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Cuatro puntos (o pilares)

Como a todo el mundo, me gustaría que las noticias no me dejaran la desazón que me dejan. Pero como noticias son las malas noticias, y casi nunca es digno de ser contado lo bueno…

Para ver si me libro de tal desazón, quisiera resumir lo que, desde mi punto de vista, este país necesita para mejorar. Ya estamos en precampaña electoral, y uno, aunque no milita ni está afiliado a ningún partido, también tiene derecho a opinar.

Primero. Una nueva Ley Electoral que propicie que todos los votos valgan lo mismo; no que a un partido le cueste cuarenta mil votos un diputado y a otro partido, cuatrocientos mil.

Segundo. Sanidad, Educación y Medio Ambiente son competencias del Estado, como lo es Defensa. Punto y aparte.

Tercero. El Rey (o la Reina) es el Jefe del Estado. Pero, dentro de la familia real, el orden en la línea sucesoria lo evalúa y decide el Consejo de Estado: no la edad o el sexo o el grado de parentesco.

Cuarto. La continuación en la construcción de la Unión Europea es un bien imprescindible. Y la defensa de Europa es la defensa de sus valores políticos y éticos: democracia, libertad, igualdad, respeto a los derechos humanos, solidaridad. Y una bicicleta para cada habitante del planeta.

Y no digo más.

Mujeres

Sobre la bici, salgo del pueblo y en seguida me encuentro con una concentración de ciclistas mujeres. Están paradas y, según deduzco por otras con las que me voy cruzando, reagrupándose.

Y enseguida pienso en lo que ha cambiado, desde que yo era un veinteañero en las postrimerías del franquismo, la sociedad española.

La democracia, sí. Y la participación femenina en todos los ámbitos de la actividad humana. No me debería extrañar; y no me extraña, pero me congratula y emociona.

Pasé de un instituto masculino, el Padre Suárez de Granada, a una Facultad, la de Filosofía y Letras, en la que la representación femenina era abundante, especialmente en mi especialidad, las Románicas.

Luego he ejercido una profesión, la docente, en la que las mujeres estaban en una proporción similar a la de los varones. En institutos en los que las chicas eran, en general, más estudiosas, y obtenían mejores calificaciones.

Cuánto ha mejorado la sociedad española en los últimos cuarenta años: por la participación femenina en todos los ámbitos. ¿Que no hay todavía una absoluta igualdad? Vale. Pero a ella vamos a buen ritmo.

El problema de la condición femenina ya no lo tiene el mundo (al menos no en grado severo) en los países de cultura occidental, sino en otros.

En otros en los que fracasó la primavera árabe. Un día, pronto, florecerá en ellos una primavera femenina. Y esa no fracasará.

Series

Adoro las series”, nos decía un nuestro amigo hace dos o tres años. La frase me resultó llamativa y no se me ha olvidado. Entonces yo sólo había visto alguna, o más bien partes de alguna, y por coyuntura familiar, no por propia afición.

Pero en los últimos meses del pasado año, y en lo que va transcurrido del presente, he entrado de lleno en el disfrute del invento.

Y tan contento. Primero, porque viendo cómo está el basurero de la televisión abierta… Segundo, porque son como películas desarrolladas en capítulos, lo que nos viene bien a los mayores: porque así dosificamos las emociones (peligrosas para el corazón), porque así nos percatamos sin premura de la realidad humana de los personajes, y porque así vamos atando los cabos de la trama con la misma facilidad con que nos abrochamos los botones de la ropa.

Eso sí: yo no me pongo mi serie sino después de cenar y lavarme los dientes (durante el día, a otras cosas mariposas).

Y justo anoche empecé una. Una en la que Kiefer Sutherland hace de presidente no por accidente sino por ataque terrorista. Me extrañó lo mayor que está este que hasta ayer era un joven de cara pícara y agraciada. No me extrañó lo buen actor que es; ya lo sabía, y de casta le viene al galgo.

Así que me propongo pasar unas cuantas veladas con Kiefer and family. Presumo que me serán amenas; de lo contrario, corto y cuelgo.