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Economía de trueque

El mundo en el que me crié, el arcaico medio rural, es un mundo en el que las tradiciones arraigan lo mismo que los esquejes o las semillas. Y por lo mismo que arraigan con fuerza, tardan lo que ya se sabe en ser erradicadas.

En mis años de estudiante me producía asombro que, habiéndose inventado el arado de vertedera en el siglo XIV, todavía durante mi infancia, en mi casa y en las casas de todos los convecinos que poseían un trozo de tierra, se continuara conservando y usando, junto con el de vertedera, el modelo anterior: el arado de punta o arado romano…

Aprovecho para hacer constar que no fui un “niño yuntero”, aunque guié el arado por los “paterna rura” algunos ratos, más por empeño y cabezonería propios que por imposición paterna. Yo no fui niño yuntero, pero Miguel Hernández está entre la media docena de poetas españoles que sin duda habrán sido coronados por Apolo y las Musas en las cumbres de su amor.

Y vuelvo a mi tema: el apego a las tradiciones en el mundo rural; y por ende, el apego a la economía de trueque, que hoy hemos llevado al título. La economía, por definirla, anterior al dinero…

No voy a hablar de lo que mis padres intercambiaban con sus vecinos, ni de lo que mis hermanos mayores intercambiaban con sus amigos. Sólo de lo que yo, niño, intercambiaba con otros niños; o, muchacho, intercambié con otros muchachos de mi edad; o, estudiante, con otros estudiantes.

Lo malo es que me he vuelto a extender en el exordio… Estamos empezando a navegar y ya toca replegar las velas. Ya no me cabe más que un recuerdo en esta entrada: yo explicaba Matemáticas a mi vecina Mari Trini, y ella me prestaba su máquina de escribir (Olivetti Lettera 36) y sus obras completas de Vicente Blasco Ibáñez (editorial Aguilar). Imposible olvidar aquel verano.

Mis gorilas

A Nicolás, hijo de Nicolás y de Antonia.

El lunes antepasado dediqué mi textículo, mi certepatía, mi palabrada, al Zapatero de la Moncloa… y hoy se la quiero dedicar a mis zapatos.

No fui un niño envidioso cuando fui pobre. Porque, con toda seguridad, no me sentía tan pobre: tenía padre, hermanos, abuelo, abuela, burra, cabra y cochino, dos higueras, dos granados… Lo que nunca tuve (antes de ser seminarista) fue un par de zapatos. Los que llevé el día de la Primera Comunión desaparecieron de la casa, como el traje, en cuanto me los quité: debían de ser prestados. Pero aquellos Zapatos Gorila, tan fuertes, tan flexibles, tan negros, tan suaves… ¡qué pocos niños vi que los llevaran! Además, con ellos daban, supongo que venía en la misma caja, una pelota verde, algo más pequeña que una pelota de tenis, ideal para jugar a los hoyos en las eras. ¡Eso sí que era una suerte: tener los mejores zapatos, y la mejor pelota para los hoyos! Esa suerte a mí nunca me tocó.

Hoy me desquito: mis zapatos son de marca. ¡Lo único de marca de mi atuendo! Porque los calzoncillos, que también exijo óptimos para llevar aseguradas las pelotas, los encuentro a euro y medio en cualquier hipermercado o mercadillo.

Mis zapatos son de marca. Y, además, tengo siempre dos pares: unos negros y otros marrones, para que me combinen con la ropa como manda la elegancia. Ahora sí soy rico. Tengo, aparte de los testículos bien cubiertos, dos pares de gorilas. A cambio, he perdido a mi abuelo, a mi abuela, a mi padre, a la chota que me seguía, como un perrito, negra y saltarina, por la vereda de la Acequia Baja…

¡No se puede tener todo!

Andrés el Turro

O sea, mi tío Andrés. Bueno como el pan del Horno de los Vílchez, en La Zubia. Bueno como todos sus hermanos, los Turros, los hijos de Trinidad la Turra. Andrés era el único abstemio de todos ellos, ocho varones de raída capa. Y por eso fue el que pudo permitirse el lujo (no tanto lujo, claro está) de vivir durante muchos años de su bar o su taberna.

Tenía alma de cantor. Estoy seguro de que lo que más hondo sentía era el canto, como los ruiseñores de ribera. Especialmente el canto religioso: las coplas a María Siempre Virgen. ¿Cómo se puede estar cantando, durante horas, amagado sobre el arrollo (sin la venia del diccionario, que me exige que escriba caballón) sembrando ajos con el almocafre? Con su voz tamizada, sin alardes ni estridencias, que no erraba una nota…

Creo que hubiera cantado (A la lima y al limón, ya no tienes quien te quiera… o cualquier otra copla) mientras un inquisidor como Francisco de Quevedo lo torturaba para hacerle confesar que le echaba agua al vino. Imagínense ustedes: Quevedo con las tenacillas en la mano amenazándole con arrancarle las uñas, y el chacho Andrés entonando un Dios te salve, Reina y Madre. Y luego, cambiando el tercio: “No se me arrebate, don Francisco, que guardo en la bodega un tonelillo de morapio para los circuncisos como vuestra merced”.

La última vez que lo vi, en el Hospital Clínico de Granada, miraba más hacia el otro mundo que hacia éste: aguardaba el encuentro con su Divina Pastora: ojalá Ella lo esté ahora apacentando por los prados del cielo.