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Reunión de los padres con el tutor

Nos toca el próximo martes.

Y, huelga escribirlo, no me voy a preparar un gran discurso.

Primero. Lo que les digo, cada año, es en mí un discurso hecho carne. Yo soy el discurso.

Segundo. Del grupo de treinta y dos alumnos que tengo en tutoría, a la reunión asistirá un cuarto menos cuarto de los queridos padres.

Tercero. Mi discurso comienza con una cálida y sentida felicitación. Sí, madres mías. Vuestros hijos han llegado a 2º de Bachillerato. Y han logrado llegar a tan alto nivel sobreviviendo durante al menos cinco años en un medio hostil: la ESO y el primer curso de Bachillerato. Es verdad que, si les preguntamos a ellos, quizá digan que no era tan hostil. Porque uno se acostumbra a lo que tiene, sea mejor o peor, cuando no hay perspectivas de un cambio favorable. Y porque ellos no han conocido otro medio mejor. Pero… si vuestros hijos han sobrevivido, incluso triunfado en ese medio, qué no habrían logrado en un ambiente menos negro. Andarían ya, por lo menos, junto a los muros del palacio de la gloria.

Cuarto. Ahora toca que elijan a uno de ustedes para que sea representante de todos: para que asista a las reuniones de profesores y comunique las opiniones del conjunto de los padres, para que intervenga en los conflictos –casi todos consisten en cambio o no cambio en una fecha de examen-, para que vote en los debates sobre si debe o no debe cerrarse la puerta del aula durante el tiempo del recreo… Aunque, teniendo en cuenta que son ustedes, los presentes, tan exigua minoría, mejor posponen sine die  esa elección. Si les parece.

Queridos padres, queridas madres: encantado de haber charlado este rato con ustedes.

Cuento treinta y dos

Los pícaros, cuando se quedaron solos, comenzaron a tramar entre ellos un plan, y a ponerse de acuerdo sobre lo que les dirían a las gentes. Y acordaron propagar este mensaje: “Hemos confeccionado a España el más maravilloso vestuario; y le hemos labrado joyas que, a juego con cada uno de sus vestidos, realcen la hermosura de sus facciones y la armonía de sus miembros. Pero, simultáneamente, hemos dotado vestidos y joyas de una propiedad aún más maravillosa, que es la siguiente: nadie que no ame a España podrá disfrutar de la contemplación de tan soberbio atuendo”.

Y todo fue ocurriendo como lo habían tramado aquellos pícaros. Y comenzó la solemne procesión, presidida por la bella España. Y todos la vitoreaban, y se manifestaban rebosantes de asombro ante el esplendor de su vestido, ante el brillo de las alhajas, que multiplicaban el colorido y la belleza. Y todos proclamaban la misma falsa admiración porque ninguno quería, a la vista de sus vecinos, parecer desamorado de España. Y así fue transcurriendo el pomposo desfile.

Hasta que un paleto desharrapado, ignorante y miserable sobrecogió a todos con su grito: ¡España está desnuda!

Urinate et cacate

Cuánto engalanan

los orines caninos

nuestras farolas.

Canes y canas,

urinate pro eis

a todas horas.

Y en cada alcorque

caigan cacas caninas

que tanto abonan.