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Mirando distraído la portada de El Club de los Faltos de Cariño, de Manu Leguineche

Hoy estoy juguetón y me apetece,

por divertirme y por pasar el rato,

mientras miro el retrato de un gran gato,

escribir de a catorce (uno más trece).

¿Es un tigre, es Muki? Me parece

que lo que estoy mirando es el retrato

de Manu Leguineche, que sin trato

con bélicos horrores envejece.

Se pasea, recuerda, habla con viejos

amigos alcarreños, sus paisanos,

lejos de guerras ya, de urbes lejos.

Ahora Muki ha parido cuatro enanos,

no se sabe si gatos o cangrejos,

que Manu y Muki miman a ocho manos.

Corazón, corazón

El corazón –la víscera que tanto simboliza—

se limpia con amor y penitencia:

amor para lo bueno de los otros

(sí, sí, para lo bello: es lo mismo);

la penitencia es

contemplación paciente y disgustada

(y sin derecho a confesión)

del mal que nos habita.

Humano humo

Con volutas de humo de la hoguera

en que arde la vida del poeta,

el poeta hace versos. Con volutas de humo.

El poeta se quema como incienso

en el altar de un dios.

Mientras tanto las gentes van y vienen,

laboran, se hacen ricos, envejecen,

dan fiestas, pierden órganos, se mueren

o levantan sus torres hasta el cielo.

El poeta los mira desde lejos:

son sus hermanos,

son su pasión, su pesadilla,

la raíz que lo entierra, la flor que lo enaltece.

El poeta se sienta

en medio de su hoguera y mira el mundo,

inmenso carrusel que nunca se detiene.

Que nunca se detiene.

El poeta está ardiendo y en su pira

hace versos con humo.