-De amarte en vía,
amar temía.
Feliz me haría
llamarte mía,
amarte mía.
-A Marte envía
tu letanía.
Sé la alegría.
de quien, con verte,
comerte ansía.
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-De amarte en vía,
amar temía.
Feliz me haría
llamarte mía,
amarte mía.
-A Marte envía
tu letanía.
Sé la alegría.
de quien, con verte,
comerte ansía.
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A los cuatro, glotón.
A los siete, aplicado.
A los nueve, un salvaje.
Monaguillo a los doce.
A los trece, curita.
A los quince, un problema.
Nada a los dieciséis.
A los veinte, estudiante
(de los torpes: Románicas).
Veintiséis: un recluta
(tonta mili, no puta).
Veintisiete: Madrid
fue su segunda madre.
A los treinta un currante
plantado en un vivero.
Treinta y tres: se casó.
Padre a los treinta y cinco.
Cuarenta: profesor
sin dejar de ser padre,
ni ido, ni marido,
ni corredor del Dílar.
Cincuenta: cincuentón.
Sesenta: se sentó,
dijo a todo que no,
y aquí Antonio acabó.
Ese Antonio fui yo.
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Con o sin rima,
escribir un poema no es difícil;
es todo lo contrario: puro entretenimiento
(Miguel d’Ors los escribe incluso en bicicleta).
Difícil es pasarlo luego a limpio;
saber si está tocado de una gracia divina,
si merece salvarse
de esa boca voraz: la papelera.
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