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No nos falten el vino ni los libros

Y llegó San Antón, con sus olores a la rica olla, hecha con habas secas, patatas, arroz, hinojos, y con diversas delicias de la magia culinaria porcina. Te metes un plato de olla en el cuerpo y después otro de lo mismo (cualquier comida digna tiene primer plato y segundo plato), y, una vez que los tienes bien ubicados y estibados, puedes subir a la Boca de la Pescá como un reactor.

Claro que una comida de este calibre no se puede acompañar con agua; y ya lo advierte la poesía popular: “San Antón tenía un hijo / y de beber agua enfermó. / Y su padre le decía: / –Bebe vino, y agua no.”

Los santos, como son tan buenas personas, sobrellevan con paciencia que sus devotos nos hayamos vuelto tan materialistas. Aunque algo nos queda de espiritualidad; poquito, es verdad, pero algo. Por ejemplo: si mis vecinos del norte, los granadinos, celebran mucho a San Antón, mis vecinos del sur, los dilareños, celebran mucho a su patrón San Sebastián. Y dice un dilareño: “De los santos de enero, / San Sebastián es el primero.” Y le contesta un granadino: “Detente barón, / que primero es San Antón.” Lo de “barón” es irónico, cualquiera se da cuenta.

Efectivamente, San Sebastián llega tres días después: el 20. Y los dilareños, tan cultos ellos y tan espirituales a pesar de que los de mi pueblo los llamen esparteros, le tienen instituida al santo la fiesta del libro y el vino. Como nunca me he acercado a compartirla con ellos, no recuerdo muy bien en qué consiste… No sé si es que tú les das a los cofrades un libro y ellos te echan un vaso de vino, o si los devotos dilareños costean el libro y el vino. En cualquier caso, lo que yo tengo entendido es que los libros van pasando de las cajas a los bolsillos de los chaquetones, o a la inversa, y ahí se quedan quietos; mientras que andan ocupadísimos los vasos, ya llenos, ya vacíos, como el cuerno de los pastores de Don Quijote.

Tal vez sea el momento de que los devotos de ambos santos, San Antón y San Sebastián, constituyan una única cofradía, y pongan en la misma peana a los dos santos, y hermanen el vino y la olla; y el día de la magna celebración regalen libros a la chiquillería; porque si los niños se cultivan, cautivados por las buenas lecturas, el día de mañana serán sabios; y, en vez de pensar en peleas, batallas o discusiones, pensarán en reunirse con la familia o con los amigos para disfrutar de una suculenta olla de San Antón, acompañada de alguno de los buenos vinos que, con las tolerantes y magnánimas bendiciones de sus santos, cosechan los más amados de los devotos.

Tres deseos

Tengo aquí delante el libro de tal título, la “poesía reunida” de Amalia Bautista (Renacimiento, 2006). La poesía de esta mujer es un canto, aparentemente sin pretensiones, a lo cotidiano y doméstico, a la vida que continuamente tocamos con nuestras manos, o a la que emerge en nuestras pesadillas, alguna que otra noche, y nos hace despertarnos empapados en sudor. Y también es un canto al verso endecasílabo, verso que lleva ya arraigado en nuestra poesía quinientos años, pero que se renueva en cada generación de poetas, y sigue siendo juvenil y recién inventado.

Es verdad que podría achacársele a esta poeta como un defecto (no digo que yo lo haga: a mí me encanta este libro) precisamente la primera característica comentada: la excesiva domesticidad de su poesía, el no aspirar a elevarse desde los problemas cotidianos a los problemas humanos o universales; el ser una poesía “pequeñoburguesa”, por decirlo con un adjetivo descalificativo que en los años sesenta y setenta empleábamos mucho y ahora yace olvidado.

El poema que parece ser el que le da título al libro, poema de diez endecasílabos blancos, comienza con estos seis: “Al cabo, son muy pocas las palabras / que de verdad nos duelen, y muy pocas / las que consiguen alegrar el alma. / Y son también muy pocas las personas / que mueven nuestro corazón, y menos / aún las que lo mueven mucho tiempo.” Ante ellos, ante este tipo de enunciaciones, no está del todo injustificada la añoranza de otras expresiones poéticas que quieren abrazar al mundo entero, declara que el universo todo nos duele y nos exalta. Como cuando, por ejemplo, cierto poeta escribía: “Para que yo me llame Ángel González, / para que mi ser pese sobre el suelo, / fue necesario un ancho espacio / y un largo tiempo: / hombres de todo mar y toda tierra […].”

