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Febrero

1
Una carta

Eludo lo que hace ruido:
la tele, el bar, la ciudad;
y disfruto la bondad
del sublimado sonido
que al cerebro y al sentido
me llega con la lectura.
Lo que me digas procura
decírmelo en una carta;
mas sé que el mundo se aparta
de ese tipo de finura.

2
Candelaria

Que la Candelaria encienda
en cada mente una vela,
pues la oscuridad se cuela
imponiéndonos la venda
de una ceguera tremenda.
La luz del entendimiento
es un santo sacramento:
guíe siempre nuestros pasos
y aun con penosos retrasos
alcancemos cada intento.

3
Según mi Musa

Según mi Musa no valgo
para dictados mayores.
Entre pájaros cantores
puedo vindicarme algo;
pero en la liga no salgo
de los sublimes poetas,
esos que descubren vetas
de tesoros celestiales
y son como manantiales
de las más sabias recetas.

4
Café con leche

Hoy pensaba en la aspirina,
mas me ha sido suficiente
el café con leche: siente
el cuerpo que, de la ruina
de una noche no divina,
emerge a la luz dorada.
Café con leche y tostada
nos ahuyentan la torpeza
y el radiante día empieza
en cabeza despejada.

4
El boli

Pilot G2-07.
Si te gusta la escritura
manual, él te asegura
que avances en patinete
o vueles como cohete
sobre la blanca llanura
del folio. Su estela pura,
suave como la seda,
en la blancura se queda
cual huella de tu figura.

5
MRG

Ya tocaba que lo viera,
porque por su puerta paso
a diario: un escaso
segundo, y la volandera
bajada por carretera
me aleja pronto de allí.
Pero tocaba, hoy sí,
verlo y conversar un rato;
quizá más breve que lato,
suficiente para mí.

6
Ingresé

Ingresé en el seminario
con doce años. Sesenta,
sale redonda la cuenta,
han pasado. No vicario
llegué a ser de un ordinario.
Con dieciséis me aparté
de aquel rollo y profesé
en la calle del Ateo.
Y en ella, volente Deo,
ateo me moriré.

7
A comer

Callos con garbanzos es
el plato que toca hoy,
un plato al que yo le doy
un sobresaliente, un diez.
Para postre, del revés
llega: garbanzos con callos;
postre que no tiene fallos
sino sabor exquisito.
Y el tinto que necesito,
a granel, truenos y rayos.

8
Esta España

A esta España se le empaña
la luna del parabrisas.
Así no da para risas
la hoy vigente campaña.
Y el que siembra la cizaña
que este país emponzoña,
que lo perdone Begoña,
es un mísero integral
que nos va llevando al
vertedero de la roña.

9
Patu

Esta gata es insensata:
por la gatera ha salido
dejando el caliente nido
y la mantita tan grata.
A ver si ahora se percata
de que el tejado esta tarde
no es un sitio en que se aguarde
al santo sol de febrero.
Vuelve, Patu, que el brasero
no te va a llamar cobarde.

10
Sergio Pagán

Sergio Pagán se jubila
en Radio Clásica. No
diré que he seguido yo
la pequeña o larga fila
de sus programas. Cintila
en mi mente el más reciente:
La hora de Bach, la fuente
¡clara, bendita, bullente!
de la música del Viejo
Peluca, el más limpio espejo
del Divino Omnipresente.

12
La nación

No hay más nación que la humana,
no hay más tierra que el planeta.
Al hombre no lo sujeta
otra orden soberana
que la de vivir. Se afana
el hombre por encontrar
el adecuado lugar
en el que ejercer su oficio,
obteniendo un beneficio,
un respeto y un hogar.

12
La pareja

La tarea en que se emplea,
vencida la destemplanza
del amor, es la crianza:
que nuestra criatura sea
la bendición que desea
cualquier par de enamorados;
que, corriendo por los prados
o asimilando en la escuela,
sea criatura que vuela
hacia los más altos grados.

13
El mal ronda

Lectura, bicicleta y Radio Clásica.
Café en el desayuno y un buen vino
en almuerzo y en cena: son la básica
agenda que permite que este trino
surja y quede en la hoja, que no afásica
la hoja desperdicie su destino.
El mal ronda, acecha, pone asedio:
que cada cual procure su remedio.

