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Microética

Si has empezado a leer estas líneas, doy por sentado que antes has leído la tribuna de El Mundo que enlacé aquí ayer, “Deterioro del Estado en España”. Si no la has leído, ve a ella; y después vuelve a estas líneas si te quedan ganas.

España ha mejorado enormemente, con respecto a lo anterior, en la etapa democrática, a partir de la vigencia de la Constitución del 78. Pero, con los medios disponibles, podría haber mejorado mucho más: en educación, en empleo, en cohesión nacional, en calidad democrática, en apertura al mundo exterior.

¿Qué ha fallado? Ha fallado la ética personal, lo que Antonio Muñoz Molina llamó la microética.

La moral del nacional-catolicismo era una moral viciada por el afán de dominio, tanto de los curas como de la dictadura, las obsesiones dogmáticas, los mitos nacionalistas, los prejuicios sociales y morales, la cerrazón a las culturas y modos de vida de otros países, la ignorancia generalizada.

Pero falló la implantación de una moral democrática, con derechos y deberes fundamentales claramente definidos y exigidos.

Desde el poder político se empezó a velar (cubrir con velo), demagógicamente, el tema de los deberes cívicos, para poner el foco únicamente en los derechos.

Así, en la familia, en la escuela, en la universidad, en la empresa pública o privada, se fue imponiendo una moral hedonista, según la cual lo importante es la felicidad, de cada uno y en cada momento, el carpe diem en el sentido más infantil e irresponsable.

Así creamos una sociedad no “del bienestar”, sino “del pasarlo bien”. Había que pasarlo bien en casa, , en el cole, en el instituto, en el trabajo y, cómo no, en la fiesta.

Así llegamos a tener una generación de jóvenes que, después de una docena de años de escolarización, apenas sabían leer y escribir en el propio idioma, y menos aún, lógicamente, en un idioma extranjero (con muchas y honrosas excepciones, claro que sí).

Así llegamos a tener un preocupante absentismo laboral a la vez que un alarmante desempleo y una obscena voracidad empresarial.

Así llegamos a tener unos partidos políticos convertidos en agencias de colocación para sus militantes.

Así llegamos a carecer de una cohesión nacional, cultural, idiomática, europea… Porque Europa estaba bien mientras era una vaca que ordeñar, no una vaca a la que había que cuidar y alimentar.

Volvamos a la base: a una moral ciudadana que nos tomemos en serio, aunque ello, en un principio al menos, nos suponga vivir una vida mucho menos acomodada.

Geópolis

Recuerdo una conversación de hace cuarenta años o poco menos. Coincidimos en el autobús, bajando a Granada, el alcalde de este pueblo y yo. Aquel alcalde, Severiano, era el primer alcalde elegido democráticamente, tras el franquismo y la transición.

Después de oír alguna sugerencia mía, recuerdo que me respondió: “Ahora, por lo pronto, vamos a quitar el barro de las calles”.

Efectivamente, la mayoría de las calles, si no todas, estaban sin asfaltar, y eran barrizales en invierno y terrizales en verano.

El agua corriente y los desagües, con mucha demora respecto a todos los pueblos del entorno, ya habían sido instalados. El lógico siguiente paso era el que se proponía Severiano, para convertir lo que era una aldea terruñera, por más cerca que estuviera de su capital de provincia, en una ciudad.

La transformación de este pueblo era la misma que estaba experimentado todo el país, pasando de la vida rural a la urbana.

Ya todo núcleo poblacional, grande o pequeño, o tiene los acomodos de la vida urbana, o es un campamento y, por tanto, provisional.

Acomodos que afectan no solo al suelo sino también al subsuelo y al aire. Sector este último en el que mejor apreciamos el absurdo de las fronteras, la realidad de la que formamos parte: no una “aldea global”, por más que se haya extendido el uso de tal expresión, sino una ciudad global, una Geópolis. Que ya mira con atención, calibrando potencialidades, otro sector de influencia: el espacio exterior.

Algos (2018)

Es el título del cuaderno-diario en versos que he ido componiendo a lo largo del año recién acabado.

Lo he revisado y releído íntegro en estos primeros días de 2019 y queda colgado aquí, en la pestaña de Versos.

En contra de lo que yo hubiera preferido, en él se ha ido imponiendo sin competencia la décima, la decimanía.

No reniego de ella, de la décima, pero todo llega a cansar; así que espero no solo no volver a esa forma métrica, sino igualmente no volver a ningún esquema de rima consonante. No mientras me acuerde de haber padecido la decimanía.

Otros tipos de versos, supongo que irán surgiendo en el trascurso del ahora nuevo diecinueve, si sigo en el mundo y con salud suficiente (nadie conoce el futuro).

Tengo la impresión de que mi voz -y mi persona- suena muy distinta según escriba en prosa o en verso. Así que volvería a reunir los versos en un cuaderno independiente, cuaderno-diario, como este de Algos.

Yo no soy escritor. Ni tengo proyectos de escritura. Solo la constatación de que me atrae la escritura como entretenimiento; y cuando me pongo a ello porque ha surgido el impulso y se dan las condiciones ambientales, lo hago con mi mejor esmero, con entusiasmo casi siempre.

La más grata recompensa que por ello recibo es la de tener algún lector ahí fuera. Pero, si no lo hay, me conformaré con ser yo mismo el lector de lo que escribo, sin acritud por la ausencia de otros. Hay tanto que leer incomparablemente mejor que lo que yo haya escrito o escriba…