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Respuesta proporcional

En una calle céntrica, junto a su domicilio, una chica joven, tal vez adolescente, habla con alguien por su móvil. Concentrada en la conversación, mira al suelo, a sus pies. De pronto, frente a los suyos, pegados a ellos, aparecen otros pies. La chica mira al frente y apenas puede ver, porque una mano le ha atenazado la cabeza por la nuca, y tira de ella hacia delante, para que su boca se restriegue contra un pene que intenta penetrar en ella.

La chica logra zafarse, gritar; acude gente. Entonces el agresor se da a la huida, corriendo pero tranquilo; vuelve la cabeza y se ríe. Seguramente no es la primera vez que le sale gratis esta broma.

¿Agresión proporcional? Correr con ganas tras él hasta alcanzarlo, noquearlo de dos certeras patadas, sacar la navaja, cortarle el pingajo y metérselo en la boca.

–Ahora puedes chupártelo tú mismo cuanto te apetezca. Vas a ser feliz.

Mi amigo Falín

A mí me faltan, por lo menos, ocho años con éste para llegar a la jubilación; pero mi amigo Falín, año y medio más joven que yo, lo está desde los cincuenta y cinco.

Ha sido un policía a lo Torrente, que vivió muchos años con el síndrome de guerra en el País Vasco (escolta y conductor de mandarines de la política). Me contó anécdotas interesantes en aquellos años, pero no voy a reproducir aquí ninguna: me tendría que extender más de la cuenta.

Antes que policía, fue maquinista de imponentes artilugios: en carreteras, en puertos, en pistas de esquí. Un día me contó, estaba entonces en Sierra Nevada, que se había tirado de la máquina porque vio que le era imposible recuperarla de la caída al precipicio. Y, ya en el suelo, como la máquina no cayó, se volvió a subir en ella y la sacó del trance.

Antes que maquinista de máquinas pesadas, fue soldado en la infantería de marina; concretamente en una unidad donde los puteaban de lo lindo: la OMP, Organización de Movimiento en Playa. Se suponía que eran, en situación de combate, los que primero llegaban a la costa, a preparar una línea de defensa para el grueso del desembarco. Entonces era un atleta infatigable, de cuerpo perfecto. En una ocasión lo arrestaron: estuvo una temporada cargando con dos latas, de aquellas largas de la mortadela, llenas de arena; sólo las podía soltar lo imprescindible: para comer, aliviarse en las letrinas, dormir.

Hace poco perdió a su padre, que era tan bruto como él: un tabernero a la antigua usanza. Me contaron que en el tanatorio, cuando estaban velando al padre fallecido, mi amigo Falín sacó un cigarrillo y lo encendió. Y como alguno de los presentes le objetara que dentro de aquel recinto no dejaban fumar, él replicó: “El alquiler lo ha pagado mi padre; así que mientras él no proteste…”

En fin, que ya está jubilado. Y un poco escacharrado: cuando le faltaban unos meses para la dichosa jubilación, lo atropelló un coche. Fractura de vértebras, de la clavícula derecha… En ésta le ha quedado un bulto óseo como una nuez. Seguramente lo salvó su masa corporal; sus ciento diez kilos de paquidermo.

Este fin de semana he estado en mi pueblo y no lo he visto. Me gusta echar un rato con mi amigo; y le temo más que a una gripe: no encuentra el momento de volver a la casa si hay un bar abierto.

Segunda vivienda

Queridos visitantes de Certe patet, certepateantes queridos. Todos, mejor o peor, hemos hecho el agosto. Ahora toca septembrear, y ojalá nunca septhambrear, que es lo más duro. Coma el mundo y coma bien; que, si nos lo proponemos, hay rancho para todos. En fin, que volvemos a las andadas y a las andanadas, o sea, a colgar aquí nuestros textículos, sin componendas ni negociandas con nadie, fieles a nuestro currículum, que es igual de breve y similar en contenido al de Julio César (iba a escribir “al de Julio Agosto”, pero mi ágil mente se ha anticipado al acto fallido): “Llegué, vi y me cagué de susto”.

Y como soy un potentado, puenteado o puteado de los que van a veranear en casa propia, me toca pegar aquí el micorrelato que escribí hace unos días, mientras disfrutaba de mi segunda viviana. Hedlo aquí:

Ayer cometí un intento de suicidio –de meicidio diría si me lo permitiera la Academia–: me pegué un tiro en la sien con la pistola de silicona. No me maté: sólo pasé el resto de la tarde con la sien derecha como si me hubiera eyaculado en ella un monje satrapense. Es que las tareas domésticas me desesperan mucho, sobre todo las extraordinarias, que son tantas que a la fuerza se imponen como ordinarias. Y no hay nada como tener una segunda vivienda para que nunca te falte alguna domiamargura. No quiero ni pensar en los congéneres que no sólo tienen una segunda vivienda, sino también una segunda familia: una Fulanita con dos hijos en Sagasta y una Zutanita con una hija en Romanones. Yo, de estar así, me cortaba la yogular con el cortaúñas.

El caso es que en una de las habitaciones de mi segunda vivienda se habían despegado, levantado y sublevado unas cuantas baldosas. Por consejo de Domingo, mi ferretero de cabecera, las pegué con silicona. Con un inconveniente: la última… no había modo de meterla –mi problema de siempre–, porque no cabía. Fue entonces cuando decidí suicidarme con lo que tenía a mano.

Suerte que uno pisa terreno conocido… Esta mañana he recurrido al SMM (Servicio Municipal de Mantenimiento), que, como me conoce de toda la vida porque yo nací dos calles más arriba de donde ahora vacaciono, me la ha cortado por donde he querido: me ha hecho la circuncisión de la imposible baldosa, que a continuación ha penentrado en su hueco con absoluta solvencia.

Recomendación final: no tengan dos familias ni dos viviendas. A menos metros y a menos matres, menos trabajo. Hagan lo que cierto pariente mío cercano, que se ha construido una solución habitacional en la que sólo cabe, además de un hornillo y un lavabo, media cama.