14
San Valiente

No es de valentines el amor,
es de valientes. Busca tú la guía
que te lleve a la fuerza del valor.
No se encuentra en las fiestas o en la orgía,
sino en la dura y rígida labor
que obliga cada hora, cada día.
Después el amor llega por sorpresa
y en su tropa de incautos tu alma ingresa.

14
Mi más reciente dentista
                                    A Martina

No llegué a verle la cara:
siempre con su mascarilla;
pero su labor sencilla
hizo que recuperara
una sonrisa más clara
y más disfrute del plato.
Con estos versos acato
el deber de agradecer
a quien nos dio su saber
aunque no fuera barato.

15
Vida

Cuanto más dura, más lenta;
si más feliz, más veloz.
Será que la de la hoz
con felices se impacienta,
pero de la suculenta
procesión del sufrimiento
disfruta: “Qué gran invento
esta manada de humanos
deseando que los siegue;
no será que yo me niegue,
mas que esperen los gusanos”.

16
Los tiranos

Hay demasiados tiranos
repartidos por el mundo.
Cada cual con su segundo.
Si el primero cae a manos
de indignados ciudadanos,
el segundo bien procura
aparentar que es la cura
de la odiosa tiranía.
Si la población se fía,
vuelve a la misma amargura.

17
Hijo y padre

Un hijo siempre es un hijo;
pero, cuando ya es adulto,
es mejor que quede oculto
el amor largo y prolijo
del padre. Ya me dirijo,
cuando hablo con él, a un ser
autónomo. Pretender
ejercer paternidad,
una crasa necedad:
no te hagas aborrecer.

19
La Pecagada

Pedro Sánchez, el PS,
en Galicia se ha estrellado.
No quitará del estrado
su culo el granuja ese:
seguirá, mal que nos pese,
siendo la rata que roe
en las siglas del PSOE.
Cuando ya no quede nada
que roer, La Pecagada
suene en la voz del oboe.

20
El barbero de Rossini

No conozco el argumento
de El barbero de Sevilla;
mas de su lumbre una astilla
me ha rozado el sentimiento.
Hoy voy a saber el cuento
que esta ópera nos cuenta:
trata de otra Cenicienta
y de un pillo seductor.
Mi gratitud a Amador
que en RC los presenta.

21
Tontologías

Que la obligación obliga
y que el descanso descansa;
que el agua estancada es mansa
y que la amada es amiga;
que no hay trigo sin espiga
ni delito sin condena;
que no hay hambre en casa llena
ni huevo sin ponedora;
que no hay gozo en el que llora,
que en el que ríe no hay pena.

22
Silencio y mirlo

A ciertas horas del día
el silencio se agradece
especialmente: nos mece
como dulce melodía,
nos libera de la impía,
cruel invasión del ruido.
Ahora me llega el silbido
de ese mirlo incomparable;
qué delicia que me hable
sincero, alegre, dolido.

23
Parejita

En el ciprés ha hecho nido
parejita de palomas;
mas hoy no está para bromas
este frío enfurecido:
el nido requiere un cuido
y una protección mayor.
Dales, tiempo, por favor,
un cielo bien placentero:
no saben que aún es febrero,
mes loco y dislocador.

24
Veinticuatro de febrero

San Matías ya no es
el santo que más querías.
Hoy es uno de los días
más tristes: qué gran revés
nos trajo el santo (y su mes)
hace dos años a Europa.
Y ardiendo está como estopa
la hermana nación de Ucrania,
víctima de la vesania
de un demonio y de su tropa.

25
En el móvil

Qué alegría de tener
un rincón donde sentarme,
un brasero al que arrimarme
y un buen libro que leer.
Aunque yo empiezo por ver
las noticias del diario
en el móvil, este vario
utensilio universal
tan mágico y magistral,
tan fiel, tan extraordinario.

25
Abusones

Lo que en el futuro pase
sólo lo sabe el futuro.
Yo barrunto, huelo, auguro
que el humano en una fase
entrará en la que rebase
físicas limitaciones
y mejore sus embriones
para eludir muchos males,
el más malo de los cuales,
sus hermanos abusones.

