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ZAPATERO SALTA A BORDO DE LA NAVE…

…DE LAS BARRAS Y ESTRELLAS

Editorial de EL MUNDO. Hoy.

El presidente del Gobierno y el líder de la oposición compartieron ayer mesa y mantel en la sede de EL MUNDO durante un acto tan significativo como la entrega de unos Premios de Periodismo que honraban por un lado la trayectoria admirable de Manu Leguineche como gran jefe de la tribu que forman los enviados especiales a zonas de conflicto y, por el otro, las denuncias sobre los abusos de la clase política italiana de los dos redactores de Il Corriere -Stella y Rizzo- autores de La Casta.

Zapatero y Rajoy proclamaron sin ambages el trascendental papel de la prensa en las sociedades democráticas, flanquearon a Leguineche en una muestra del reconocimiento y cariño que sectores muy diversos de la sociedad española le profesan y lidiaron con habilidad las implicaciones del best seller de nuestros colegas italianos. El jefe del Gobierno marcó respetuosas distancias y el de la oposición recurrió a su fina ironía y acreditado ingenio para «anunciar» una obra equivalente sobre «la casta periodística», soslayando la esencial diferencia que existe entre quien maneja dinero público y quien sólo depende de su empresa y sus lectores.

Hasta ahí todo era tan grato como previsible. Lo inesperado surgió cuando Zapatero aprovechó la ocasión para, a modo de coincidencia con el director de EL MUNDO, declararse fervoroso «admirador» de la democracia norteamericana, explayándose sobre «su Historia» y «el legado de sus padres fundadores revestido de un cierto carácter épico». Hizo incluso suya toda la carga emocional de los versos favoritos de Lincoln -citados por Pedro J. Ramírez hace dos domingos- cuando describen a una «Humanidad que mantiene la respiración» pendiente de la «suerte» del navío en el que boga una «Unión fuerte y grande».

Nunca un líder de la izquierda del sur de Europa había mostrado tal empatía hacia los valores de la democracia yanqui, pues Zapatero llegó a decir que lo que ocurre en Estados Unidos «nos ilumina a todos». No está mal para quien aún es recordado por su desaire a la bandera norteamericana en el Desfile de la Fiesta Nacional de hace cinco años, un mal gesto por el que, según Esperanza Aguirre, debería pedir ahora perdón.

Es obvio que Zapatero pretende lanzar el mensaje de que su animadversión por la administración Bush no suponía hostilidad hacia los valores norteamericanos sino todo lo contrario. Y es cierto que en su singular macedonia ideológica siempre ha incluido, junto a elementos mucho más tópicamente izquierdistas, algunos de los ingredientes de la Nueva Frontera kennediana.

Pero también nos parece claro que Zapatero no fue capaz de hacer esa distinción en 2003 porque los símbolos nacionales no representan al Gobierno de turno sino al Estado en su conjunto y, ahora que le conviene pujar por la amistad de Obama, trata de purgar ese pecado con una cierta sobreactuación.

Viendo las cosas con pragmatismo, más vale que peque de exceso de entusiasmo por los Estados Unidos que de lo contrario. Porque, en efecto, se trata de la mayor y más fuerte de las democracias, es nuestro principal aliado y acaba de dar una fantástica lección de vitalidad política al mundo.

Muchos fieles acólitos de la demagogia antiyanqui que caracterizaba entonces a la izquierda española vieron tambalearse sus esquemas cuando Felipe González dijo en 1980 que prefería «morir acuchillado en el metro de Nueva York a una vida de aburrimiento en Moscú». Han tenido que pasar 28 años para que su sucesor no presente la opción norteamericana como la menor de dos calamidades. Zapatero ha sido valiente y claro. No podemos por menos que celebrar que haya sido en nuestra casa donde haya rodado, un tanto melodramáticamente, tan añejo prejuicio.

Barack Obama, ¿el nuevo Martin Luther King?


