonardesca y socarrona, les contestaba: “Eso está ahí pa amolar”.

No sé si verdaderamente algún muchacho se llevó a una paisana a darle candela en el cáñamo de Serafín. Los niños en él sólo hacíamos escondites inocentes para jugar al uno y dicho, oki y similares.

Todos conocíamos la mata de cáñamo; y sabíamos que a las chamarizas (o los chamarices) les gustaban mucho sus semillas, los cañamones. Pero nadie sabía de una variedad de cáñamo de la que se obtuviera una droga. Es más: no conocíamos la palabra droga. En serio: no la conocíamos.

Ello no quiere decir que la gente no se colocara. Según contaban los mayores, Serafín y su hermana María, los dos viejos y solteros y habitantes de la misma morada, se ponían morados con picantes: siempre que los tenían al alcance, se acompañaban el platico de olla con unos cuantos de esos que con un solo mordisco convierten una boca en una hoguera. A estos hermanos, sin embargo, sólo les provocaban una sonrisa de satisfacción y malicia, menos seráfica que lujuriosa.

Estuvo bien que dispusiéramos durante tanto tiempo de las garberas del cáñamo de Serafín, que parecían un campamento indio. Además, alguien se libró de agramarlo, lo que era un trabajo insalubre e infame, con aquellos caballetes de larga y pesada cuchilla…

Hoy, en la casa, remozada, de Serafín y María, una su sobrina bisnieta ejerce su profesión de peluquera.