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¿Y los otros catalanes, Sr. Sánchez?

TEODORO LEÓN GROSS. EL PAÍS, viernes, 25-06-21

El mayor error de Pedro Sánchez no son los indultos ―habrá ocasión de evaluar el efecto de estos― sino haber ignorado a la otra mitad de la sociedad catalana excluida por el nacionalismo. El presidente ha comprado la versión completa del relato indepe, que ignora a esa mitad, sin más. Del Liceo al Consejo de Ministros, el presidente no ha tenido el menor gesto de empatía y magnanimidad hacia quienes han sido víctimas directas del nacionalismo antes y durante el procés, hasta el golpe al orden constitucional del 1-O. Y eso parecía un mínimo, no ya para un presidente de izquierdas, a quien se supone cierta sensibilidad hacia los perdedores del sistema que han soportado humillaciones de una casta dominante, sino para un presidente que vende concordia. A esa mitad de la sociedad catalana que el nacionalismo excluye de la condición de “pueblo de Cataluña”, y no sólo en los discursos más o menos de opereta al salir de prisión, ni siquiera se les cursó invitación al Liceo a través de alguna asociación. No ya en el patio de butacas, con los patricios; tampoco en el gallinero de los plebeyos. Nada. Y hay una deuda con ellos. El fracaso del 1-O debe mucho a la falta de reconocimiento internacional y al discurso del Rey, pero también a aquella manifestación del 8 de octubre que puso los focos en esa otra mitad herida de Cataluña a la que Sánchez remata ignorándolos. Esto, una vez más, ya no va de ellos.

En la sesión de control, Pedro Sánchez hizo una pregunta adecuada cuando Rufián le preguntó: “¿Qué planes tiene el Gobierno tras los indultos?”. El presidente le replicó: “¿Y qué planes tiene ERC tras la medida de gracia? ¿Qué planes tiene el Govern de la Generalitat?”. Poco después, sin embargo, aunque Rufián puso en duda la valentía de Sánchez sugiriendo que actuaba así por mera necesidad, el presidente se limitó a decir “le agradezco sinceramente sus amables palabras” y, ante la incredulidad del hemiciclo, tuvo que añadir “lo digo sin ningún tipo de sarcasmo”. Pedro Sánchez prefirió mimar a ERC perdiendo otra oportunidad de insistir en que la concordia debe empezar en Cataluña, con esa otra mitad excluida y muchas veces humillada, a la que ni siquiera se le permite estudiar en su lengua materna, que es lengua cooficial allí y lengua del Estado que hablan 500 millones de personas. Al revés. En la medida en que Sánchez trata de víctimas a los indepes ―un caso único de víctimas que son la mitad más rica de población, más ricos que quienes supuestamente los sojuzgan, a los que imponen su lengua y sus jerarquías… todo muy lógico― está convirtiendo a esa mitad de Cataluña, como al resto de España, en sus verdugos. Porque, en definitiva, donde hay víctimas, hay verdugos. Y así el relato indepe, una vez más, se impone contra toda evidencia. Ahí está la indiferencia con que el Gobierno ha gestionado una declaración del Consejo de Europa equiparando a España con Turquía, que es un precio alto. Aunque no tan alto como fallar a esa mitad de catalanes que una vez más son los perdedores del juego del poder en el tablero de la política.

Vargasllosiano

El adjetivo del título, si no recuerdo mal, lo he leído muy recientemente en una tribuna periodística, al aplicar la pregunta de este escritor, cuándo se jodió Perú, a otro entorno que nos es más próximo: cuándo se jodió Cataluña.

Yo lo retomo porque esta noche, en horas siempre mejor aprovechadas si se dedicaran al sueño, he vuelto a repasar mi pasado, con la consabida pregunta de cuándo se jodió mi vida.

Para mí no hay duda alguna sobre la respuesta, que ahora comparto con el posible lector. Mi vida se jodió hace muchos años. Yo tenía entonces 16, y ahora estoy a punto de cumplir los 70.

Se jodió cuando decidí, después de cinco años en el seminario menor, abandonar aquel internado y volver a la casa paterna. Una casa que ya se me había quedado tan pequeña que se convirtió en poco tiempo, ni siquiera en un zulo, en una tumba en vida y juventud. Tumba en la que no podía crecer sin romper el respeto a mis padres. Dejé de creer en Dios (y perdí los padrinos que hasta entonces había tenido, los curas), pero se ve que no dejé de creer en el Cuarto Mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre. Así que me adapté a aquel bajo techo y seguí viviendo en aquella tumba.

