JUAN JOSÉ MILLÁS
EL PAÍS – Última – 04-04-2008
¿Qué hacer con ese móvil que palpita en nuestras manos como un corazón recién arrancado de su pecho? ¿Sería lícito revisar sus mensajes, atender sus llamadas, contestar sus correos? ¿Deberíamos dejarlo fallecer poco a poco, de modo que su final coincidiera con el agotamiento de la batería, o sería mejor arrancársela de golpe, como el que retuerce el gaznate a una gallina? ¿Lo damos de baja ya o esperamos un poco, por si entrara una llamada importante? ¿Lo enterramos en el jardín, como el que entierra un miembro amputado, o se lo trasplantamos, como el que trasplanta un hígado, a uno de sus deudos? ¿Qué hacer con el móvil de un muerto cuando suena en medio de la noche, a los dos días de haberle dado sepultura? ¿Contestar la llamada, ignorarla, rechazarla? ¿Qué hacer después con nuestro insomnio? No habíamos sido capaces de resolver el problema de los zapatos (siete pares, algunos muy viejos), cuando viene el maldito móvil a complicarnos la existencia.
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Uffffffffff… Un artículo inquietante pero real como la vida (en este caso la muerte) mísma. Me ha gustado leerlo al mismo tiempo que me ha producido un poco de angustia, nostalgia, inquietud, no sé… no encuentro la palabra adecuada, supongo que un poco de todo eso.
Me gustaría si no te importa incluirlo en mi space, lógicamente como siempre citando la fuente de donde ha salido, no creo que te importe pero si es así dímelo por favor que lo retiro, gracias.
Saludos
Carmen (Gateta)