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Malas noches

Ha sido no poco citada la frase de algún asceta de nuestro Siglo de Oro (creo que de Santa Teresa) según la cual la vida humana sobre la tierra es “una mala noche en una mala posada”. En este nuestro mundo de hoy, de comodidades sin cuento, puede haber malas noches, pero ya no quedan malas posadas: hay hoteles y hostales, bastante mejor abastecidos y atendidos que las posadas y ventas de nuestros clásicos.

Y malas noches hay muchas menos que las que reciben tan severa descalificación: instalados en el polo opuesto de los mencionados ascetas, nos quejamos de cualquier contrariedad; y, en cuanto una noche no ha sido todo lo buena que esperábamos, ya la estamos llamando mala. Pero una noche no buena no debe ser sino un incidente que olvidamos en cuanto vemos delante un buen desayuno; y hay que pensar, por el contrario, que una noche verdaderamente mala deja un estrago mayor.

Mi tendencia personal a dormir poco o mal, me ha aportado numerosas noches no muy buenas. Desde mi más tierna infancia. Ayer mismo, hablando con cierta persona, recordaba yo la noche de verano en que me fui con mi abuelo Miguel (murió cuando este nieto tenía ocho años) a dormir en una era próxima a la casa… Al cabo de varias horas, cuando me harté de oír su plácida respiración de dormido, me levanté y volví al domicilio, a aporrear la puerta hasta que me abrieron. No obstante, en mi infancia y primera juventud, pasé muchas noches estivales en la era familiar, gratas noches de sueño y de reposo, velado por las estrellas y acunado por los grillos.

Malas noches lo fueron para mí, en aquella infancia, las que pasé en estado de alarma a causa de los indisimulados miedos de mi madre. Quitando aquéllas, no ha habido malas noches en mi vida. Porque una noche de enfermedad, por ejemplo, no es una mala noche si la enfermedad no es grave. Y una noche de baile, bebida y broma –como algunas de las que por estas fechas mucha gente se procura—no tiene por qué ser una mala noche si la resaca del día siguiente no es muy fuerte, o el mal recuerdo de alguna estupidez cometida muy persistente.

Y, por supuesto, no podría llamar malas noches a esas pocas que recientemente he pasado en el hospital acompañando a mi madre (quien, después de una dura semana, salió de su crisis). Malas noches lo eran para mi madre y para las otras enfermas –una de ellas padeció allí, en aquella habitación de cuatro camas, una sola mala noche: murió al día siguiente–. No eran malas noches para los saludables acompañantes, que, llegada la mañana, dejábamos a las enfermas acompañadas por otro familiar y atendidas por profesionales expertas, y nos íbamos a iniciar el día sentados frente a un desayuno reparador.

Agonía

Estos días recientes he vivido una experiencia que me ha venido acompañando en mis pesadillas a lo largo de la última década: la agonía de mi madre. No ha sido tan atroz en la vida real como en los sueños; quizá porque en los sueños yo compartía su agonía, mientras que, despierto, sólo acompañaba a la agonizante.

Es probable que mi madre, casi nonagenaria, le saque un nuevo plazo a su acreedora; porque siempre mi madre ha gozado de una salud de animal salvaje; y sigue defendiéndose, con ciegas e inofensivas cornadas, ante todo lo que le huela a intento de sacarla de su madriguera.

La vida se aferra a la vida; a veces con una fuerza que hasta la muerte se conmueve.

Con receta médica

 

Veintisiete euros. Eso es lo que acabo de gastarme en un bote de Emolytar, un gel de alquitranes. Te mojas el cuerpo y te lo untas; y es como si te embadurnaras de chapapote, o sea, de esa mierda con la que de vez en cuando algún petrolero decora mares y playas.

Esta mierda llamada Emolytar se vende “con receta médica”; y no creo yo que nadie por su gusto y placer se lubricara con semejante potingue. Nos lo recetan los dermatólogos a los que padecemos de psoriasis, una enfermedad genética que se manifiesta, de distintas maneras, en la piel. La mayoría de los medicamentos que, para combatirla (o paliarla), nos recetan los médicos, está fuera de cobertura, es decir, son de pago: con el pretexto de que son productos cosméticos. ¿Qué la piel se nos reseca y se nos cuartea? ¡Nada! Usamos la loción hidratante para estar más guapos. ¿Qué hay en España un dos por ciento de ciudadanos aquejados de esta enfermedad? ¡Pues que apoquinen!

Ahora, el tronío con el que viven los politiquillos de las autonomías con el dinero público, eso que nadie lo toque, por mucha crisis que haya. Y luego querrán estos sujetos que los honremos como a grandes benefactores del país. Porque se desviven por nosotros: ¡siempre pendientes de nuestras necesidades!

Lo que ocurre es que en este país no hay ciudadanía; y estos politiquillos hacen lo que quieren sin cortapisas. Nosotros pagamos y callamos; y, cada cuatro años, votamos. Como de vez en cuando truena el académico don Arturo Pérez-Reverte: ¡País de mierda!