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Lope vertido a lo humano

Qué tienes tú, que tu amistad procuro.

Qué interés se me sigue, Jesús mío,

que a tu puerta, cubierto de rocío,

paso las noches del invierno oscuro.

Oh, cuánto fue tu corazón de duro,

pues no me abrió. Qué extraño desvarío

fue de tu ingratitud el hielo frío

que me dejó morir, amante y puro.

Cuántas veces el Ángel te decía:

«Asómate, Jesús, a la ventana.

Verás con cuánto amor llamar porfía».

Y cuántas tu hermosura soberana

«Mañana le abriremos», respondía;

para lo mismo responder mañana.

El ave y yo

Un ave de canto grave,

esa de plumaje oscuro

y de pico corvo y duro,

me pregona que ella sabe,

sin que por ello se alabe,

el destino que me aguarda.

Que ya llega, que no tarda:

-¡Mañana, cras, nunca más!

-A ver, ave, si te vas

con tu profecía parda.

Ayer y hoy

De joven profesé de anacoreta.

Yo detestaba el siglo. Hice voto

de ignorarlo por siempre. Y, pronto roto

ese voto, fui profe, no profeta.

Combatí la bacteria Analfabeta,

que hace a un hombre un tonto muy devoto

de un listo que aparenta un terremoto

y no tiene otra dote que su jeta.

Ahora soy un pureta jubilado,

solitario, cerril, medio chiflado,

lector y observador meditabundo.

Cercano siempre y siempre en las afueras,

atento a realidades y a quimeras;

un prójimo lejano de este mundo.