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Tiempo voluble, la primavera

Ayer, un día apacible, calmo de vientos, con sol a medio cielo, el monte de postal y la playa de delicia. Un joven pescador, arpón en mano, sacaba un saco (perdón por la rebuznancia), un saco lleno de pulpos. Ante mi asombro, me comentaba que la jornada de pesca no había sido de las más afortunadas para él, sólo normalita. Pero yo lo veía retirarse, de la playa hacia el coche, con su pesado saco a la espalda, y seguía con mi asombro.

Luego hubo que dedicarse, durante un rato, al mantenimiento de la bici, que alguno requiere, si no estamos dispuestos a permitir que se nos convierta en material para el chatarrero.

Hoy el día se presenta distinto. En la madrugada ha estado lloviendo, a ratos con bastante fuerza; y se ve que vamos a tener una jornada de chubascos intermitentes. Así que centraremos la mañana en la lectura y el estudio. -¿Estudio de qué? -Pues del inglés, si no os importa. Que yo este idioma lo había venido dejando para la jubilación, y ahora estoy en ella y en ello. Sin profesor. No porque yo no valore suficientemente la figura y la labor del profesor (¡estaría bueno!), sino porque me he dejado ganar por los jubilosos aires de la libertad de horarios. Y porque hay miles de profesores dispuestos a ayudarnos gratuitamente a través de Internet. Aunque, la verdad, yo sólo estoy utilizando dos páginas web, La Mansión del Inglés y el Traductor de Google. Con ellas, unos folios y un cuaderno, echo el rato, que puede ser más largo o mas corto, según el día, pero siempre placentero: lo que tiene la deformación filológica.

Me objetan por aquí que esa no es manera moderna de aprender un idioma, pero yo no hago caso de tal objeción. Yo no estoy pensando en visitar Londres, aunque algún motivo personal o familiar tendría para ello. Pienso más bien en algo así como leer Donde van a morir los elefantes, de José donoso, o Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina (en ambos casos estaría releyendo) e ir enterándome de lo que significan todos los inglesajos que meten estos hispanos tan americanados. Porque para llegar a leer un libro en inglés creo que no me va a durar la vida, aunque quién sabe. Por lo pronto, me meto en mi relato de Jack London, que será adaptado, pero en inglés íntegramente. Y con London y Keesh dejo este día de chubascos mediterráneos y me voy a vivir among the Eskimos, where the land meets the ice, to hunt the bear.

Arte menor

El pareado es refrán.

La soleá, sufrimiento.

La copla te encanta un cuento.

La quintilla dice tan

bien al truhán de don Juan…

La sextilla es pie quebrado:

dos versos en el estrado

y uno en duelo.

La octavilla asciende al cielo

para volver en picado.

Poesía bucólica

Poesía bucólica

 

Así de tranquilas estaban, junto al arranque del cortafuegos. Que esta vez me tentó, y yo me dejé caer en la tentación. No caer: ascender; porque el cortafuegos arranca hacia arriba y, cuando se corona la primera cima, se puede ver que crestea en una sucesión de ascensos y descensos imponentes. Y, como no está acabado, vuelta por la misma vía, a ratos desmontado, arrastrando o sujetando la bici.

Y ahí seguía el rebaño, todas las buenas vacas en la misma postura, como si fueran de cera. Pero ¿cuánto les dura a estas vacas la siesta del borrego?

Me recordaron a las ovejas de Salicio y Nemoroso, o sea, las de la Primera Égloga de Garcilaso: «cuyas ovejas al cantar sabroso / estaban muy atentas, los amores, / de pacer olvidadas, escuchando·» Entonces me dije que si a aquellas ovejas les podía atraer la atención más el canto de los pastores que la hierba, lo mismo a estas vacas les interesaba más una lección de poesía bucólica que seguir dormitando. Así que me puse a explicarles la antecitada Primera Égloga, empezando con una introducción sobre el autor. Y, cuando ya tocaba hablarles de la estructura -yo me había encaramado en una roca que cumplía muy bien la función de tarima- acepté por fin que no había logrado mi propósito, que me estaban oyendo como si oyeran llover, o como meros alumnos de instituto, a los que oír unas gotas de lluvia en las ventanas de la clase les resulta mucho más interesante que cualquier tema del maestro.

Solo la ternera que aparece en el centro de la imagen, hacia la derecha, no se perdió una frase ni un detalle de mi exposición, en cuanto se percató que la cosa iba de amores. Se veía claro que anda enamorada. Por lo que, ignorando a las demás, me dirigí a ella en exclusiva, y le di algunos consejos para que tuviera éxito con su novio o novillo:

-Selecciona bien la hierba que te metes en el cuerpo, para que andes lozana y vigorosa. Procura hablar poco y observar con atención todo lo que se mueve en torno a ti, la atención con la que ahora me estás escuchando, y no seas demasiado efusiva de tus inquietudes, sino que las controlas tras la gracia de tu sonrisa. Y seguro que triunfas.

Y, una vez acabada la lección, reemprendí la bajada con la biciburra.