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De San Antón a San Matías

…y en las pilas del bautismo

Candelaria le pusieron.

Despues de hacerle ver a mi alumno X lo impropio de esa pila de pilas, le pregunto: “Y si Candelaria le pusieron, ¿cuándo celebra su onomástica, el día de su santo?” Ni él ni sus compañeros me han sabido contestar.

No les he hablado del significado de la fiesta cristiana de la Candelaria, pero les he comentado el refranillo de mi gente campesina: “Cuando la Candelaria implora, el invierno foga”. El verbo final debe de ser desfoga: pierde virulencia; no en fuego, sino en hielo.

Es la de la Candelaria, por tanto, importante celebración. Aunque, la verdad, la mayoría de los años la Candelaria no implora, y tenemos un febrero descontrolado, aspersor de constipados y de gripes.

Un servidor, en pasando la fiestas invernales de San Antón y San Sebastián, que ya celebramos aquí en su momento, prefiere pasar directamente a la fiesta de San Matías, justo diez días después de San Valentín, el 24 de febrero. Recitaba la gente de mi pueblo:

En San Matías

da el sol en las umbrías,

cantan las tutubías [cogujadas]

igualan las noches con los días,

y marzo al quinto día.

Marzo al sexto día, naturalmente, en los años bisiestos.

San Matías sí nos anticipa de verdad la salida del invierno. Por supuesto, sale el invierno de donde había entrado: en la Costa del Sol, por ejemplo, entran las mafias que vienen del hielo, pero no entra, propiamente, el invierno; así que tampoco va a salir.

San Matías es un santo tan benigno, que no sólo le da dos patadas en el trasero al crudo invierno, sino que a los maestrillos nos trae un puentaco.

Yo ya me tengo un par de libros preparados para celebrarlo. Como son dos volúmenes más bien voluminosos, puede que sólo caiga uno. Bueno es. Y me siento afortunado, no por el puente ni por los puentes, sino porque me gusta mi trabajo, me gusta aprender y enseñar (docendo discitur) mi materia de maestrillo.

El espejismo español…


…o Somos Chiripa casi todos

Desde Carlos I, el de “un monarca, un imperio y una espada”, este país llamado España no había tenido un sueño tan hermoso: fin de una muy duradera dictadura, modélica transición y democracia para siempre. La palabra democracia no ha debido de pronunciarse nunca con la religiosa reverencia con que la estuvimos pronunciando la mayoría de los españoles en los setenta y en los ochenta.

Y se produjo el milagro español: ya no había dos Españas. Había una España: plural, autonomista, vertebrada y rica. Una España que era el país con más baja natalidad del mundo, pero al que estaba llegando una juventud procedente de los cuatro puntos cardinales –o de tres por lo menos–, entusiasmada ante el milagro y deseosa de participar en el milagro.

Y celebramos el vigésimo quinto aniversario de la Constitución Española del 78 como la plena epifanía del milagro.

Pero…

Pero se veían ya las grietas en los pies de barro del ídolo que creíamos un dios.

España había seguido siendo el país de la pillería, de la picaresca; de las deslumbrantes procesiones de santos, de carrozas de cuento, de políticos deificados por un día, de reyezuelos autonómicos, de folclore electoral cuatrienal y luego el que manda manda… El país del “que trabajen los curas, los civiles y los tontos”.

Ahora ya no hay trabajo… Este país de pandereta y papanatas dobla el porcentaje de paro de la Unión Europea. Deberíamos estar encantados, dada la poca fe que le ponemos al trabajo –se la ponemos a los puestos de trabajo: no es lo mismo–.

Un día, viendo pasar una manifestación de obreros, a cuyo frente marchaba un estandarte que decía: ¡Ocho horas de trabajo!, Chiripa, estremeciéndose, pensó:

–¡Rediós, ocho horas de trabajo; y para eso tiran bombas! Con ocho horas tengo yo para toda la temporada de verano, que es la de más apuro, por los bañistas.

Al Chiripa de Clarín, como vemos, le parecía razonable y suficiente trabajar ocho horas sabiamente dosificadas a lo largo de la temporada de verano…

Clarín, bien lo sabemos, era muy diferente de su Chiripa: un trabajador infatigable, aunque la enfermedad lo machacaba sin tregua.

Pero hay muchos más españoles como Chiripa que como Clarín… Y ahora es hora de que se sientan felices los chiripas… Ya no hay trabajo en España. Se ha apagado el espejismo.

Meter la cuchara

En aquel pueblecillo en que me crié, que ya no existe, no se empleaba la cuchara sino la guchara. Seguramente a este maravilloso y sencillo utensilio se le había adjudicado una etimología relacionada con el gusto. Y es que, lo mismo en aquellos tiempos que en los presentes, verdaderamente da gusto meter la cuchara en un buen plato, e irse llenando sin prisas y sin cortapisas la buchaca. Por eso meter la cuchara sigue siendo la locución para expresar una acción que identificamos como lo mejor de la vida: participar en algo bueno de lo que en ella se cuece. Y, por el contrario, entregar la cuchara es la locución más expresiva y lamentable de morir.

Según la información con la que cuento, la etimología de cuchara se remonta a cochlea, caracol. Si esto es así, me inclino a pensar que nuestros hermanos más primitivos descubrieron con fruición la utilidad de algunas conchas marinas para llevarse a la boca los restos menudos del festín; utensilios mucho más eficaces que los dedos para rebañar sustancias lábiles deliciosas, que no se podían ni se debían abandonar a la voracidad de las alimañas.

Así yo cuando más cerca me siento de mis ancestros es cuando mi señora prepara unos mejillones al vapor, que le salen de lujuria, y con su misma concha (la de los bivalvos, no seáis exagerados) voy convirtiendo en cosa mía ese caldito que reúne y resume las delicias del mar y de la tierra.