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Salud suficiente

Este título vendría a ser el lema que resume las aspiraciones de los mayores que tenemos la suerte de vivir en un país desarrollado y democráticamente gobernado.

Sabemos, porque tenemos muchos años, que, en cualquier punto del edificio metafórico  que somos, pueden aparecer las grietas, las goteras, los desajustes. Por tanto, el mantenimiento tiene que basarse en una actitud vigilante, diligente, perspicaz.

Y debemos dar tanta importancia a la salud psicológica como a la biológica: están totalmente interconectadas.

Evitamos la soledad, la pereza, los descuidos en la higiene, la falta de entusiasmo, el desinterés ante lo bello y admirable.

Solamente con ver unas escenas de una película que nos emocionó y cautivó cuando éramos jóvenes, podemos sentir que nuestras baterías se recargan, que nuestro deseo de estar y participar en la vida se renueva.

Y nada de encierros excesivamente prolongados: el aire libre nos es tan necesario como la misma libertad.

Anteayer, a la hora del crepúsculo vespertino, me crucé con un tocayo, amigo, paisano, que volvía de echarles de comer a sus gallinas y de recoger los huevos. Él llevaba además algunas bolsas; y se empeñó en regalarme media docena de los huevos más frescos que se puedan servir en una mesa. Esa noche me tocaba cenar solo; pero tuve la suerte de cenar con, entre otras compañías, la presencia simbólica del amigo que me había proporcionado los huevos para la tortilla.

La vida está llena de detalles que nos alimentan y fortifican.

Bicifilia

La ventaja de volver

hasta el punto de partida

se puede ver resumida

en este lema: cualquier

recorrido a recorrer

habrá de tener balance

de etapa llana, se lance

el ciclista cuesta abajo

o cuesta arriba. El trabajo

es superar todo trance.

Rosa Montero

Hoy he terminado la lectura de Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero.

Reconozco que últimamente no me tienta mucho la lectura de novelas. Pero, un poco por casualidad, le metí mano a ésta, y me ha encantado.

Ambientada en los siglos XII-XIII, en la mitad sur de Francia, es a la vez una novela histórica y fantástica, feminista y viril, guerrera y tierna, abarcante de todos los estamentos sociales, continuamente itinerante en sus escenarios.

No es reciente, su primera edición salió en 2005; pero eso tiene poca importancia: más años hace que se publicó Don Quijote, y muchos más la Odisea.

Rosa Montero forma parte de un grupo de escritores españoles que, por capricho sentimental mío, tienen un altarcito aparte en mi mundo mental y emocional: ellos nacieron en 1951, año en que yo también nací.

Aunque, ya digo, es un capricho, la verdad es que la coetaneidad aproxima bastante: compartimos, ellos y yo, la misma España en nuestra infancia y juventud. Recuerdo haberle leído, a uno de ellos, un artículo en el que hablaba de su libro de texto de Griego en el curso de Preu, y era el mismo libro de texto que yo había tenido en ese curso.

Empecé a leer a Rosa Montero cuando ella empezó a trabajar en El País, recién nacido este periódico y recién muerto Franco, en 1976. Recuerdo que me encantaban sus entrevistas en el suplemento dominical, que era, a todo el suplemento me refiero ahora, una gozada matutina.

También leí de esta autora algunas novelas, pocas; pero suficientes para constatar cómo iba creciendo su maestría.

Ella acompañó, con alguno de sus libros infantiles, a alguna de mis hijas, en ese rato, afectivamente tan importante, de antes de dormir.

Si algún domingo me salto la lectura de su página en EPS, me lo considero un fallo disculpable: el tiempo es limitado. Pero seguiremos leyendo, mientras podamos, a esta coetánea.