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Al mal tiempo, buena lectura

Según un proverbio nórdico, el mal tiempo no existe, sino la ropa inadecuada. Pero como nosotros no somos nórdicos sino muy sureños, echamos mano de algunos pretextos para no exponernos a las inclemencias meteorológicas, y dejarnos ganar por la comodidad de estar en casa con un buen libro. El que nos guste, y mientras no nos canse.

Leer una novela o un ensayo no debería ser nunca un ejercicio obligatorio; ni tampoco oír canciones populares o conciertos de Mozart, ni ver películas, aunque sean maravillosas, ni visitar museos y exposiciones.

En las últimas décadas se pusieron de moda en los institutos (en los IES) de Andalucía unos planes de lectura obligatoria, disparate entre otros muchos disparates. En la clase correspondiente a cualquier asignatura llega un momento, regular y normativamente establecido y:

-Queridos y queridas, guardad el libro y el cuaderno de Matemáticas y sacad la novelita.

Y la mayoría de las queridas y queridos ni estudiaba en el libro de texto ni leía la novelita. Porque se puede obligar a un muchacho a que amague la cabeza sobre el libro, pero no a que lea. Como Sancho Panza, cuando fue gobernador de la ínsula Barataria, no podía hacer dormir una noche en la cárcel al tejedor de hierros de lanza. Podía, eso sí, tenerlo la noche entera en la cárcel; pero si él prefería mantenerse despierto…

Y ya que hemos recordado el libro de los libros de la literatura española, recordemos también que acaba de salir una edición escolar, juvenil, aligerada, de Don Quijote de la Mancha, avalada por la Real Academia y realizada por el académico Arturo Pérez-Reverte. Puede ser una buena opción, no solo para los jóvenes.

Yo ayer comencé el último -por ahora- de otro académico, Antonio Muñoz Molina, Como la sombra que se va. Y ya estoy tardando demasiado en escribir este apunte, antes de coger mi nuevo libro y enfrascarme en su buen tiempo.

Elegía

Entre la mañana de ayer y la mañana de hoy, en un par de cómodas sentadas, he leído Elegía [Everyman, 2006], de Philip Roth.

Quedé sobrecogido, anonadado y como aplastado a la vez que entusiasmado, cuando leí su Trilogía americana. Y experiencia similar he tenido al leer esta novela de estrictamente ciento cincuenta páginas en esta edición (Debolsillo, 2010).

Tanta vida, tanta muerte y tanto arte literario hay en esta pequeña magna obra, que yo, sintiéndome incapaz para comentar ni siquiera una línea, voy aquí a detenerme ante sólo una palabra; no de la obra original, sino de la traducción, de Jordi Fibla; aunque para ello es necesario que copie toda una línea, de la página 90 en mi edición:

[…] obviando los defectos de aquellos que le eran queridos […]

El traductor ha usado el verbo castellano ‘obviar’ con perfecto conocimiento de su significado. La primera acepción en el DALE (Diccionario de las Academias de la Lengua Española) es: Evitar, rehuir, apartar y quitar de en medio obstáculos o inconvenientes.

El personaje al que se refiere la frase, efectivamente, evita afrontar, rehúye, aparta de su vista «los defectos de aquellos que le eran queridos», empezando por su padre.

-Entonces, Antonio, ¿cuál es el problema que nos quieres contar?…

Voy a ello, no te impacientes… Resulta que, según su etimología, el verbo ‘obviar’ debería significar justamente lo contrario, algo más bien parecido a lo que encontramos en la segunda acepción del DALE: Obstar, estorbar, oponerse.

Porque lo obvio -el adjetivo sí que respeta la etimología- es lo que se nos plantifica delante de las narices y no tenemos más remedio que verlo.

¿De dónde le viene al verbo la primera acepción? ¡Qué sé yo! La lengua, el idioma, no lo hacen los más cultos, lo hacemos entre todos: ignorantes, cultos y semi-.

El caso es que a mí no me gusta que se use el verbo ‘obviar’ con ese significado tan contrario a su etimología, que encontramos en el himno del Domingo de Ramos: obviaverunt Domino: salieron al encuentro del Señor. Eso es obviar: salir al encuentro.

Pero, en el pasaje de nuestra novela, el personaje no quiere «salir al encuentro de», sino todo lo contrario.

Yo utilizaría el verbo ‘soslayar’ que es el que etimológicamente significa apartar, poner a un lado, para no tener de frente, para no tener que ver.

Ahora bien, reconozco que mi ignorancia es pareja a mi atrevimiento. Así que soslayad mi comentario y leed Elegía.

Un vecino

Vive solo mi vecino,

pues se ha muerto su señora.

Sus hijos andan ahora

labrándose su camino.

¿Tiene amigos? Imagino…

La vida es así de puta;

y, de ser dura la ruta,

pasa a más dura; y termina

convirtiéndonos en ruina.

Y el vecino ni se inmuta.