26
Cuerpo y mente

Que practiquemos deporte
los viejos es un invento
genial al ciento por ciento.
El cuerpo tiene por norte
resistir lo que soporte
la biológica energía;
y mucho más todavía
nuestra infatigable mente:
he de ser inteligente
porque mi mente me guía.

27
Tras la lluvia

Tras la lluvia, limpio cielo
y de un azul esplendente.
Traerá el río su corriente
turbia de arrastre de suelo,
mas las aves en su vuelo
gozarán la transparencia
del aire; y su presencia
bendecirá el caminante
o el audaz pedaleante
que se niega a la indolencia.

27
E

No soy nada campesino,
pero amo el olivar
y amo a cada ejemplar
que le da su don divino.
Hoy a mi amigo y vecino,
hermano y colega E
en labores encontré
del cuido de sus olivos,
porque no como excesivos
esos trabajos los ve.

28
Andazulía

Porque yo soy andazul
celebraré en este día
la fiesta de Andazulía.
Esta tierra es lo más cool,
esta patria es la más dul-
ce de esta querida esfera.
Y como andazul quisiera
hoy brindar por la hermandad
de toda la humanidad,
andazules o de fuera.

29
Este viento

Para los barcos de vela
este viento está muy bien;
mas no lo está para quien
no corta el mar sino vuela
(para no gastar la suela)
en su alada bicicleta.
Cuando este viento te reta,
es mejor que de él te escondas:
sopla, viento, sobre ondas
y deja mi bici quieta.

El Partido Socialista ha programado su propia obsolescencia

JUAN CLAUDIO DE RAMÓN. EL MUNDO, 23-02-24

Antes de conocer el desenlace de la contienda electoral en Galicia -esto es, si el Partido Popular tendría suficientes votos para seguir gobernando en esa comunidad-, se sabía con certeza que el Partido Socialista había renunciado a ganar las elecciones. Por decirlo mejor: el Partido Socialista habría celebrado como propio el triunfo de la candidata del Bloque Nacionalista Galego. Conviene recalcar este hecho clave que cifra la rareza política de nuestro país: la absoluta naturalidad con que la izquierda española -sus partidos y medios afines- deseaba la victoria de una aspirante autodeterminista que no cree que Galicia deba ser parte de España. Todo antes de que gobierne el centroderecha (y en Galicia no pesaban en el cálculo los acechos de la extrema derecha, pretexto habitual en la izquierda para justificar su sectarismo).

Esa pulsión antagonista no es simétrica. Si bien la derecha no siempre auspicia el acuerdo con el izquierda, en última instancia, y en lo tocante a la unidad territorial, domina en el ala conservadora del país la resignación que da en preferir una España roja antes que rota (y eso que José Calvo Sotelo, que acuñó la sentencia, podía hacerse una somera idea, a fines de 1935, del trato poco fraterno que recibiría él de una España roja). En la izquierda es lo contrario: España, mejor rota que azul, aunque sea el azul tecnocrático y poco chillón que encarna el Partido Popular. A qué llamamos «romper España», sintagma que produce hilaridad en muchos, será tema de otra columna. Basta ahora avizorar el futuro que espera al Partido Socialista si persiste en esta actitud: no muy bueno. El PSOE es irrelevante en Galicia y ancilar en el País Vasco. En Andalucía no tiene visos de recobrar la hegemonía y en Madrid ya es tercero, por detrás de los regionalistas castizos de Más Madrid. En Cataluña… ¿existe el PSOE en Cataluña? Da igual: ahí también está sometido al nacionalismo. En España, en fin, ya no es el primer partido ni quiere serlo (en las pasadas elecciones generales, no ocultó que salía a ser segundo y formar barricada con las fracciones enemigas de lo común).

En resumen, no parece que la apuesta plurinacional del PSOE esté echando buen pelo. Se diría más bien que, perdida la vocación mayoritaria, el Partido Socialista ha programado su propia obsolescencia, como hacen algunos fabricantes para inducir a los consumidores a la compra de un nuevo producto. Solo que aquí las nuevas siglas preferidas por el elector ya no serían las socialistas, sino las abiertamente nacionalistas, más convincentes lo mismo en la exaltación de las identidades particulares que en la pasión triste del odio a la derecha. En realidad, nadie sabe cuál es el proyecto, ni territorial ni ideológico, del PSOE. Al menos en las regiones -y no es una buena noticia para España- la vida útil del producto se acerca a su final. A lo que siempre habrá quien objete, y no es poco, con esa otra española fórmula de resignación: que me quiten lo bailao.

