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Nunca he comido angulas

Lo cual no me produce pena en absoluto. ¿Que por qué las menciono? Porque me he acordado de que, hace muy pocos días, cierto pianista entrevistado en la radio las ponía como ejemplo de algo que, aunque guste mucho, puede llegar a cansar.

Es verdad. Alguna variedad en los platos de pescado, de carne, de legumbres, resulta necesaria. De ahí a estar necesitando cada día platos nuevos, guisos distintos, sabores sorprendentes, hay mucha distancia.

Hay personas de gusto inquieto, tanto en la comida como en lo demás. Son personas que, al cabo de una temporada de despertarse en la misma habitación, de besar los mismos labios al levantarse, de oír las mismas voces mientras desayunan, sienten un tedio insoportable. Personas que mueren por complicaciones producidas por la obesidad porque no tienen la oportunidad de recorrer cada tarde una senda distinta, lo cual es razón suficiente para que no caminen. Cambiar de ambiente, de amigos, de comida, de empleo, de colegas… Cambiar es vivir.

En el otro extremo están los que rápidamente se adaptan, se aficionan, se encariñan. Y ven el cambio como una amenaza a su estabilidad, a su felicidad. ¿Por qué leer a otros autores, si con la medio docena que frecuento y que guardo en mi biblioteca me siento entretenido y alimentado? ¿Por qué buscar otros lugares para caminar si los que recorro a diario me ofrecen continuamente aspectos nuevos, encuentros inesperados, paisajes cambiantes? ¿Cambio de pareja? No; gracias. ¿Cambio de amigos? No; gracias. ¿Cambio de hijos? ¡No; gracias!

¿Cuál es la actitud más sana, más sabia? Probablemente la que proponía Santo Tomás: In medio virtus est, en el término medio está la virtud. Por consiguiente, entre siempre angulas y cada día un pescado diferente, que cada cual busque su punto de equilibrio.

Reolas y cruces

Os invito a leer, antes de esta entrada, el precioso artículo de Jordi Soler en EL PAÍS de ayer: La vida sin cuerpo.

A mí me ha encantado. Y aun así quiero disentir, en buena medida, de su contenido.

En Occidente una maravillosa máquina de escritura, la imprenta, lleva inventada casi seis siglos. Y desde entonces no ha parado de extenderse, perfeccionarse, diversificarse.

Sin embargo, cuando leemos actualmente una antología de poemas del Siglo de Oro, una novela de Galdós o un artículo de Jordi Soler, no echamos de menos las matizaciones, connotaciones o informaciones complementarias que aportaría a esos textos el hecho de que fueran presentados escritos a mano por los autores, como si de facsímiles de textos antiguos se tratara. Y no las echamos de menos porque un buen escritor, también con un mecánico y despersonalizador teclado, sabe hacer llegar a sus lectores todos los matices, variaciones y modulaciones que cree necesarios.

Y reconozco que, como el autor, me siento un nostálgico y un enamorado de la escritura a mano. Aún conservo y uso, como uno de los más valiosos regalos que yo haya podido recibir a lo largo de mi vida, la estilográfica que llegó a mis manos cuando era un estudiante de Preu, hace casi medio siglo.

No obstante, el segundo regalo relacionado con la escritura, segundo en orden cronológico y en importancia, me lo pude hacer yo mismo, una Olivetti Lettera 32, comprada con un dinero que gané en Francia, el mismo año que terminé la licenciatura en la Universidad, cargando camiones.

A esos niños de Oaxaca campeones de baloncesto que salen a la cancha descalzos no se oponen los niños franceses que juegan con zapatillas Nike («diseñadas por especialistas en la dinámica del pie humano») y quedan subcampeones, sino la infinidad de niños que actualmente vemos calzados con zapatillas buenísimas y carísimas, de marcas de prestigio por supuesto, a pesar de lo cual los vemos moverse con torpeza de paquidermos o de achacosos abueletes, y ponerse colorados y como al borde del infarto en cuanto echan un trote.

De los escritores que me gustan actualmente, no sabría decir si me gustan más sus libros o la propia personalidad de ellos mismos, que me llega impregnando, como un aroma, cada una de sus páginas.

Respecto a mis contemporáneos no escritores, lo que me apena de muchos no es que nunca envíen un escrito personal a mano, sino que en sus mensajes, enviados a través de los medios tecnológicos más avanzados, no pasen de hilvanar una frase imprecisa, mal estructurada, inacabada, y tristemente complementada con algunos «iconitos». Me recuerdan a aquella buena vecina analfabeta -años sesenta- que tenía a su esposo trabajando en el extranjero. Alguna otra vecina, leal y piadosamente, le escribía las cartas al lejano marido. Y, al final del escrito, la amante esposa se limitaba a añadir «reolas» y cruces: besos y abrazos.

Moral y psicología

Mi hija Hebe, que acaba de cumplir los dieciocho, inicia sus estudios universitarios. Ya ha dejado la casa familiar, la ciudad en la que ha ido formándose para convertirse en persona adulta.

Es verdad que, con los nuevos medios de comunicación y de transporte, se puede decir que no hay distancias, puedo decir que mi hija Hebe sigue viviendo muy cerca de su familia.

Aun así, son momentos en los que un padre siente la tentación de ponerse solemne e impartir, al vástago que está a punto de hacerse independiente, algunos consejos de los que deberían considerarse inolvidables.

Uno recuerda la escena de El alcalde de Zalamea en la que Pedro Crespo aconseja a su hijo Juan, cuando este se dispone a partir e integrarse en la milicia:

Sé cortés sobremanera,

sé liberal y esparcido […].

Y la obediente, reverenciosa respuesta de Juan a su padre:

Hoy tus razones imprimo

en el corazón, adonde

vivirán mientras yo vivo.

Pero en la vida real, y menos en estos tiempos, no suele haber ocasiones de tanta solemnidad. Los mayores repetimos consejos machaconamente y en cualquier circunstancia, quizá los consejos menos necesarios y en los momentos menos oportunos; y los jóvenes nos oyen como quien oye llover.

Mi hija Hebe comienza estudios de Psicología.

Quizá por eso a mí se me ocurre escribir aquí y ahora un consejo que no le he dado a ella personalmente, pero que podrá leer aquí, como cualquiera, si le apetece. A ver cómo lo digo…

Cuando actuamos bien, de un modo moralmente correcto, nuestra conciencia está tranquila, nuestro pensamiento descansa. Cuando actuamos mal, nuestra mente se activa porque necesita encontrar argumentos que justifiquen la mala obra, es decir, lo injustificable. Así que la mala acción nos condena a un estéril agotamiento psicológico, del que sólo nos libraría el reconocimiento íntimo de la falta cometida. No obstante, parece que la tendencia natural nos lleva a buscarle explicaciones, razones, justificaciones. Desde Adán, recordemos: «La mujer que me diste compañera me ofreció del fruto y comí».

Mucho mejor, y psicológicamente más descansado, elegir desde el principio la opción correcta; incluso cuando nos obligue a un esfuerzo grande, a un sacrificio mayor.

Ojalá todos, no solo mi hija Hebe, actuáramos según este principio. El mundo ganaría mucho en hermosura.