Vamos a conmemorar, dentro de una semana, el primer aniversario del fallecimiento del asturiano, que vivió una larga vida, y nos ha dejado una inmensa obra… Yo me he acordado hoy de este libro de Amalia Bautista por los “tres deseos” que en el citado poema enuncia como conclusión: “Al cabo son poquísimas las cosas / que de verdad importan en la vida: / poder querer a alguien, que nos quieran / y no morir después que nuestros hijos.”

Lo he recordado al enterarme de que mi amigo Salvador acaba de perder, en un accidente de tráfico, a una de sus tres hijas.

Tres palabras

Como en estos días andamos de compras para los regalos de Reyes (me dicen que hay quienes esas compras las tienen ya hechas desde octubre, lo que me deja fuertemente impresionado)… Como estamos en vísperas de Reyes, a la media docena de amigos de Certe patet, les quiero, hoy ya, por adelantado, hacer un regalo. Es un regalo que ya tienen; por tanto, es un regalo que no lo es; y que lo es al mismo tiempo. Mi regalo son tres palabras, que ya las tienen porque están en el diccionario de nuestra lengua y son de uso común. Lo que yo regalo ahora a estos amigos es la invitación a que se fijen en ellas, en estas tres palabras, y ponderen y se aprovechen de cuanto dan de sí. Las tres palabras son: fidelidad, sentimientos y obligación. Mirémoslas atentamente.

La primera tiene su etimología en el sustantivo latino fides: la fe. A quienes sean creyentes les aconsejo que sean fieles a Dios y a sí mismos. Para los que somos agnósticos, Dios es la imagen en la que proyectamos lo mejor de nosotros mismos. Por tanto, es como aconsejarles: sed siempre fieles a vosotros mismos; que es lo que aconsejo a los no creyentes: no os traicionéis jamás; Y si algún día lo hacéis y a posteriori os dais cuenta de vuestra traición, perdonaos generosamente.

La segunda palabra habéis visto que la he escrito en plural: sentimientos. Porque los sentimientos son tan cambiantes como la vida misma, como el universo mundo, siempre en continuo cambio, pero también siempre el mismo (fiel a sí mismo). Nuestra tendencia natural es aproximarnos a objetos, lugares, personas, que potencian la parte buena de nosotros mismos, es decir, suscitan en nosotros buenos sentimientos: un buen libro, una acogedora cafetería, un amigo, un amor. Como los sentimientos son tan cambiantes (porque nosotros estamos en ese continuo, lo mismo que el resto del mundo), hay momentos, más o menos duraderos, en que esos objetos, lugares o personas nos hacen experimentar un sentimiento de rechazo.

El carácter singular (me refiero ahora, principalmente a la categoría gramatical singular) de nuestro primer sustantivo, fidelidad, contrasta con el carácter plural del segundo; el tercero, en cambio, mantiene un equilibrio de significados que le permite ser usado, con toda naturalidad, en singular y en plural. Ya en singular, le podemos dar un significado verdaderamente singular (referirnos a una obligación concreta) o plural, colectivo: por obligación entendemos, en ese caso, el conjunto de nuestras obligaciones. En su momento no atendimos a la etimología del segundo sustantivo (sensus: el variado y variable mundo que nos entra por los sentidos y nos pide una respuesta). La etimología del tercero tampoco nos debe pasar desapercibida: ob-ligación. Las obligaciones nos atan a algo; lo que quiere decir que por ellas nos podemos ver como Ulises cuando se hizo amarrar al mástil de su nave. Las obligaciones verdaderas deben ser las que hemos asumido nosotros mismos como tales (como Ulises); y tienen que tener, por naturaleza, más fuerza que los sentimientos. O sea, que a veces, por ejemplo, sabemos que estamos enfadados con un amigo, que estamos sintiendo una fuerte rabia contra él, pero que tenemos que hacerle ese favor que nos acaba (o no) de pedir: porque estamos obligados. Este sentido de la obligación, naturalmente, no nos puede hacer traicionar nuestra fidelidad (al contrario); sólo nos produce una incomodidad momentánea: contraría nuestros sentimientos del momento, no la tendencia habitual, la línea melódica diría, de nuestros sentimientos.

Ya sabéis, amigos de Certe patet… Cada uno de nosotros es como un árbol: nuestros sentimientos son nuestras hojas; nuestro tronco es nuestra fe, nuestra fidelidad; nuestras obligaciones son nuestras raíces. ¡Felices Reyes!