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En el tejado

Silbas, oh mirlo,

y tus silbos son salmos

de primavera.

 

Melancolía

con amor y esperanza

alzan tus cantos.

 

Loto de luto

me pareces si callas.

Cántanos, mirlo.

Joaquinico

Esta mañana, en clase de 2º de Bachillerato A, hemos comentado el poema de Jon Juaristi “Elegías a ciegas”.

Imo in pectore, yo había programado que, si la clase no se torcía, comentaríamos, marcha atrás en el tiempo, primero éste de Juaristi; después, “Avanzaba de espaldas aquel río…”, de Ángel González; y, finalmente, el soneto “Me tiraste un limón”, de Miguel Hernández.

Teníamos que hacer comentarios muy breves, casi reducidos a la elucidación del contenido denotativo, del referente.

En fin, una clase interesante, según creo. Pero prohibida la demora, a uña de caballo.

Y con tanto apresuramiento, en el primer poema, el de las dos ciegas nonagenarias, ”Pepita juntamente y Victoriana”, no he asociado a estas hermanas con Joaquinico y José…

Hace muy pocos días, junto a la plaza de mi pueblo, saludé a Joaquinico, el octogenario ciego de la Casa de las Canastas. No me reconoció por la voz; pero en cuanto le dije mi nombre y el de mi madre, su cara se distendió y se sonrió, y se puso a evocar un pasado cálido y familiar, casi de áureo comunismo.

Joaquín, el ciego octogenario Joaquinico, conoce a mi familia mucho mejor que yo. Y sigue transitando por las calles del pueblo, a pesar de que se han ido llenando de ruidos y de coches, palpando sus paredes y las rejas de sus ventanas bajas como quien acaricia la cara de todo un pueblo.

Me dijo que ya sale poco, que tiene que cuidar de su hermano José, mayor que él y ciego como él.

Joaquinico tiene un siglo de la vida de mi pueblo en su cabeza. Y, sabiendo eso yo, cuántas veces me he cruzado con él y, cuando mucho, le he dirigido un saludo apresurado, sin siquiera pararme a charlar un momento. Porque mi tiempo de joven valía mucho, no era cosa de desperdiciar conversando con un viejo ciego. ¡Por qué será, casi siempre, tan torpe la juventud!

En un momento de la clase, esta mañana, mi alumna Kseniya me ha preguntado, con respeto y buen humor, que cuántos años tengo. Le he contestado que nací el mismo año en que nació Jon Juaristi.

Queden aquí emparentadas Pepita y Victoriana, las tías abuelas de Juaristi, con Joaquín y José, los hermanos octogenarios y ciegos hijos de Piedad, la de la Casa de las Canastas, la primera mujer que yo, muy niño, vi muerta en mi vida.

Y fue pasando el tiempo

Cuánto tiempo soñé con tener un castillo

y con tener un bosque

que poder compartir con los amigos.

Aunque, pasado un tiempo, comencé a conformarme

con tener un caballo y un camino,

y por destino el horizonte.

Pasó más tiempo y renuncié al caballo,

pues vi que para andar bastaban las sandalias.

Siguió pasando el tiempo.

Y vi que las sandalias no hacían falta,

que el verdadero peregrino anda descalzo,

y acaricia a la Tierra, su madre, mientras anda.

Pero pasó más tiempo.

Comprendí que mi vida no era caminar,

sino ser tierra de camino;

y acoger esta huella

de un caminante que camina y sueña

con tener un castillo

y con tener un bosque

que poder compartir con los amigos.