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Bolífalos

El primer símbolo fálico que me cortaron, según lo que recuerdo, fue el astil de mi escardillo. Yo debía de tener unos seis años; y era un niño campesino privilegiado; porque, aparte de mi chota, de la que algo he dejado escrito aquí en alguna entrada, tenía mi propio escardillo, adaptado a mi tamaño. O sea, que ganadero y agricultor era éste que suscribe, durante su tierna infancia. Mi padre, o alguno de mis hermanos, le cortó el astil a mi escardillo, para hacer del trozo cortado el raedor de la cuartilla. Yo veía el raedor y me decía: éste es el trozo que le falta al astil de mi escardillo. Pero mi padre, mis hermanos y, lo que es más duro, también mi madre, se confabularon para replicarme ante la expresión de cualquier sospecha: “Estás tonto. Éste es el raedor. El astil de tu escardillo está más corto porque lo ha roído la burra.” Creo que el progreso ha ido logrando que cada vez menos padres confundan infancia con estupidez. Pero a mí me tocó que me metieran en la boca aquella rueda de molino, que nunca pude tragar.

Y ya, el siguiente símbolo fálico que recuerdo de aquel tiempo es un bolígrafo: algo más largo y fino que el que ahora utilizo habitualmente, pero del mismo color y brillo. Más brillo aquél, si cabe, porque lo admiré cuando era totalmente nuevo, sin estrenar. Era el regalo de Reyes de mi hermano Manuel, pero a quien de verdad fascinó aquel mágico objeto fue a mí. A saber qué uso le dio mi hermano. Según me declaró, algunos años después, el propio maestro, lo que se le había dado bien en la escuela a mi hermano había sido convertir una caja de zapatos en una baraja, pintando con toda propiedad la sota y el rey, el oro y el basto. Seguramente aquel boli dibujó alguna serie de naipes que permitió a mi hermano ir adiestrándose en el arte de la tahuromaquia mientras sus colegas menos despabilados repasaban las tablas de multiplicar al ritmo que marcaba la vara de don Antonio.

Ese mismo año en que los Reyes fueron tan generosos con mi Manuel, a mí me regalaron una ridícula escopeta poco más grande que el bolígrafo de mi hermano. Disparaba un corcho que le tapaba el cañón como si éste fuera el gollete de una botella. La bala de corcho no llegaba muy lejos: estaba atada con un hilo a la guarda del gatillo. Esta escopeta fue el tercer ídolo fálico frustrado con el que los hados, oscuramente según su costumbre, me hacían saber, o ignorar, que yo de mayor no iba a ser estrella del porno, gigoló cotizado o ligón de pueblo. Sólo un tipo corriente, capaz de pasar cien veces junto al mismo corrillo de mujeres sin atraer de ninguna de ellas la atención.

Seminario

Antonio Muñoz Molina es bastante más joven que yo, lo que quiere decir (entre otras muchas cosas) que en su infancia y adolescencia no le pillaron años tan duros del Franquismo (sé que nadie escribe esta palabra con mayúscula inicial, pero es la ortografía correcta, válgame la redundancia), tan duros del Franquismo como los que yo viví, menos duros, a mi vez, que los que soportaron mis hermanos mayores. Por eso me extrañó que en El viento de la luna reflejara una experiencia de colegio de jesuitas tan terrible. Páginas, por cierto, menospreciadas por algún crítico, que decía que esas escenas ya las había descrito Ramón Pérez de Ayala en A. M. D. G., y que Muñoz Molina no aportaba nada para superar los textos del ovetense. Yo no opino… Sólo confieso que soy un lector devoto de Antonio Muñoz Molina.

Y miren ustedes por dónde, hoy que quería contar mi experiencia como seminarista devoto, comienzo confesando que soy un lector devoto. Se ve que tiendo a las devociones, a pesar de que siempre he estado de acuerdo con el refrán que nos advierte que “primero la obligación y luego la devoción”.

Pues no… Yo no estuve en un colegio de jesuitas, sino en dos seminarios diocesanos. En el primero, sólo un año; en el segundo, cuatro cursos. Y jamás presencié castigos corporales que merecieran tan pomposo nombre, ni tratos vejatorios. Nada de eso. Es verdad que comíamos muy mal, que pasábamos muchísimo frío en invierno (los inviernos de Granada…), que, quitando estudio y devociones, sólo quedaba tiempo para un escueto rato de deporte, frontón o fútbol principalmente. Y los curas, los “superiores” que los llamábamos, llevaban una vida prácticamente tan dura (tengamos en cuenta, además, que muchos de ellos estaban aquejados de dolencias varias), tan dura como la de los mismos seminaristas.

Vida de ascetas, para que no menudearan las tentaciones de la carne a pesar de los supuestos vigores de la edad. Mujeres no veíamos…

Pues no como mujeres se nos presentaban las monjitas que se ocupaban de la cocina y otras intendencias; ni las chicas que tenían como ayudantes: ¡con qué aspecto tan desgreñado y sucio aparecían siempre las pobres cuando, de tarde en tarde, salían a donde las pudiéramos mirar!

