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Tengo hermanos pequeños

A mis hijas mayores

Esa salamanquesa

minúscula y sin cola

que anda por el sótano:

siempre delante de mis pies.

¿Por qué tanto llamarme la atención?

¿Pretendes que te adopte?

¿Acaso no te sientes satisfecha

con ser solo mi hermana?

Esa mirla absoluta-

mente calva que vive en nuestro árbol.

Me mira muy atenta.

¿Te me insinúas, me quieres seducir?

Te amo como hermana,

no podría tenerte como novia.

Ella se enfada, grita

y se marcha al tejado.

El mosquito bendito

que, a las cinco, sin falta,

me hace vuelos rasantes por la oreja

-casi siempre la izquierda-.

¿Por qué me resucitas tan temprano?

¿Por qué nunca me dejas, hermanito,

dormir un poco más?

Si lo que quieres es el título de gallo,

despiértame más tarde,

cuando esté el sol a punto

de alzarse de su lecho.

A nuestro hermano grande

me gusta saludarlo cuando sale.

Epifonema

Puestos a emitir un lema

que sin duda sintetice

lo que dije, lo que hice;

un escueto epifonema,

un seco epitafio que ma-

ñana se lea en mi losa,

diga este: “Presurosa

vino mi vida hasta aquí.

No te sorprendas si a ti

te pasa la misma cosa.”

Comedido

Mi condición de hablador,

pasada la adolescencia,

una pizca de elocuencia

en usos de profesor.

Acabada esa labor

más de labia que de mimos,

con gusto nos reducimos

a una lengua contenida,

a una pluma con medida.

Lo que en décimas decimos.