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Bilingüismo

Existe una batalla que sorprenderá a los nacionalistas […]. Esta batalla es llevar una reforma constitucional que cancele la inmersión lingüística educativa en una sola lengua. Si el constitucionalismo no se atreve a plantearla, ahora, Cataluña será independiente, cuando “toque” que diría Pujol.

Es una cita de una tribuna de El País de ayer, una tribuna cuyo autor es José Luis Álvarez, sociólogo y profesor: ‘Els de casa’ frente a’els de fora’.

Quizá la cuestión catalana ha sido siempre, antes que todo, una cuestión lingüística; alimentada por un ancestral prejuicio: “los que hablan como yo son los míos; los que tienen otra habla son los otros, los forasteros, los no de fiar”.

El inmigrante desacomplejado procura aprender, apropiarse de, la lengua y habla del lugar en el que ahora se encuentra: porque es lo natural para el acercamiento humano. No nacemos biológicamente condicionados para usar siempre, y hasta el día de nuestra muerte, nuestro idioma materno; podemos aprender unos cuantos idiomas, que llegaremos a hablar con mayor o menor fluidez según las circunstancias.

El inmigrante acomplejado y pobre, que pretende buscarse la vida en ese extraño -para él- territorio cuya lengua desconoce, va a tener menos facilidades para aprenderla, intrínsecas y extrínsecas, psicológicas y ambientales. Si lo consigue al fin, es posible que reaccione pasándose al bando de los locales, con una agresividad renovada contra los nuevos invasores, los que han llegado, como él llegó, pobres y acomplejados.

En un mundo imparablemente globalizado, querer hacer de un idioma una frontera o una bandera es disparate insostenible. Lo natural y lógico es que unos pocos idiomas se vayan extendiendo, y que muchos idiomas minoritarios se vayan perdiendo. Sin imposiciones, sin prohibiciones, sin barreras, sin fronteras.

En Cataluña la Constitución del 78 supuso la solución del problema lingüístico: la cooficialidad de los dos idiomas. Pero después políticos especialmente trapaceros o ineptos han alterado, desvirtuado, el espíritu de esa cooficialidad: la cual implica que en lo oficial, lo estatal, lo público, los dos idiomas están al mismo nivel, y todos los textos administrativos deberán aparecer en los dos idiomas; en la escolarización implica que todos los alumnos tienen el derecho y el deber de aprenderlos los dos; y los docentes, de enseñarlos y exigirlos; y en lo particular, cada individuo puede elegir libremente uno u otro, sin reparos, sin trabas administrativas, sin malas caras, y sin perder de vista que hablamos para que nuestro interlocutor (o interlocutores) nos entienda, no para que vea que somos diferentes, porque no lo somos. No hay más que una raza: la especie humana; no hay más que un país, el planeta Tierra.

Respecto al bilingüismo catalán, hay que recuperar el espíritu de la Constitución del 78, aunque sea reformulándola.

Con la Sagrada Biblia

Deuteronomio (25, 4):

No le pondrás bozal al buey que trilla”.

Aplicación:

No le pondrás bozal al portavoz

o portavoza.

Cementerio familiar

Mi abuelo paterno, cuando mi padre era un soldado, murió.

Mi abuela materna, cuando mi madre era una niña de seis años, murió.

Mis tres tíos maternos, en la flor de la edad y solteros, murieron.

Mi abuelo Miguel, Papa Miguel para sus nietos, murió.

Mi tía abuela Isidora, que vivía -como Papa Miguel- con nosotros, murió.

Mi abuela Trinidad, la persona más buena de la Tierra, murió.

Mi padre, a los setenta y dos, castigado por una vida dura y por mí, murió.

Mi madre, tras veintiséis años de viudedad y bisabuela, murió.

Mis ocho tíos paternos, José, Frasquito, Luisa, Antonio, Rafael, Andrés, Santiago y Roque, murieron.

Muchos de mis primos, en su representación menciono a Mari Paz, murieron.

Que esta página sea su simbólico, modesto y hogareño cementerio,

donde ellos reposen en paz,

y cuyas líneas en blanco vayamos ocupando, con orden y sin prisa,

los que ahora vivimos.