«En educación hay que seguir el mismo modelo de éxito que en el deporte español»
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El Mundo. Editorial de hoy, miércoles, 03 de febrero de 2010
LOS DATOS de los Servicios Públicos de Empleo y del Ministerio de Trabajo que constatan un incremento de casi 125.000 nuevos parados en enero y la pérdida de 257.000 afiliados a la Seguridad Social son demoledores. Pese a que enero es tradicionalmente un mal mes para el empleo, el aumento del número de parados en esta ocasión es catastrófico: nos retrotrae al ritmo de destrucción de puestos de trabajo de marzo del año pasado, es decir, a tiempos previos a la entrada del Plan E, que frenó la caída libre. Se pone así de manifiesto que el país no ha tocado fondo y que el paro continúa sin desacelerarse.
Especialmente preocupante es la pérdida de cotizantes a la Seguridad Social, que deja ahora la cifra de afiliados en 17,5 millones. Eso supone retroceder a datos de 2005, cuando la población en España era inferior en casi dos millones. Estos números dibujan un país insostenible en el que hay casi 8 millones de pensionistas, 4 millones de parados y 3 millones de empleados públicos, por 14,5 millones de trabajadores en el sector privado. Hay que advertir que por primera vez en España hay 4 millones de parados registrados oficialmente y también, por vez primera, hay más de 3 millones de personas que cobran un subsidio de desempleo. Eso quiere decir que el Estado debe afrontar al final de cada mes el pago de cerca de 9.000 millones de euros sólo para atender pensiones y subsidios. Se entiende así el giro radical del Gobierno, que ha pasado del discurso de la gran política social, de la economía sostenible y de los brotes verdes al aumento de impuestos, primero, y ahora al pensionazo.
Pero tan grave como el deterioro de la economía es la velocidad con que se produce. En agosto de 2007 había la mitad de parados que ahora y hace sólo ocho meses, en mayo de 2009, había casi dos millones de afiliados más a la Seguridad Social que hoy. Lo mismo puede decirse de la rapidez con la que se disparan la deuda y el déficit públicos. El Gobierno había calculado en los presupuestos de 2009 un déficit del 1,9%, y el ejercicio se ha cerrado con el 11,4%, lo que supone una desviación de 95.000 millones de euros sobre lo previsto.
Ante este panorama no es de extrañar que el FMI avise de que España deberá afrontar «grandes sacrificios» entre los que incluye, en todo caso, la bajada de salarios, o que la OCDE advierta de que la reforma del sistema de pensiones necesita «esfuerzos complementarios» a los ya anunciados de elevar la edad de jubilación y revisar el cálculo de la pensión.
Las luces de alarma están encendidas y hay que tomar decisiones. El nerviosismo no sólo está en la calle, se palpa también en el PSOE. El presidente castellanomanchego Barreda animaba ayer a Zapatero a acometer una «remodelación importante del Gobierno» para formar un equipo que combata mejor la crisis. Al margen de que sus declaraciones puedan ser consideradas oportunistas, revelan el debate interno que sacude las filas socialistas. Pero es el momento también de que la oposición esté a la altura. La tentación de acomodarse en el cuanto peor, mejor, no sirve, porque el PP corre el riesgo de heredar un país destrozado el día que llegue al Gobierno.
Esta semana Zapatero tiene una oportunidad de demostrar que es consciente de la gravedad de la situación. El Consejo de Ministros aprobará el viernes sus propuestas de reforma del mercado laboral. Desde luego, la situación no se va a desbloquear con medidas cosméticas. Veremos si, como pedía ayer la vicepresidenta De la Vega, se apuesta por «medidas valientes», que en este caso sólo pueden ir por la flexibilización en la contratación y el despido. Si tras haber dejado pasar un año Zapatero no se siente en condiciones de abordar esas reformas, debería pensar en convocar elecciones.
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ISABEL SAN SEBASTIÁN
EL MUNDO [hoy]
LA CULPA no es nuestra por publicar la fotografía, señor Zapatero, sino suya por propiciarla. Y de su mujer por consentirla. En éste, nuestro país, y en semejante coyuntura, llevarse a las niñas de tournée internacional turístico-política, en pleno curso escolar y con cargo al contribuyente, son ganas de provocar. El personal ha estallado, como es lógico y natural. Internet está que arde. El ingenio se agudiza. Las lenguas se afilan y bifurcan. España, señor presidente, disfruta siendo mordaz. Pero es usted y sólo usted quien las ha puesto en la diana.
De todas las vías posibles ha escogido la peor: Podía (debía) haberlas dejado en casa, que hubiera sido lo correcto. En pleno debate sobre la educación, la disciplina y el esfuerzo, con una ciudadanía abrumada por la peor crisis económica del siglo, sus hijas tendrían que estar en clase, cumpliendo con su deber y dando ejemplo al respetable, que al fin y al cabo es quien mantiene a la familia. Pero querían ver a este «líder bueno» de la Casa Blanca y papá les ha dado el capricho.
Podía haberles pagado de su bolsillo el billete de avión en línea regular, así como el hotel y la manutención. Entonces habría estado en condiciones de hablar de «viaje privado» y pedir a los fotógrafos que se abstuvieran de disparar las cámaras. No ha sido el caso.
Podía haber aprovechado la oportunidad para presentarlas en sociedad, justificando su presencia en Estados Unidos por lo excepcional de la ocasión. Para ello, sin embargo, habría debido empezar por decirnos la verdad y proveerse del estilista adecuado, con el fin de difundir una imagen más real de lo que es la Moda de España en lo que atañe a la juventud. Porque, como apuntaba con acierto un sagaz lector de elmundo.es, el destino del periplo era Pensylvania, que no Transilvania. Para gustos hay colores, por supuesto, pero cuando se representa a una nación como la nuestra hay que cuidar el protocolo y suplir con asesores las lagunas (más bien océanos) existentes en dicha materia.
Podía, en fin, haberse abstenido de posar para el ansiado retrato de coleguis junto al matrimonio Obama, a quien, por cierto, no acompañaban las nenas. Pero lo hizo. Posó, posaron todos, a las puertas del Metropolitan, y se consumó el esperpento.
Ahora quieren matar al mensajero. Se rasgan las vestiduras apelando al respeto por los menores, al derecho a la intimidad y a la responsabilidad de la prensa. La responsabilidad no es nuestra, señor Zapatero, sino suya y de su mujer por ponerlas en la diana.
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