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Traducir

Fue una de las actividades a las que más tiempo dediqué en mis años de estudiante, y creo que nunca lo hice con pesar. Me gustaba entrar en un texto que desde fuera parecía un bloque de oscuridad, pero, en cuanto me introducía en él, me iba descubriendo un mundo de sentidos, de matices, de significados, de luces, de belleza.

Curiosamente, los primeros textos que traduje eran textos en español: textos de aquellos que los niños memorizan y repiten como un trabalenguas o un juego de magia, sin buscar un sentido, como si tuvieran entre las manos un trozo de obsidiana que acarician sin pensar en desentrañarlo. Eran las breves oraciones que enseñaban las madres, las abuelas, las catequistas; las poesías populares, las letras de las canciones, las fórmulas de los juegos. Eran como aquella frase que Juan de Mairena mandó traducir al lenguaje poético, la de «los eventos consuetudinarios».

Luego vino lo de traducir del latín, del francés, del griego antiguo, del portugués, del catalán, del español medieval.

Y ahora, entre mis entretenimientos de jubilado, está el de traducir del inglés. Cuando vuelvo a él después de haberlo dejado durante una temporada, lamento el abandono: de este juego, de esta diversión, de este alimento intelectual y espiritual.

Acabo de ejercitar mi pasatiempo en un texto de Noah Gordon, Fruitful Branch —está en la web del escritor—, y me siento gratificado y agradecido.

En mayo me hallo

En mayo me hallo

Una noticia

Quienes desayunamos temprano y con la radio encendida, vamos ingiriendo, con el café y las tostadas, nuestra primer ración de malas noticias del día, siempre con la esperanza puesta en que, entre las malas, se cuele una buena.

La que más ha llamado hoy mi atención —no sé, curiosamente, si buena o mala— es la de la embarazada a cuyo feto se le ha detectado microcefalia causada por el virus del zika, a pesar de lo cual la mujer ha decidido seguir adelante con el embarazo.

La crianza de los hijos es una tarea larga y compleja; y la que, por encima de otras muchas, nos produce la más clara sensación de estar realizándonos como seres humanos. Mecanismos, seguramente, de la naturaleza, siempre al servicio de la pervivencia de la especie.

Sólo hay una tarea que me parezca más larga y compleja que la de la crianza de los hijos: la crianza de hijos con alguna discapacidad severa (de las leves, todos tenemos unas cuantas).

Por ello ahora, prescindiendo de retórica y de rollo, me limito a desear para esta buena señora, y para la criatura que se propone alumbrar, toda la suerte y toda la ayuda posible.