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Vuelta al cole

O al curro.

Lo mismo que las vacaciones no han sido tan maravillosas -aunque respondemos a todas las preguntas de cortesía que han estado muy bien-, el trabajo tampoco será tan duro.

Nos adaptamos a todo. Y, lo mismo que en las situaciones de felicidad encontramos inconvenientes, en las penosas siempre podemos encontrar motivos de alivio y dulzura.

Está claro que los momentos mejores son los de la pura esperanza: el momento en que nos despedimos del trabajo y comenzamos las vacaciones, o comenzamos el fin de semana, o las horas de descanso. Luego pasa, enseguida pasa, que la felicidad, como el agua en contacto con otras sustancias, enseguida se enturbia un poco. Ojalá sólo un poco. Para que podamos adaptarnos a esa merma de claridad sin perder la sonrisa, ni la paciencia, ni la alegría.

La vida es siempre la vida, una olla en la que cabe todo.

Ellos no ven la te-

Mas nosotros la ve-

mucho más que mere-.

Yo de verla me te-

terminar más bien le-.

Por cuadrar bien mi ide-

la cuestión aquí que-,

la que a mí más me inquie-:

¿Por qué no ven la te-

las heroínas be-,

esos héroes guerre-

que en la tele bebe-,

que nos sorben el se-?

Una mujer bajita

Lo es según nos dice ella misma en Mi país inventado: su estatura es de uno cincuenta. En lo demás es muy grande: en su capacidad vital, su inteligencia y sensibilidad, su maestría fabuladora y literaria.

Publicó su primera obra importante, su primera obra maestra, en 1982, justo el año en que García Márquez recibió el Nobel de Literatura. Los comentarios que uno entonces más leía o escuchaba venían a concluir que aquella novela de Isabel Allende era una imitación de Cien años de soledad y del estilo del colombiano. Así que uno, en pleno arrebato ante la obra de Gabo, pasó sin pararse ante La casa de los espíritus.

Transcurrieron muchos años antes de que, más o menos casualmente, tomara en mis manos la novela de la Allende y me dejara atrapar por ella desde la primera página.

Para entonces había leído mucho a García Márquez: cuatro o cinco veces había leído Cien años de soledad, por lo menos.

Aun así, no vi imitación alguna por parte de Isabel Allende. No digo que no hubiera algunas concomitancias: al fin y al cabo, no había tantas distancias ni en los tiempos ni en los territorios. En las vidas de los autores también había coincidencias, por ejemplo la importancia de la figura y de la casa del abuelo materno. Por lo demás, la de Allende era una historia totalmente distinta. Esto era Chile, no Colombia. La capital era Santiago, no Macondo.

A pesar de que La casa de los espíritus me pareció una obra maestra, pasó mucho tiempo sin que yo volviera a tener entre manos otro libro de Isabel Allende. Por fin este verano, también más o menos casualmente, me regalé Retrato en sepia. Y vuelta al mismo enganche y admiración.

Pero esta vez sí me he dejado ganar del todo. Después de Retrato en sepia me he leído otros cuatro libros de la autora; el último, que terminé ayer, Mi país inventado; precioso; no es una novela sino una obra ensayística y autobiográfica. Y espero seguir regalándome con algún otro desde mañana mismo.

He leído, es cierto, algunas durísimas críticas: más descalificaciones e insultos que verdaderas críticas; más envidia cochina que análisis racional. Críticas que, por cierto, no han hecho mella en los lectores: Isabel Allende, la autora que más vende (que se jodan los envidiosos con mi pareado); como antes García Márquez.

Así que, amigos lectores, no hagáis lo que yo; no esperéis a estar jubilados para dejaros ganar por esta escritora de baja estatura y de gigantesca genialidad.