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Un pueblo

Un pueblo de beatas enlutadas,

un pueblo de borrachos de taberna,

un pueblo de inodoros sin cisterna,

un pueblo sin salidas, sin entradas.

Un pueblo de pasiones enterradas

en la fosa abisal de la entrepierna;

un pueblo que envenena la materna

leche con maldiciones heredadas.

Un pueblo con hedor de sacristía,

un pueblo con candado en la bragueta,

un pueblo que respira suciedad.

Un pueblo que reniega de autovía,

un pueblo sin recuerdos y sin meta,

un pueblo que jamás será ciudad.

Kite Tarifa School

Cálidos galardones, las delicadas prendas

que cubren las palomas dormidas de sus pechos

(ahora escudos de bronce frente al sol)

han entregado a fuertes paladines

abnegadas doncellas,

para que por su amor se midan en combate

con las huestes de Éolo,

en el ancho palenque del Océano.

Los ardientes suspiros del fiel enamorado

las delicadas prendas inflaman, agigantan,

transforman en flamígeros dragones

cuya cola sutil transporta al caballero,

que veloz se desliza en plena mar.

Mi grupo y yo miramos la contienda

desde la multitud dispersa por la playa.

Luego vamos, valientes, a jugar con las olas,

que levantan sus lomos, simulan engullirnos

con sus enormes fauces

y nos hacen rodar por sus espumas;

son una fuerza blanda y juguetona,

cachorros de mastín.

Ya cansados, volvemos a la arena

y esculpimos en ella

la figura yacente del náufrago Odiseo

en la playa feacia (no ha salido muy bien).

Otra vez nos metemos en el agua,

hasta que al fin, rendidos,

buscamos las toallas,

nuestras pequeñas alas de dragón.

Nos vamos hasta el coche; y, ya en la carretera,

en la carrocería de una gran furgoneta

que nos va precediendo,

con llamativos rótulos,

se anuncia la alta escuela en que los paladines

aprenden a enfrentarse con el viento:

“Kite Tarifa School”.

Patio de La Calleja…

Asomado a la alcoba

en la que vino al mundo mi señora

cuando yo era un pelón de cinco años.

Hoy, noche de San Juan,

hoy, noche serena del verano,

el vaso de cerveza cabe mí

(cabe en mí, por supuesto)

estoy solo y en paz en este patio.

Es un patio pequeño,

un escueto rectángulo de sombra y de silencio

donde antaño trepó la madreselva

e hizo su mansión la golondrina.

Hoy, noche de San Juan,

mientras mujer e hijas

andan en sus visitas familiares,

siento la compañía del esbelto ciprés.

Con qué calma se yergue. Mansa brisa

va peinando su fuste, y las estrellas

acarician su copa,

la impregnan con sus luces celestiales.

Luego miro a mi izquierda

y en la vieja cortina contemplo los dos buzos

descendiendo en picado, obra pictórica

de maestros insignes.

Ya me voy sumergiendo

con los buzos en un pozo de sombras,

el sueño va apagando mis sentidos;

que pronto encenderán abruptamente

los ruidos de la puerta y la voz cantarina

de mi hija pequeña,

que siempre tiene algo que contarme.

Emerjo de mi sueño, cojo el vaso

de cerveza y trasvaso la que queda.

Luego acudo al encuentro de mi Hebe.