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Rajoy/Sánchez

Pasadas ya tres semanas desde el día de las elecciones generales, estamos todavía lejos de saber quién será el próximo presidente del gobierno. De los dos candidatos que aquí aparecen en el título, ninguno de los dos merece el cargo. Así que habrá que pensar, si uno de los dos llega a obtenerlo, que es lo que nos merecemos los españoles.

Si en el funcionamiento de los partidos políticos rigiera la democracia interna, seguro que ninguno de estos dos, tan mediocres, habría llegado tan arriba. Pero mientras trepe más alto el que tiene más ambición, no quien más vale, tendremos lo que tenemos.

Estos dos candidatos, en las elecciones del 20D, han llevado a sus respectivos partidos a darse el batacazo: uno, desde la veteranía y la presidencia; el otro, desde la inflada bisoñez y la torpeza. Pero ninguno de los dos ha presentado su dimisión inmediata, al contrario, andan en el erre que erre de lo que han ganado. Porque no hay nada que ciegue más que la vanidad, y de eso sí que andan sobrados los dos. Basta recordar la estúpida frase de Sánchez en la noche del recuento de votos: «Hoy hemos hecho historia». O el empecinamiento de Rajoy en que cualquier gobierno en el que él no sea presidente será un gobierno de perdedores.

Creo que una mayoría amplia de las voces sensatas de este país, ante los resultados de las elecciones, han sugerido la necesidad de un gobierno (o de unos acuerdos) de gran coalición: PP, PSOE, Ciudadanos; pero no lo obtendremos ni de coña. Antes repetiremos el proceso electoral. Que es lo que le hace falta a España, claro: repetir las elecciones en Cataluña y luego repetir las elecciones generales.

¡Qué mierda de país!

Cuando agosto

Cuando agosto

Religión

A estas alturas de la historia, parece lógico que las vivencias netamente basadas en dogmas o doctrinas religiosas fuesen mayoritariamente, casi universalmente, consideradas residuos de sociedades primitivas, arcaicas, que tapaban la ignorancia con la superstición.

Pero no es así. No sé en qué proporción, pero a la vista está que una mayoría amplia de seres humanos adultos se consideran creyentes de una u otra manera.

De una u otra manera, insisto. Porque algo de la libertad que necesitamos -como el aire para respirar- se cuela en esas creencias, en forma de elección voluntaria, de disidencia, de adaptación personal: «yo soy católico, pero…», «yo soy musulmán, pero…», «yo creo en Tal, pero no en Cuál». Además, en última instancia, todos sabemos que nos pueden quitar la libertad externa con la cárcel o el terror, pero es mucho más difícil que nos quiten la libertad de pensar, de sentir, de simpatizar. Por tanto, las vivencias religiosas, incluso la confesionalidad religiosa, no son excluyentes de la libertad individual.

Así que seguimos siendo minoría los que abiertamente nos consideramos no creyentes, aunque nos emocionemos ante un paisaje, un poema o una gracia infantil. Los que aceptamos que la vida nos va a tratar como al resto de los seres vivos cuando muramos: nos convertiremos en materia inerte, «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada», para decirlo con un verso de un poeta muy grande.

Quede, por tanto, claro que todas las posturas, de creyentes o de ateos, me parecen aceptables. Salvo una: la del fanático que considera que fuera de su rígido dogma no hay salvación posible, ni merece la vida quien no lo comparte.

Y de todas las posturas aceptables, hay una que me parece la mejor: la de quienes saben poner una pizca de buen humor, de divertido distanciamiento, respecto a las creencias humanas. Como el querido campesino que, hace pocos días, me contaba la anécdota de otro labrador; de uno que tenía en su huerto un improductivo albaricoquero; con cuyo tronco, un escultor talló un San Sebastián; y el trozo sobrante lo convirtió en un pesebre para el burro del hortelano. Y luego éste le recitaba al santo algunos guasones versillos: «Del pesebre de mi burro / eres hermano carnal»…

Porque se puede llevar la vida sin religión; pero es imposible llevarla sin buenas dosis de buen humor.