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Otro puente en mi pueblo

Otra vez me ha acogido

el doblar de campanas.

Tan, tan, tan, tres clamores:

luego el muerto era un hombre.

Era un hombre: ya sólo es lo que queda en la memoria

de los hijos, de prójimos, de amigos.

Y, para compensarme, mi pueblo me ha ofrecido

su gran feria del mosto. El vino nuevo para

los paladares estragados por

lo amargo de la vida, la acidez de la envidia,

por la lepra del paro.

Las familias se juntan (a veces lo contrario),

andan codo con codo ante la adversidad.

Nuevas vidas: Jimena va a tener una hermana.

Y se ha acabado el puente. Volvemos al trabajo.

Del agro y la cosecha

Donde mi padre

cultivaba patatas,

cultivo versos.

Larvas y topos

aplaudían su obra;

no así la mía.

Versos o berzas;

comemos o cantamos:

es el dilema.

Pues bien sabemos

que no cantan: eructan

los satisfechos.

Con ego ardido y apagado escrito

No con fuego o con llanto, no con tiza

o con tinta está escrita esta poesía.

No con sangre tampoco: no es sangría.

Este canto está escrito con ceniza.

Como el dedo del cura se desliza

por la frente humillada del creyente

y escribe “polvo eres”, la escribiente

ceniza en estos versos profetiza:

“Tu vida es el prodigio más hermoso.

Quién lo puso en tus manos, no lo sé.

Sólo sé que es muy breve.

Vive libre. No cedas al acoso

de quienes quieren despojarte. Sé

tú no más. Tú: no menos. Tu vida nada debe”.