Convivencia, expectativas y amnistía

Gabriel Tortella

EL MUNDO, Jueves, 8 febrero 2024

Va siendo hora -quizá esté ya pasada- de preguntarnos qué se ha hecho mal en la cuestión de los nacionalismos periféricos, que durante la Transición eran un problema más y hoy se han convertido en un monstruo que amenaza con destruir el marco democrático tan trabajosamente construido entonces, y con devolver a España a los peores momentos de su historia: los reinos de taifas, la Guerra de Independencia -que tuvo su lado heroico, pero también grandes dosis de caos-, la Primera República y la Guerra Civil. ¿Cómo es posible que, después de 40 años de democracia y madurez económica y social, nos encontremos ahora amenazados por nuestros tradicionales demonios familiares, que parecen empujarnos hacia abismos que creíamos haber dejado atrás para siempre?

Ha llegado el momento de buscar en los errores cometidos durante aquellos años optimistas que llamamos la Transición la raíz de la grave situación en que nos encontramos. La élite política de aquel tiempo incurrió en una grave equivocación que aún hoy influye en nuestras premisas políticas. Esta élite tenía un componente de políticos que habían colaborado con el franquismo, pero estaban convencidos de que España era ya un país maduro que debía gobernarse democráticamente. Había en esa élite otro componente de políticos que se habían opuesto al franquismo, pero que creían que era mejor una transición pacífica que una ruptura traumática y que, por lo tanto, estaban dispuestos a hacer causa común con los ex franquistas reconvertidos para instaurar la democracia con la menor cantidad de fricción y violencia posible. Esta élite mixta recibió un apoyo muy mayoritario por parte de la ciudadanía, como se demostró en los referéndums y elecciones que se celebraron por entonces. En general, como es bien sabido, la Transición constituyó un gran éxito, aunque ETA y otros grupúsculos de izquierda y de derecha cometieron graves crímenes en su oposición a la instauración de la democracia.

Pero hubo entre los políticos ex franquistas un sentimiento de culpa, consciente o inconsciente, que pesó como una losa sobre la derecha política española durante los años de la Transición, que ha persistido hasta nuestros días y que ha causado un daño incalculable; un sentimiento de culpa que los políticos de izquierdas han aprovechado con fines electorales y dialécticos, pero que también, aunque en menor medida, les ha afectado a ellos. Tanto unos como otros se han sentido endeudados con los nacionalistas periféricos, sobre todo catalanes y vascos, por haber sido estos, supuestamente, las mayores víctimas de la opresión centralista del franquismo. A causa de este sentimiento de culpa, el nacionalismo español se convirtió en algo casi equivalente al franquismo. De ahí la ruptura de la igualdad fiscal en favor de vascos y navarros, y la pertinaz tolerancia con las infracciones de la ley en materia lingüística, y muchas otras, en ambas comunidades. Y de ahí el galimatías del Título VIII de la Constitución y el vacío sistemático que los políticos nacionales han hecho a las mayorías no nacionalistas en esas comunidades. En aras de este sentimiento de culpa, la palabra «nación» se dejó de utilizar para designar a España, y hasta la red «nacional» de carreteras pasó, absurdamente, a ser «estatal». Los nacionalistas periféricos no se esperaban tanta pleitesía por parte de los gobernantes de «Madrid», pero pronto comprobaron con alborozo que cuanto más oprobio se vertiera sobre ellos -«centralistas, franquistas, opresores, ladrones»- más dispuestos estaban los gobiernos «estatales» a ofrecer concesiones para hacerse perdonar su inexistente (subrayémoslo) pecado original.

La dialéctica del nacionalismo catalán y vasco fue adquiriendo tonos cada vez más ofensivos y agresivos. Los gobiernos españoles trataban de acallar el victimismo y los vituperios con dinero y permisividad. Pero, increíblemente, ni la opinión ni los gobiernos españoles advertían que esta actitud autoinculpatoria, esta cesión al chantaje, tenía exactamente los efectos contrarios a los perseguidos: si los insultos estaban tan bien remunerados, lo lógico era redoblarlos. Pero, además, había otro efecto, quizá aún más peligroso. La debilidad obsequiosa, el deseo de «mejorar la convivencia», según el estribillo de Pedro Sánchez, volvía como un bumerán contra los convivientes. Las acusaciones de los nacionalistas hacían un gran efecto sobre la población local. Si sus reclamaciones no eran rebatidas por los políticos de «Madrid» sería porque eran ciertas. Así crecían las adhesiones al nacionalismo.

