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El maestro epigramático

Hubo una vez un maestro de escritores

de los de mente en luz y corazón en llamas,

al que tanto varones como damas

iban a titularse de calamidoctores.

“Ante todo –enseñaba–, olvidad los primores

del oficio. No os andéis por las ramas.

Al pan, pan. Vino al vino. Y de las famas

huid a los desérticos rigores”.

Y acabada la clase de teoría,

daba para la práctica cuadernos:

unas marmóreas losas de sepulcro

en las que más de un nombre no cabía

casi nada: dos fechas,  dos dichos casi eternos.

Y aún mandaba el maestro: “¡El trazo firme y pulcro!”

Te haces de leña

Tú naciste hace apenas unas lunas,

unos cuantos veranos, tres tormentas,

unos cientos de auroras cenicientas

y cien noches de vino y aceitunas.

Fuiste jugoso junco en la ribera

de una acequia florida. Luego un pino

montaraz, vigoroso, señor del torbellino.

Y luego diste frutos de noguera.

Y una hoguera de frondas en octubre

que se extinguió en la tierra. En la tierra que cubre

tus raíces,  que sienten ya el frío de la peña.

Un ciego frío que te irá calando

desde el tronco a las ramas; que se irán derramando

y ya no serán ramas sino leña.

La cabeza

Me muele la cabeza

la vanidad del mundo; y su torpeza.

Me duele la cabeza

tanto, que no me creo tenerla en una pieza.

Me huele la cabeza

no sé si a establo, a muerto o a tristeza.

Me vuele la cabeza

una bomba, un misil, un barril de cerveza.