Macarena Gutiérrez. La Razón. Lunes, 09 de agosto de 2004

Madrid- El martes 27 de julio un joven negro de 42 años habló en la Convención Demócrata de Boston. Su discurso, apasionado y directo, caló hondo en las filas del partido. Arrancó aplausos y gritos de júbilo en el Fleet Center. El público de bares y cafeterías adyacentes también siguió sus palabras alrededor de los televisores, en silencio, casi hipnotizado. El carisma del aspirante a senador y el ritmo que impuso dejó boquiabierto al personal. El ex presidente Bill Clinton había abierto la convención un día antes, y el aspirante a presidente John Kerry fue el encargado de clausurarla. Dos pesos pesados y las palabras protagonistas fueron las de Barack Obama. Su nombre recuerda a un político israelí y su apellido hace pensar en algún lugar de África. De este continente procede la familia Obama, concretamente de Kenia. Su abuelo era un sirviente de una familia británica que tras el Día de la Infamia I (el ataque a Pearl Harbor) se alistó en las filas del general Patton y marchó por toda Europa. Su padre, «con gran perseverancia y entrega», logró una beca para estudiar «en un lugar mágico, América», donde se casó con una mujer blanca. Este breve repaso de su biografía más antigua constituyó el principio de su discurso ante los delegados del partido. Barack (que significa «bendecido») se presentó a sí mismo como el mejor producto del sueño americano, «un tipo delgadito, de la parte sur, con un nombre raro». Al menos en su caso, el «american dream» es un hecho. Ahí estaba el joven Obama, ante miles de enardecidos demócratas, con dos carreras universitarias bajo el brazo, una de ellas «cum laude», una esposa afroamericana llamada Michelle, dos hijas, y el futuro político más prometedor para un hombre negro de la historia reciente. Aunque es bien cierto que las figuras que nacen en las convenciones no siempre pasan de «promesas», con él ha llegado la «Obamanía». La Prensa de diversas tendencias ha legitimado en cierta medida el entusiasmo demócrata y ha regalado a Barack el calificativo de «estrella emergente». Si logra hacerse con el sillón de senador por el Estado de Illinois (lo que es muy probable dada la nula oposición republicana), será el único miembro negro de la Cámara alta, y el tercero desde la Guerra de Secesión. Éste no será el único récord que figure en su curriculum. En la Universidad de Harvard fue el primer director afroamericano de su revista de leyes antes de mudarse a Chicago para trabajar como abogado de derechos civiles. Todavía ejerce de profesor. A pesar de que no cuente con un pasado estéril de proezas y servicio a la comunidad, su gran momento llegó el pasado 27 de julio. Él sabía que se jugaba mucho. Nada más llegar a la convención reconoció que iba a haber «algo de adrenalina» en un discurso que había dejado listo hacía dos semanas. Horas antes de subir al estrado, donde apenas echó un vistazo a sus notas, ofreció un par de entrevistas, salió a hacer footing y tomó «una larga ducha». Su carrera política a nivel nacional estaba a punto de empezar. Preguntado sobre su estado de ánimo ante la cita de Boston, Obama echó manó de una respuesta un tanto populista que estuvo muy presente en su discurso. «La presión que voy a experimentar no es nada comparada con la que sufren los hombres y mujeres con los que me encuentro a diario, que son despedidos… Eso sí que es presión». Las palabras de este político, que en Europa serían calificadas de «dema- gogas» y en Iberoamérica quizá de «revolucionarias», han entusiasmado en EE UU. En su exaltación de la América «unida como una familia», donde se reconoce que «todos los hombres han sido creados iguales», también hubo sitio para las críticas a la guerra de Iraq o a la gestión económica de Bush. Todo ello sin nombrarle ni una sola vez. Es que no es su estilo. Su talante optimista, como el de Clinton en sus mejores tiempos, hacía parecer en ocasiones que entonaba un himno más populista que certero. «Estoy hablando de algo sustancial. De la esperanza de los esclavos alrededor del fuego cantando canciones de libertad, de la esperanza de un joven y valiente soldado patrullando el Delta del Mekong (…) De la esperanza de un chico delgado con un nombre raro que cree que en América también hay un lugar para él». Si hacemos caso de los cientos de mensajes que circulan por Internet, el lugar para este joven en los huesos no será otro que la Casa Blanca. El carisma de Obama ha desatado una euforia colectiva. Estos días se pueden leer toda clase de augurios encabezados con varios «Wow! Wow! Wow!» (algo así como «¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!») Algunos le ven en el Despacho Oval en 2012 y otros no creen poder esperar tanto. Hay quien prometió cambiar el signo de su voto en noviembre; otros confesaron no haber pegado ojo en toda la noche; algunos incluso aseguraron que se mudarían a Illinois. Los más pragmáticos aportaron donaciones para que, si la carrera de este figura se trunca, que al menos no sea por dinero. La mayoría coincide en la creencia, casi dogma de fe, de que el 27 de julio vivieron un momento histórico. De madrugada, Ben Martin, un ciudadano cualquiera, dejó escrito un mensaje que resume el entusiasmo: «Kennedy, estuve allí. Doctor M.L. King, estuve allí. Malcom X, estuve allí. Quizá el momento de todos ellos haya llegado por fin con el señor Barack Obama».