Y aún operan dos factores más: primero, el dinero y las cesiones permiten a los nacionalistas, cada vez más separatistas, hacer proselitismo entre la población, subvencionando los medios de comunicación adictos, repartiendo sueldos y prebendas entre los correligionarios. Y segundo, las expectativas: si son los separatistas los que llevan la iniciativa y los centralistas los que hacen una concesión tras otra, parece claro que, más pronto o más tarde, van a ganar los separatistas: luego hay que estar con ellos. Todo esto explica el gran crecimiento del sentimiento nacionalista y separatista. Hacia 1980, en Cataluña los separatistas no llegaban al 5% de la población. Cuarenta años de cesiones y «mejoras de la convivencia» han elevado esta proporción a un entorno del 30-40%. Cuantas más claudicaciones y más «generosidad» reciben los separatistas, más apoyo obtienen, porque más inminente parece la independencia de Cataluña y el País Vasco.

Nadie parece haber aprendido las lecciones del otoño de 2017, cuando, entre dudas y zozobras, el Gobierno de Mariano Rajoy, con el apoyo vacilante y tembloroso del PSOE de Sánchez y el Ciudadanos de Rivera, por fin osó aplicar la Constitución en Cataluña (el artículo 155), destituyendo al Gobierno rebelde de Puigdemont y nombrando presidenta en funciones de Cataluña a Soraya Sáenz de Santamaría. ¿Qué ocurrió? ¿Hubo protestas, motines, levantamientos? No, señor. Los funcionarios acudieron al trabajo sin rechistar, los consejeros separatistas se fueron a su casa y eventualmente a la cárcel, Puigdemont se metió en el maletero de su coche camino de Bruselas, se cerraron las «embajadas» catalanas en el exterior y allí no pasó absolutamente nada.

La convivencia mejoró de verdad en cuanto cambiaron las expectativas y pareció que el Gobierno español no iba a tolerar astracanadas separatistas. Aquello pudo haber sido el fin del separatismo en España. Pero prevalecieron la cobardía y el sentimiento de culpa de los políticos españoles. Rajoy quedó tan asustado de su propio atrevimiento que no veía el momento de soltar la patata caliente de la intervención en Cataluña. Se traslució inmediatamente su falta de ideas y convicciones. Los separatistas, por su lado, recobraron el aplomo; la tercera parte de la población catalana adicta al separatismo recuperó enseguida las convicciones de las que acababa de renegar y todo volvió al statu quo anterior. El año siguiente, cuando Sánchez e Iglesias le urdieron una falaz moción de censura, a Rajoy todavía le temblaban las piernas del susto que pasó en el otoño de 2017, cuando estuvo a punto ser un político íntegro y con convicciones. Fue sin duda ese temblor lo que le impidió desmentir las trolas de Sánchez, escapar a un bar cercano y entregar mansamente el poder a un rival que, por desastrosa que fuera la ejecutoria de Rajoy, iba a dejarle en buen lugar por comparación.

La amnistía flagrantemente inconstitucional que el Gobierno Puigdemont-Sánchez nos prepara es el penúltimo paso hacia la destrucción de la España democrática, que un sentimiento de culpa injustificado y varios errores garrafales de la Constitución han permitido perpetrar al separatismo y a sus secuaces socialistas. Es evidente que si, por un milagro, europeo o divino, saliéramos más o menos incólumes del atolladero en que nos hallamos, debemos plantearnos una reforma profunda de nuestra estructura constitucional y una reconsideración de nuestra historia reciente. Además de exigir responsabilidades penales.

Gabriel Tortella es economista e historiador, coautor de Cataluña en España. Historia y mito (con José Luis García Ruiz, Clara Eugenia Núñez y Gloria Quiroga; Ed. Gadir) y de La semilla de la discordia. El nacionalismo en el siglo XXI (con Gloria Quiroga; Ed. Marcial Pons)