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Multiplicarnos la vida

Es imposible. Es verdad que a veces, o con frecuencia, tenemos la impresión de que eso está ocurriendo: que no estamos viviendo una vida sino mil. Cuando vemos una película que nos arrebata, o leemos una novela que ídem. No nos dejemos engañar por nuestro entusiasmo momentáneo; estamos viviendo únicamente nuestra vida, que es inmultiplicable lo mismo que es indivisible -eso es lo que significa el sustantivo ‘individuo’: indivisible-.

Podemos, eso sí, en la edad y condiciones adecuadas, reproducirnos, procrear, o crear algunas obras que nos sobrevivan y sigan siendo de alguna utilidad a individuos venideros.

Pero nuestra propia vida es única, y va corriendo, como un arroyo -el río manriqueño- a su desembocadura. Y, mientras la ocupamos en una tarea, afición o pasatiempo, no la ocupamos en otro. Si estamos leyendo, o releyendo, una novela de seiscientas páginas, no podemos estar simultáneamente visitando a nuestra suegra, o podando un árbol, o revisando y ajustando la bicicleta, o tomando unas cañas con unos compadres.

Basta con que un día nos salgamos de nuestras actividades habituales, de nuestro pequeño mundo cotidiano, para que nos demos cuenta de lo limitados y torpes que somos en una ilimitada gama de posibilidades próximas: conducir -¡y aparcar!- en nuestra propia ciudad, arrancar una motosierra, guisar un potaje de lentejas. Actividades en las que otra mucha gente corriente luce con serenidad.

Nada nos multiplica la vida, pero muchas cosas nos la pueden hacer más rica y agradable, más fecunda y feliz. Y en ellas nos debemos emplear cuanto podamos, con una sola cortapisa: que no generen daños a terceros. Porque nuestra felicidad no está por encima de la de los demás, sino al mismo nivel. Y si pensamos en aquellos que estamos procreando, o en aquellos a cuya procreación y crecimiento estamos colaborando, entonces nuestra felicidad, nuestra vida individual, no está al mismo nivel, sino siempre por debajo. Según la frase de San Juan bautista cuando preparaba la llegada del Mesías: Illum oportet crescere, me autem minui, Es necesario que él crezca y que yo disminuya.

La mierda como arma ofensiva

La mierda o el pipí. Cualquier repugnante desecho proyectado contra el oponente puede provocar su desbandada y su derrota.

Lo saben nuestras vecinas las gaviotas, que, por defender paranoicamente a sus crías se pasan la primavera y el verano bombardeándonos con sus cacas. Y hay otras muchas especies igual de agresivas y con el mismo tipo de armas ofensivas.

Cuando éramos adolescentes, a mi amigo Falín no le gustaba que formáramos conciliábulos en los que charlar sine fine de lo divino y de lo humano: mariconadas para él, que era un hombre de acción. Se acercaba, soltaba una ventosidad descomunal y nos decía:»Respirad deprisa, que se acabe pronto.» Y con su guarro explosivo desbarataba la reunión.

En la novela juvenil de Isabel Allende La ciudad de las bestias, la mítica bestia selvática del Amazonas también ataca con su caca, insoportable para la biología humana: «Por el espantoso olor supieron que no era lodo, sino un charco enorme de excremento» (pág. 120).

Y en una entrada reciente de su blog, la misma Isabel Allende hace un gracioso relato del tremendo trauma que se produce en la familia cuando su perrita Dulce es agredida por un zorrillo, que «le disparó un chorro a la cara», y no de agua de rosas.

Ahora vemos, en este maloliente país, cómo los políticos se atacan unos a otros lanzándose sus mierdas, o destapando las de aquellos más tímidos, para avergonzarlos reprochándoles que son tan cacosos como los demás.

De modo que quizá no haya más remedio que concluir que el mundo no ha salido todavía de su fase anal, o que la tierra no es sino una diminuta bolita de estiércol, como la de los escarabajos peloteros, que va deambulando por el universo, y espera el momento propicio para estamparse contra otra de las bolitas flotantes, para dejarla perdida de caca.

¿Rutina?

Recientemente he visto citado varias veces el siguiente verso de Juan Bonilla: «Tarde o temprano a la rutina se le cae la t». ¿Casualidad? Sólo en parte. Resulta que Juan Bonilla ha vuelto a publicar su poesía reunida, ahora con el título de Hecho en falta. Yo me compré y leí, atentamente y con anotaciones en los márgenes, su antología de 2009, Defensa personal; y, al año siguiente, su nuevo libro de poemas, Cháchara. Después de este, yo no tengo noticia de que Bonilla haya publicado algún otro -de poemas-.

A mí Juan Bonilla me parece un poeta inspirado, pero no depurado: echo en falta, en algunos de sus poemas, un mejor acabado, una revisión más atenta. Otros, en cambio, me parecen sencillamente perfectos.

Pero yo no quería hablar hoy del poeta Juan Bonilla.

Tampoco quería hablar de su poema «Rutina», el que empieza con ese verso que citábamos.

Tampoco iba a hablar de la pareja de parónimos ‘rutina’ y ‘ruina’. Al segundo ya le dedicamos aquí una entrada, hace algún tiempo. Del primero no me resisto a comentar que los estomagantes pedagogos de estos tiempos lo emplean mal, como sinónimo de hábito, cuando en la definición del Diccionario tiene unas claras connotaciones peyorativas: «hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas».

¿De qué Diccionario hablamos? Pues del de la Real Academia, que ya no es tal; lo que ahora nos venden o nos regalan -acaba de salir la 23.ª edición- es un diccionario elaborado y avalado por la Asociación de Academias de la Lengua Española -hay veintidós, repartidas por el mundo-. Por eso algunos creen que hay que abandonar ya, de una vez, el acrónimo DRAEDiccionario de la Real Academia Española-, y decirle DILEDiccionario de la Lengua Española-. Yo, por mi parte, daría paso al acrónimo DALEDiccionario de las Academias de la Lengua Española-. Porque una cosa es quitar la R de Real -que sólo está en la Española- y otra cosa es quitar la A de Academias.

Pero yo tampoco me proponía hoy hablar del DALE ni de ninguna de las palabras contenidas en él; bueno, sí, quería hablar de una letra de nuestro idioma, la r, y de su variante el dígrafo -rr-, y de sus nombres. Quería hablar de esa pareja de fonemas o sonidos del idioma: el vibrante múltiple que suena en ruina, rutina y ceporro, y el vibrante simple que suena en lira, marino y pareja.

Pero se me ha acabado el tiempo. ¡Os habéis librado, queridos lectores!