Con las pocas energías que me dejaba utilizables la neurosis, continué mis estudios universitarios; y, suspirando cada día por acabarlos y salir por fin de mi casa y de mi pueblo, me licencié en Filología Románica.

Luego, después de unos quince meses de mili, también me licencié en el ejército.

Un amigo, Luis Gallegos, me abría las puertas de su casa en Madrid (en Móstoles, para ser exactos), me ayudaba a encontrar trabajo en las obras del Metro. Poco después otro amigo, Juan Sisinio, compartía su vivienda conmigo en el centro de Madrid. Yo era un zombi, pero conservaba amigos; incluso seguía haciendo muy buenos nuevos amigos: misterios de la vida, que se aferra a la vida con tanta fuerza.

¿Cuándo empecé a entender lo que me había pasado? Después de tres meses de sesiones de psicoanálisis. Aprendí a mirarme desde fuera, como me miraba la psicóloga, que sin duda era buena en lo suyo. Toma de conciencia: brutal, gigantesca, como la presa de un pantano que se rompe de un divino puñetazo.

Yo pensaba que en poco tiempo me sentiría del todo liberado del infierno que había padecido. Pero había malvivido diez años en mi íntima cárcel, años que debieron ser de crecimiento, desarrollo, formación.

Sí: desde aquel día de mi toma de conciencia, me he ido sintiendo, cada día, un poco más liberado de mi condena. Pero, hasta hoy, ni un solo día he dejado de sentirme convaleciente de aquella negra, larga, juvenil enfermedad.

Fui recuperando fuerzas, capacidad de trabajo y de disfrute, lucidez. Pude, llegado el momento, asumir las dos facetas a las que entregué lo bueno que de mí quedaba: mi familia (mi mujer y mis hijas, básicamente) y mi trabajo como profe de instituto (desde que decidí que ya estaba suficientemente recuperado).

Han pasado muchos años. La vida pasa deprisa. Quiero concluir esta entrada pidiendo perdón a mi esposa e hijas por no haber sido mejor esposo y padre; pidiendo perdón a mis antiguos alumnos por no haber sido mejor profesor. He hecho lo que he podido. Lamento no haber sido mejor. Y sé que, cuando os miráis en vuestro íntimo espejo y aceptáis vuestra realidad, con sus luces y sombras, os gana el impulso de perdonar a otros; a otros miserables como yo.

Oficios y profesiones

Las palabras profesión, profesor, profesar tienen un enorme atractivo para cualquier aficionado a la filología. No vamos a entrar ahora en orígenes o etimologías. Sólo diremos que, para un hablante de cultura media o estándar que se pare un momento a considerarlas, tendrán, en muchos contextos, una connotación religiosa: profesión de fe, profesar votos perpetuos.

Tampoco vamos a acudir ahora a la explicación etimológica de la palabra oficio.

Si yo tuviera que establecer a mi modo, desde mi extensa ignorancia, la diferencia entre profesión y oficio diría que el oficio se conforma con una entrega limitada: oficiar es ejercer una labor útil y remunerada durante un tiempo acordado. La albañilería y la carpintería son oficios.

Y, si tuviera que explicar lo que es el ejercicio de una profesión, diría que consiste en aplicarse a una tarea con una actitud vocacional no limitada por horario o por salario: con una entrega total. Como un monje, así un escritor, un compositor, un detective, un agente secreto, un militar, un científico.

El ejercicio así, como yo lo concibo, de una profesión no es adecuado para cualquiera, sino para aquellos que sientan íntima y fuertemente el impulso, la llamada, la vocación.

¿Tienen, quienes en tal sentido profesan, que renunciar a otras atracciones, dedicaciones, afectos, satisfacciones, pasiones de la vida humana? Evidentemente no. Pero sí posponerlas.

Y cuando hablamos de posponer esposa o marido, de posponer hijos o padres, de posponer novios o amigas, de posponer fines de semana o vacaciones, de posponer dinero o salud, estamos hablando de mucho posponer.

¿Adónde quiero ir a parar con esta diferenciación entre profesión y oficio? Quiero concluir que quien se entrega a una actividad humana en esta actitud vocacional, absorbente y total, debe ir siendo consciente de dónde se mete. Y quienes están junto a él, o ella, deben serlo también.

Un (o una) militar que no sea un mero chusquero debe tener bien asumida su disposición, en pro de su objetivo, para el sacrificio, para la entrega, para la pérdida. Disposición que su esposa (o marido) tendrá que compartir: el cónyuge deberá asumir tareas y sacrificios que no asumiría si fuera pareja de un fontanero o de una empleada de banca.

Y termino. El mundo progresa porque hay individuos que se entregan así a lo suyo: como Beethoven a su música, como Einstein a su ciencia.