Recuerdo –¿o imagino?—una temporada en la que estuvo asistiendo a nuestra misa de domingo una señora joven, esbelta, una belleza elegantísima, que subía, pasillo central adelante, hasta las gradas del presbiterio para recibir la comunión, dejando esparcida su celestial fragancia por todo el ámbito de la iglesia. Pero, claro, tan ausentes de mujeres andábamos que aquélla bien podía haber sido una alucinación colectiva.

La Virgen María Madre de Dios, la Virgen de Gracia para más señas, admitía todas nuestras rendidas jaculatorias, pero sólo era una imagen de madera policromada en el camarín de la capilla.

Ningún otro seminarista había al que Nuestra Señora de Gracia le inspirara una devoción tan alta, un amor tan total, como el que testimoniaba Cañavate… ¡Ay, Cañavate…! ¡Cómo afeaba nuestra tibieza con su santidad! Por eso, tácitamente, todos nos preguntábamos por qué no estaba en el cielo si era santo. ¿Ustedes se imaginan lo que puede durar un rosario cuando el rezador solista es un seminarista santo? Dura una eternidad. Dura tanto como para que los seminaristas de piedad adocenada y rutinaria sean reiteradamente tentados por el demonio de la desesperación. Porque oír rezar un “Ave, María” como una dramática declaración de amor apasionado puede ser edificante; pero ¡cincuenta avemarías en el mismo estático éxtasis, mas cinco padrenuestros, más toda la letanía…! No he vuelto a saber nada de Cañavate. Supongo que, a poco que le duraran los afanes místicos, se ganaría una plaza en los altares. Sancte Cañavate, ora pro nobis.

Y ya saben ustedes, lo recordábamos hace pocos días aquí, que el año 68, el de “por mayo era”, se puede considerar el año emblemático del despoblamiento de los seminarios: se quedaron vacíos. Muchísimas sotanas se quedaron colgadas o arrinconadas; no sólo sotanas de seminaristas: también sotanas de sacerdotes que comenzaron haciéndose curas obreros, o algo por el estilo, y acabaron tan seglares como cualquiera o, mejor dicho, tan seglares como su pasado les permitía.

Mucha religión

En el 68, fuera mayo o fuera abril, los españoles empezábamos a quitarnos el hambre. Algunos estaban pensando en comprarse una nevera, o un SEAT 600. Yo, para celebrar el jolgorio general, abandoné el seminario y me fui a comer habas verdes a mi pueblo. Tendría que haber ido también a echarme novia, pero no se puede cambiar tan bruscamente: denme tiempo.

Por aquellas fechas, aunque el nacional catolicismo retrocedía de vencida, todavía el lenguaje reflejaba lo pegados, adheridos o adosados que habíamos estado respecto a la Iglesia, los templos y los santos… Un niño era, en muchas ocasiones, un angelico. Cuando ese niño empezaba a articular sus primeras frases, la abuela se extasiaba y afirmaba que su nieto sabía más que los doce apóstoles. Cuando, después de crecer un poco más, el chico se aficionaba a la lectura, la madre comentaba, preocupada , que su niño estaba como San Juan, todo el día con el libro en la mano. Si el muchacho en verano se volvía cerrero o playero y se dejaba tostar por el sol, la tita extrovertía ante la madre su desasosiego: “Está más negro que San Benerito” (San Benedicto). Si un día al adolescente lo descabalgaba de malas maneras su acémila (la mula o la bicicleta) y la criatura se dejaba la piel de la cara y de los brazos entre los chinarros del suelo, el padre, cuando algún compadre le preguntaba en el bar, comentaba que el pobre chavea estaba hecho “un cehomo” (un Ecce Homo). Si el chico, entre cerros, playa, bicicleta y demás desgastes, adelgazaba a ojos vistas, la vecina le susurraba a su hija mocita que el vecino estaba más seco que la espina de Santa Lucía. Si el abuelo quería ponderar la hombría de su nieto, que había vuelto al pueblo después del periodo de instrucción en el ejército y después de haber jurado bandera, aseguraba solemne que su nieto tenía más cojones que el Santo de Escúzar, al que se le descascarilló un huevo y hubo que gastar dos espuertas de yeso en reparárselo. Cuando, entre los mozos de su quinta, el joven bebía vino y hablaba de muchachas, tal vez decía, de alguna de las que a él le llamaban especialmente la atención, que él le echaba un polvo que le iba a durar el gusto más que a un santo unas albarcas. Y si el muchacho, con el conque de haber jurado bandera y haberse echado una medio novia en el pueblo, se ponía gallito con su hermano mayor, éste lo amenazaba con darle una hostia que lo iba a lanzar como un cohete hasta la puerta del cuartel.

O sea, que seguíamos siendo extraordinariamente religiosos.