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El Español

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El agua…

 

Editorial de EL MUNDO. Hoy

El agua, un bien nacional que exige solidaridad y no ‘guerras’ regionales

SUPERADO el ecuador del verano más caluroso de las últimas cuatro décadas en España, son varias las regiones seriamente preocupadas por la sequía. La situación hidrológica es excepcional y el Gobierno se ha visto obligado a tomar algunas medidas como el trasvase de 20 hectómetros cúbicos del Tajo al Segura para paliar las consecuencias que la falta de lluvia estaba provocando en el sureste español. Pero la decisión ha coincidido con un cambio político en Castilla-La Mancha. Y el nuevo presidente autonómico, el socialista Emiliano García-Page, ha reabierto la guerra del agua exigiendo, por un lado, la paralización inmediata del trasvase y, por otro, ultimando una Ley con la que pretende blindar los caudales de su región para bloquear los bombeos al Segura. Ello supone un auténtico despropósito que rebasa, además, todas sus competencias.

Casi tan pertinaz como la sequía, que repetía Franco, es la guerra del agua en la que se enzarzan periódicamente administraciones y dirigentes políticos regionales. Y lo primero que deja en evidencia son los fallos de una política que, por su naturaleza, sólo puede ser de Estado. La Constitución es muy clara al otorgar al Gobierno central las competencias en planificación hidrológica y realización de planes nacionales de infraestructuras hidráulicas, así como el dominio de las cuencas intercomunitarias. El agua, por decirlo claramente, es de todos los españoles, y en ningún caso puede ser ni arma arrojadiza ni bien privativo de las taifas en que parecen haberse convertido las administraciones autonómicas. La gestión del agua compete al Estado, que debe asegurar el abastecimiento y las necesidades de todos los españoles, conforme a principios básicos de solidaridad y cohesión y vertebración territorial.

Sin embargo, los sucesivos gobiernos han hecho dejación de funciones y han preferido estirar el cuello hacia el cielo en busca de nubes antes que adoptar las necesarias medidas políticas para no soliviantar a presidentes autonómicos de unos y otros colores. El caso más claro se vivió durante la primera legislatura de Zapatero, quien, con su decisión de paralizar las obras para el trasvase del Ebro, cometió un gravísimo error que ahora estamos pagando. El presidente socialista se plegó a la oposición de la Generalitat catalana, que entonces presidía Pasqual Maragall, que se envolvió en las tesis ecologistas que denunciaban que el trasvase perjudicaría seriamente el equilibrio del Delta. Pero en aquel momento ya existían suficientes alternativas técnicas para haber hecho compatible la preservación de este parque natural con el trasvase del Ebro tanto a Cataluña, como a Valencia, Murcia y Almería. Hoy nos encontramos con que todos estos territorios sufren problemas de escasez periódica –incluidas algunas comarcas catalanas– y, a la vez, asistimos a fenómenos como el del pasado invierno, en que el Ebro arrojó en apenas 20 días al mar casi 2.600 hectómetros cúbicos, suficientes para dar de beber a todos los españoles a lo largo de un año entero.

La política hidráulica debe servir para vertebrar el país. Y es necesario impulsar trasvases y envalses nacionales que garanticen el reparto solidario y el acceso necesario al agua. España consume anualmente más de 35.000 hectómetros cúbicos, aunque casi el 70% se emplea en regadíos, y en este sector también hacen falta urgentes mejoras. Por ejemplo, no es de recibo que una parte muy importante del agua se pierda en los más de 10.000 kilómetros de canalizaciones agrícolas repartidos por todo el país o que siga habiendo tantos sistemas de irrigación intensivos nada eficientes. Pero, en todo caso, lo que ni García-Page ni ningún otro líder autonómico pueden avivar es una guerra regional a cuenta de un bien tan preciado como éste.

 

Carta al lector

PEDRO G. CUARTANGO

EL MUNDO. Hoy

CUANDO se cumple una edad, se empiezan a echar muchas cosas de menos. No voy a cometer la indiscreción de enumerarlas, pero sí diré que añoro algunas costumbres del pasado que han desaparecido. Me refiero, en concreto, a la práctica de escribir cartas.

Cuando no existían los ordenadores ni los teléfonos móviles ni las redes sociales había en este país mucha gente que tenía el hábito de escribir cartas. Eso era antaño, en los tiempos de Franco, cuando las cabinas funcionaban con fichas, los pobres fumaban Celtas cortos y había cajas registradoras con botones y palancas.

En aquella España gobernada por unos señores de camisa azul, las cartas eran un medio subversivo para comunicar ideas proscritas, para expresar sentimientos o para salvar las distancias geográficas que sólo los expresos de medianoche acortaban.

Yo fui un gran escritor de cartas. A pesar de mis escasos medios, compraba papel de barba y sobres resistentes porque daba una gran trascendencia al hecho de escribir. Jamás lo hacía con bolígrafo y siempre empleaba una pluma estilográfica que cargaba en un tintero.

Escribir era un ritual, sobre todo cuando se trataba de cartas de amor. Puedo decir que he escrito cientos o miles en mi primera juventud, aunque con nulo éxito. Sería interesante volver a leerlas, aunque seguramente me produciría vergüenza la desmesura de mis sentimientos.

También escribía muchas cartas a mis amigos y, a veces, mantenía polémicas de naturaleza política con ellos. Cuando vivía en el San Juan Evangelista, raro era el día que no recibía dos o tres. Las metía en el bolsillo y esperaba a leerlas en solitario en mi habitación. Era un gran placer.

Ahora no tengo tiempo ni ganas de escribir cartas porque a nadie le interesa recibirlas. Es más bien una molestia porque la gente lo que quiere hoy es hablar por el Skypeo comunicarse por Twitter, condensando el mensaje en unos pocos caracteres. Yo que soy de matices, nunca me acostumbraré.

Escribir cartas era no sólo un hábito sino además una forma de entender las relaciones personales cuando no estábamos atacados por la prisa. Si se quiere entender a un personaje histórico, lo mejor es leer su correspondencia.

A mí me gustan mucho las cartas de Napoleón, que pasaba todo el día escribiendo a todo el mundo. El general corso era un gran aficionado a las cartas de amor. En una de ellas, locamente enamorado de Josefina Beauharnais, la dice: «No te pido amor eterno ni fidelidad, sólo una franqueza ilimitada». Lo que demuestra la ingenuidad de los grandes hombres en cuestiones amorosas.

Podría afirmarse que en las cartas descubrimos nuestros secretos más íntimos y confesamos aquello que jamás diríamos en un cara a cara. Sobre todo, los que somos muy tímidos.

Pero el gran atractivo de las cartas es su misterio, el hecho de que jamás podemos saber su contenido. Puede uno llevarse una gran alegría o una tremenda decepción. Son como la vida misma: pura incertidumbre.

Antes de suicidarse en Port Bou, Walter Benjamin se lamentaba de las cartas que ya no iba a poder escribir. Yo no escribo ninguna desde hace años y, por eso, me dirijo al lector. Esta carta es un desahogo, un lamento por un tiempo que se fue y que jamás volverá. Debería tener un encabezamiento y una despedida, tendría que haberla escrito con una pluma y mandarla en un sobre con un sello. Pero aquí queda: con remitente pero sin dirección. Triste, solitaria y final.