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De honor y picaresca

Los profesores de la ESO (Obligatoria) o de la ESPO (Post Obligatoria) vivimos diariamente la experiencia: el alumno que comete en nuestra presencia una falta de la que no se derivan daños mayores tiene muy claro que la regañina comenzada debe cesar en cuanto él ha pronunciado “lo siento”, o “perdón”. Y ya, a esperar a la próxima, en la que volverá a suceder lo mismo.

A uno, educado cuando las exigencias de responsabilidad eran mucho mayores, esta actitud le parece socialmente preocupante; es decir, uno piensa que esta sociedad no va por buen camino.

Y si uno se detiene un poco más en la consideración del tema, ve que la cosa, más que preocupante, es alarmante. Ahora un alcalde (que, además de una alcaldía, ocupa un cargo de dimensión nacional) insulta a media España; estallan las protestas, él dice que dijo pero que no quiso decir, y que lo siente; y considera que lo lógico y razonable es que ya todo el mundo dé el tema por zanjado, y que nadie más le reproche su conducta. Actitud que comparte un Presidente de las Cortes que llama, en el mismo palacio de las Cortes, a micrófono abierto –es que él no sabía que había un micrófono abierto–, “hijos de puta” a los de su partido; y un líder de la oposición que dice que el desfile de las Fuerzas Armadas en el Día de la Hispanidad es “un coñazo”.

¿Sentido del propio honor y de la propia dignidad? Ninguno. ¿Satisfacción a los ofendidos con un acto que de verdad demuestre el arrepentimiento? Ninguna.

Todavía en los años sesenta del siglo XX algún forastero curioso y despistado llamó a este país el Japón europeo, por el sentido del honor y de la dignidad de los españoles… ¡Qué error! En los tiempos en los que el honor era una realidad social muy seria, en nuestro país se inventó la picaresca, o sea, el valor de lo opuesto al honor: “Trinca y disimula. Y que trabaje la Benemérita o el Súrsum Corda, pero tú no. ¿E irte tú, por las buenas, por cualquier tontería, de un cargo? ¡Vamos, hombre! Tú agárrate a ese puesto con uñas y dientes. Hasta que se te presente la oportunidad de saltar a otro todavía de más fuste. Acuérdate, eso sí, de tu madre; y, esté donde esté –en el cielo, la tierra o el infierno–, dile que mire cómo triunfa su hijo. ¡Y a la mierda el honor!”.

Una barrita

Acabo de comerme una barrita energética de cereales achocolatados y he tenido la sensación, mientras la masticaba, la degustaba y la deglutía, de que estaba hecha con harinilla y cáscaras de papa, es decir, a base de prensar y secar el pienso que echábamos otrora a las gallinas.

A saber, digo yo, lo que ahora comen las gallinas, si los hijos de Dios nos comemos lo que comían.

El zorro que dialoga con El Principito, el único encanto que encuentra a los humanos es que crían gallinas: gallinas alunt, hoc unicum eorum studium est.

Entiendo, ahora sí, por qué estos zorros de hoy prefieren morirse de hambre en el monte antes que bajar a forzar la cerradura en una granja de pollos. “¡Que se los coman ellos!”, parecen decirnos despectivos.

Y, efectivamente, los pauperes humani no sabemos qué es peor: si que te tiren un huevo a la cara o tener que comértelo; si tener que comerte un muslo de pollo o dejar que los pollos se coman uno de los tuyos.

Ya sé, ya sé que mis lectores están pensando que escribo esto porque no paso hambre. Y se equivocan: lo escribo por culpa de esa maldita barra de cereales achocolatados y energéticos. Si consigo digerirla sin que me mate, volveré a ser un hombre sensato, consciente de sus inmerecidos privilegios en un mundo en el que predomina la miseria.

Libro y navaja

Tanto por la ciudad como por el monte, ando, no sólo errático y errabundo, sino también desherrado. Mi navaja duerme el sueño del limbo en el lapicero. Mi navaja no es el puñal de Borges (“En el cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres”). No. La mía es una pequeña navaja de las que llevaban antes los hombres del campo en el bolsillo; que lo mismo les servía para cortar la estaquilla de olivo que habría de convertirse en un instrumento para arrancar esparto, que para destripar un zorzal desplumado, junto a la fogata en la que la carne del ave se iba a convertir en un bocado exquisito.

Mi navaja, ya digo, no hace nada; duerme en el lapicero. A veces me imagino a mi padre haciéndome el reproche:

–Hay que ver, gastarse los dineros en una navaja tan buena para nada.

¡Ah! Hoy la estoy usando. Acaba de llegarme un precioso librito, de esos que piden ser llevados en el bolsillo con el mismo mimo que una foto de la novia en la billetera. Y resulta que viene con las hojas sin cortar.

–Mira, padre, cómo sí uso mi navaja. Mira qué bien corta las hojas de este libro… Es un libro de poesías a los pájaros: a la cotorra, a los tordos, al jilguero, al zorzal, a la tórtola montaraz: “Bajo el denso tallar cuyo reposo / Promete al alma soledad eterna, / Se compunge su arrullo misterioso / En musical retumbo de cisterna.”

–Lo de escribirles poesías a los pájaros está bien. Un día toca hacerles una poesía y otro día toca meterlos en la olla.

–Que no, padre. Tú estás todavía en el Neolítico; ahora la comida se compra en los supermercados.

En fin; voy a leer mi Alas de Lugones.