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Vocación/profesión

Ser un rey me atrae poco.

Me gusta más ser un dios

que se chotea de los

seres débiles de coco.

Pienso que tampoco es moco

de pavo ser un maestrillo

que sin gracia, que sin brillo

gasta su seso en la ESO:

torpe, torvo, obseso, obeso

y más grillado que un grillo.

La fuerza de la vida

Puente de San Matías (24 de febrero). Camino por los solitarios campos de mi pueblo de Granada. Y paso junto a un olivar recién podado, con todo el ramaje cortado aún bajo los olivos. De pronto veo una determinada rama de la que pienso que podría salir un hermoso y erecto bastón de caminante (nunca llevo báculo cuando ando, pero ese es otro tema). Cojo la rama, con el permiso de los mirlos que por allí andan inspeccionando y picoteando, que me aseguran que aquellas fincas son suyas, cojo la rama, le hago una primera limpia de ramón y cargo con ella. En casa la acabaré de cortar y asear con ayuda de la segueta.

Han pasado dos meses. Dos meses lleva colgado de un extremo el recio vástago, para evitar que su propio peso, en la inmovilidad, pueda combarlo. Peso que le tanteo ahora: y compruebo que sigue siendo el mismo que cuando lo cogí. La frescura de la estancia y la de la estación han propiciado que mantenga sus humedades internas, sus jugos y savias; y, sin duda, el poder germinativo de sus yemas. Todavía podría surgir de este tallo un nuevo olivo. Más o menos de su mismo tamaño eran los esquejes de olivo que, cuando era niño, vi a mi padre plantar en una tierra de aquí al lado, en Jutilianas, tierra escasa de agua, en unos enormes hoyos que él cavaba para que la falta de humedad no frustrara la plantación.

Tendrán que llegar los fuertes calores de junio o de julio para que mi joven vástago se entregue a la fatal evidencia: no habrá tierra húmeda y fresca que lo acoja, se secarán sus yemas, y no podrá cumplir la alta y principal misión que la naturaleza le encomendó: levantar, en la tierra que la mano del azar le adjudique, las virtudes y bondades del olivar.

Zapatería El Gallego

Cuando iba a empezar este curso, jubilé mi cartera de maestrillo. Escribí aquí sobre ello. Y me compré otra, que me jubilará a mí, mientras ella se quedará tan fresca, lozana y servicial.

Estrené cartera, en todo similar a la jubilada. Menos en un detalle: tenía un cierre con clave, y una clave con números tan minúsculos que requerían toda mi atención para no confundirlos.

Huelga decir que yo no necesitaba tanta seguridad para proteger los contenidos de mi cartera, pero era la que encontré en el mercado. Seguridad incómoda: sin darme cuenta hacía girar un poco la ruedecita, y ya no se abría. Finalmente, a las pocas semanas del comienzo del curso, a media mañana de un viernes, se bloqueó del todo. Y ahora, ¿qué hago? Y, casi al unísono, Amparo y Palma me respondieron: “Ve al Gallego”. Me fui para el Gallego. Y por el camino me encontré a mi amigo y antiguo vecino Dionisio, profesor en otro instituto de aquí. Le conté lo que me había pasado y me replicó: “Ve al Gallego”. Dionisio siguió su camino y yo continué por el mío.

Llegué al Gallego. Volví a contar mi caso. Me abrieron la cartera y me dieron una bolsa para que guardara mis arreos de instituto. Me comunicaron el importe de la reparación: un módico precio. Me llamarían en cuanto la tuvieran lista.

Llamada que, efectivamente, me hicieron en los primeros días de la siguiente semana. Me pareció excelente el trabajo, moderado el precio, exquisito el trato, gratísimo el ambiente de esta tienda taller, llena de objetos, artilugios, materiales, herramientas. Ambientada como una obra de arte viviente. Atienden al público y trabajan ante el mismo dos jóvenes varones y una señora quizá algo menos joven. Me ganaron con su eficiencia y d¡screción.

Después de aquel día en que recogí mi cartera con su cierre perfecto, he vuelto por allí un par de veces, hoy la segunda: pequeñas compras de objetos del ramo. Y sigo con la misma impresión admirativa acerca de su eficiencia.

Creo que se trata de una familia de origen realmente gallego. En la bolsa, debajo del nombre, Zapatería El Gallego, reza una fecha: “desde 1962”.

Si han dado siempre el mismo buen servicio, no me extraña que se hayan mantenido en pie durante medio siglo. Tampoco me extraña que no se hayan hecho ricos.