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El primer milagro

Vino queda

y me dijo:

“No queda vino.”

Yo le dije:

“Si agua tienen,

que se aguanten.

Aún no es hora de prodigios,

portentos o maravillas.”

Se retiró y me quedé

pensativo:

“Estos pobres son mis hijos,

gentes buenas y sencillas

en las que ni Dios repara…

Continúen el festejo,

que yo haré del agua clara

vino añejo”.

Vanitas vanitatum

Frágil la vida humana y aún más frágil

la vanidad humana:

la pompa de jabón, el globo de colores

que hace estallar el pico de un mosquito,

la espina de un rosal.

La vida frágil nos viene de lo alto:

somos obra de Dios, que nos ha hecho endebles por su gusto.

La vanidad es obra nuestra.

Obra de nuestra torpe ingenuidad,

que nos hace anhelar hasta la muerte

ser Dios por una hora.

Para morir en paz.

Fin de Babel

Ha de llegar el día

en que todos hablemos un idioma.

Todos el mismo idioma.

Todos como al principio,

antes de que la ira de Yaveh considerara una montaña

unos granos de arena amontonados

por la fuerza infantil de unas criaturas

tan débiles, tan frágiles, tan torpes.

Todos el mismo idioma.

Vuelta sosiego ya la ira del Altísimo.

Terminado el castigo de Babel,

esa cruel condena

por la que un hombre dice “Bendito el pan de trigo”,

y su vecino entiende “Maldito tú, enemigo”.

Todos el mismo idioma: romance de paisanos

que negocian, relatan,

buscan trabajo, amante, hacen deporte…

y nunca entienden “¡Muerte!”

cuando el vecino ha dicho “¡Suerte!”.

Fin de Babel. ¡Gracias, Yaveh!