MANIRROTOS CON EL DINERO DE TODOS

Editorial de El Mundo. Hoy.

Juan Carlos Rodríguez Ibarra ya no es el presidente de Extremadura… pero como si lo fuese. Antes de que el político socialista dejara el cargo para convertirse en un simple ex, la Asamblea aprobó una ley que le otorga una serie de privilegios de forma vitalicia, entre ellos el uso de una oficina en cuyo acondicionamiento los extremeños llevan ya gastados más de 300.000 euros en lo que va de año, además de un coche oficial y un gabinete de cuatro funcionarios dedicados exclusivamente a su servicio personal. Como supuesta excusa de este dispendio, Ibarra afirmó en su día que esta ley no estaba hecha para él, sino pensando en sus sucesores. Es increíble lo generosos que pueden llegar a ser los políticos cuando se trata de gastar el dinero de todos.

Que se lo digan si no a la consejera de Cultura de Galicia, la nacionalista Anxela Bugallo, que se hizo acompañar a la Feria de La Habana por un séquito que no tendría nada que envidiar al de George W. Bush, nada menos que un centenar de personas, todo a costa del contribuyente que ha tenido que apoquinar dos millones de euros por la excursión. O a los cuatro concejares del PSE, PNV, EB y EA que, unidos a 10 técnicos del Ayuntamiento de Vitoria, viajaron a Japón a todo trapo para conocer la acústica de unos auditorios de carácterísticas similares a las de unos que ya habían visitado en California.

La lista de casos escandalosos de despilfarro a cargo del erario público es por desgracia muy larga y se extiende por toda nuestra geografía, tal y como recoge hoy EL MUNDO. Los políticos que los protagonizan parecen guiarse por un principio tan sencillo como perverso, y es que el dinero que es de todos no es de nadie y puede gastarse a espuertas para tener los lujos que uno no se permitiría si tuviera que sufragarlos con su propio bolsillo.

Los regalos más rumbosos, los restaurantes más caros, los coches más potentes, obras que cuestan el doble de lo presupuestado y despachos con mobiliario de diseño. Son muchos los políticos y cargos públicos que parecen convertirse en auténticos sibaritas cuando la cuenta se pasa a los contribuyentes. Y, lo que es peor, a ninguno parece caérsele la cara de vergüenza cuando se descubre su dispendio; algunos hasta se dan incluso por ofendidos, como esos cinco miembros del Consejo Audiovisual Andaluz que entendieron que sus encuentros «con carácter oficial» acompañados de mariscos, buen vino y copas eran un gasto «inherente» al cargo.

La concatenación de abusos no es sino un terrible insulto hacia ese ciudadano al que se le está pidiendo austeridad en tiempos de crisis. Va siendo hora de que éste pase la factura.