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¿Qué hacer?

JUAN JOSÉ MILLÁS

EL PAÍS – Última – 04-04-2008

Estábamos aún en trance de resolver qué destino dar a los zapatos del difunto, a sus trajes, a sus corbatas, a su reloj, a sus cinturones y a su máquina de afeitar, cuando apareció en un bolsillo de la chaqueta, al amortajarle, este trasto, el móvil, con la agenda del finado, con sus mensajes de entrada y de salida, con sus borradores, con su relación de llamadas (la mayoría, perdidas), su calendario, su álbum de fotografías personal, sus correos electrónicos, su despertador, sus archivos, sus ajustes, su navegador… Dios mío, si parece una sucursal del fallecido, una dependencia de sus intereses, una delegación de su existencia. Parece, más que un aparato, un órgano extrañamente vivo todavía del desaparecido. Aunque extinto, continúa viviendo en su móvil, en donde no dejan de entrar mensajes de amantes o clientes o amigos que aún no han recibido la noticia.

¿Qué hacer con ese móvil que palpita en nuestras manos como un corazón recién arrancado de su pecho? ¿Sería lícito revisar sus mensajes, atender sus llamadas, contestar sus correos? ¿Deberíamos dejarlo fallecer poco a poco, de modo que su final coincidiera con el agotamiento de la batería, o sería mejor arrancársela de golpe, como el que retuerce el gaznate a una gallina? ¿Lo damos de baja ya o esperamos un poco, por si entrara una llamada importante? ¿Lo enterramos en el jardín, como el que entierra un miembro amputado, o se lo trasplantamos, como el que trasplanta un hígado, a uno de sus deudos? ¿Qué hacer con el móvil de un muerto cuando suena en medio de la noche, a los dos días de haberle dado sepultura? ¿Contestar la llamada, ignorarla, rechazarla? ¿Qué hacer después con nuestro insomnio? No habíamos sido capaces de resolver el problema de los zapatos (siete pares, algunos muy viejos), cuando viene el maldito móvil a complicarnos la existencia.

Soraya

FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS

Hoy, en El Mundo.

Después de una hora de entrevista a la bulliciosa juiciosa Soraya Sáenz de Santamaría he llegado a la conclusión de que podría adoptarla, pero votarla me resultará más difícil. Y tampoco la adoptaría como niña -ya lo es de Rajoy, y no abundaré en el chiste- sino como maestrita rural. Porque tiene Soraya bastante de las antiguas maestras nacionales que llegaban tras ganar las oposiciones al rincón más perdido de España (así llegó mi madre a mi pueblo natal, así que no puedo hacerle mejor cumplido) y siempre tenían algo de infantil y mucho de mandón. Lo primero favorecía la compasión de los padres, que ordenaban respeto a sus feroces vástagos; lo segundo era preciso para dominar a la grey escolar, tribu que sólo se rinde tras constatar que sus infinitas ganas de enredar serán fatalmente derrotadas por la voluntad de mandar de la maestra. Cuando entonces, como gustaba repetir Umbral, o sea, cuando en España se respetaba al maestro tanto como al cura y al alcalde, los padres le hubieran llevado a doña Soraya, siempre doña, una docena de huevos o algo de la conserva, mientras el alumnado descargaba su fiereza en la suerte de varas, o sea, el recreo. Allí corrían, saltaban, jugaban y reñían hasta descalabrarse; pero en la clase se entregaban rendidos a la muleta. El maestro sabía cosas que transmitía en el ejercicio de su autoridad, que los padres agradecían y respaldaban. El peor castigo del revoltoso era mandarlo a su casa. Eso, cuando entonces.

Soraya como criatura ofrece un candor en la mirada estudiantil y ojiplática que complacerá el atavismo protector de los hombres, pero que convencerá algo menos a las mujeres por un detalle de su lenguaje corporal: el bailoteo de las manos para subrayar las frases hechas, casi recitadas de memoria. Ellos, tras el revoloteo de los dedos, apreciarán los bracitos redondos, muelles, porque toda ella parece curva, muelle y blandita, como si le valiera la definición de Platero por Juan Ramón: «Es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que diríase de algodón, que no tiene huesos». Ellas, sin embargo, constatarán que en todos los dedos tiene falanges, falanginas y falangetas, o sea, que le gusta el poder más que los hombres y observarán un respeto relativamente compasivo. Ellos seguirán sin enterarse de nada, porque a veces son ellos y no ellas los que no se quieren enterar, pero… pero. A pesar de todos los signos favorables, el destino sorayesco es incierto. La razón es que ha tomado la alternativa en Las Ventas y esa plaza trata bien a los toreros pobres y hasta les regala orejas para fastidiar a las figuras; pero, ah, cuando el pobre llega a figura, adiós contemplaciones: «¡Mucho toro!», gritan en la andanada, para decir que hay poco torero. En la grada, esperan los damnificados del minitsunami del PP, un centón. Y Esperanza Aguirre ha contratado para el 2 de Mayo a José Tomás.

El timo de la paridad

No por antonio sino por

EDURNE URIARTE

O el Tribunal Constitucional se ha hecho un lío con la Ley de Igualdad o el PSOE ha elaborado unas listas profundamente machistas. Dice el Constitucional en su rechazo al recurso del PP contra la paridad en las listas que no hay discriminación positiva en la obligación de incluir al menos un 40% de mujeres. Es decir, que no es preciso discriminar a hombres con más años de carrera política o más conocimientos para incluir ese porcentaje de mujeres.

Pero resulta que para el mismísimo impulsor de la paridad, el PSOE, eso no parece ser así. De 52 cabezas de lista, al PSOE únicamente le salen 12 mujeres lo que, según sus propios criterios, es de un machismo insultante. O es mentira que ellas hayan llegado al liderazgo político en el mismo número que ellos o esas cabezas de lista muestran un abierto machismo. Ni siquiera latente, que es lo que ha imputado el PSOE al PP por recurrir la paridad obligatoria.

Lo que ocurre con la Ley de Igualdad es que se sostiene en una profunda hipocresía llena de una corrección política tan asfixiante que no se atreve con ella ni el Constitucional. Se me ocurre preguntar qué diría el Constitucional si esa paridad obligatoria para el legislativo se exigiera también para el cuerpo de catedráticos de universidad, por ejemplo. O los médicos de la sanidad pública. O los cuerpos policiales. O los propios magistrados. ¿Por qué no? Para toda la Administración pública. Y no me extiendo a la esfera privada para no hacer más sangrante aún la comparación. La respuesta es obvia. Habría un escándalo social en contra de la discriminación positiva.

No la hay con la política porque los propios partidos carecen de respeto por ella. La usan para hacer propaganda. Cuando Sarkozy nombró su Gobierno, la nueva ministra de Economía, Lagarde, mostró una enorme gratitud por la preocupación paritaria de su nuevo jefe. En su importantísimo despacho de abogados, contó, ella sólo había conseguido pasar del 9 al 15% de mujeres en cuatro años. Emocionada por su nuevo puesto, Lagarde ni se enteró de su propio mensaje. O su empresa discrimina a las mujeres o Sarkozy el paritario a los hombres.

Diario ABC [hoy]