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E-reader, un gran invento

Cualquiera que se asome a estas entradas de Certe patet, aunque no me conozca personalmente, deduce enseguida que soy aficionado a la lectura.

La cual practico no tanto como deseo. Otros impedimentos aparte, he entrado en esa etapa de la vida en la que la vista se pone torpe, la memoria merma un montón, y cada dos por tres aflora un achaque de salud nuevo, una parte del cuerpo que reclama atención preferencial.

Bueno. Pues mi vieja afición a la lectura se ha visto desde hace pocos días gratificada con el regalo de un Kindle. Algún amigo, más atento que yo a los nuevos artilugios de la tecnología, me ha estado largamente animando para que me lo mercara; y yo me resistía porque siempre tenía un libro de papel entre manos, y unos cuantos más esperando su turno.

Pero por fin me he decidido, y estoy encantado. El aparato en sí, una maravilla; la funda, convertible en atril, está a la misma altura; y la descarga de libros, un prodigio de inmediatez.

Lo he estrenado con la lectura -no relectura- de Guerra y paz, de Tolstói. Razón de la elección: el artículo que en El País del domingo 23 de agosto, le dedicó a este libro Vargas Llosa. Así que doble gozada: Kindle y Guerra y paz.

Cuánto ha cambiado este país -y el mundo entero- desde que «un servidor» aprendía a leer en la «escuela chica» de Gójar, con la estupenda maestra doña Asunción y con el pío libro Hemos visto al Señor. Y entre tantos cambios, la aparición del e-reader, qué gran invento.

Mosquito despertador

 

Mosquito con trompeta me despierta

a las 6:06 de la mañana.

Sigo acostado. No me da la gana

de aceptar de un mosquito orden de alerta.

Abro un ojo, eso sí, y veo cierta

claridad. Viene el día. Es ya vana

mi gana de dormir. Luz meridiana

cuela por la ventana y por la puerta.

Son las 6:16, pero yo espero

milagro que me libre aún del día.

Ay noche, no te vayas todavía.

Ay mosquito, mosquito puñetero,

que te mate una impía pulmonía

mientras me tomo mi café primero.

 

 

Sensibilidad artística

Entre tener alguna sensibilidad artística y ser un artista hay una diferencia abismal. Sensibilidad, incluso habilidad, artística cualquiera la tiene: en la danza, en la literatura, en el dibujo.

Ser un artista consiste en afrontar esa propia disposición para el arte que se siente que se tiene y hacer de ella el norte y el objeto ineludible de la vida. Y todo lo demás, amigos, amores, familia, va quedando orillado en el camino hacia ese objetivo: la obra merecedora de permanecer incólume ante los derrumbes que produce el tiempo.

Creo que pocos artistas eligen ese duro camino premeditadamente. No sé si todos lo eligen voluntariamente. El azar juega un papel importante en la vida de cualquiera, también en la de un artista.

Los que, sin ser artistas, estamos provistos de sensibilidad artística, de afición, que somos casi todos los demás, también cumplimos una función fundamental para que exista y se desarrolle el arte. ¡Qué es un novelista sin lectores, un actor sin espectadores!

Dicho lo cual, opinaremos que el arte en la vida social no es sino la guinda en el pastel, el lazo en la cinta que sujeta el envoltorio, el pendiente en la oreja.

Si no sabemos apreciar, admirar, sentir la labor del empleado de la limpieza pública, del jardinero, del camarero, del albañil, del dependiente, del mecánico, del conductor, del ingeniero… es imposible que tengamos sensibilidad para disfrutar de un concierto dirigido, pongamos por caso, por Pablo Heras Casado.