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Auto con troles

Hoy mis alumnas (hay que decirlo así porque son chicas una amplísima mayoría) de 2º de Bachillerato están especialmente despendoladas: ayer hicieron huelga, hoy es viernes y apunta, aunque estamos en noviembre, un fin de semana primaveral. Les reprocho que, igual que ha descendido el nivel de corrección en la escritura, ha descendido el de su autocontrol; el comentario a la compañera hay que hacerlo en cuanto a una se le ocurre, no tiene espera. “Si el control de los esfínteres fuera similar al de las bocas,–les digo–, aquí no habría quien parara”. Algunas se ríen.

A mí mientras tanto me viene el recuerdo de la mi costilla, con veinticinco parvúnculos de los que algunos no han llegado a su tercer cumpleaños. Sin más ayuda que el papel higiénico y dos inodoros que cuando se atascan hay que esperar, con la pinza en la nariz, durante no se sabe cuántas largas jornadas hasta que los técnicos de mantenimiento se presentan.

Ser maestra con tantos años de vocación, dedicación y experiencia para llegar a la cincuentena y trabajar con los niños sólo de cintura para abajo: control de cacas y pipís.

Aunque eso es lo que lamenta ella al final de casi todos sus laborables, la verdad es que también se tiene que ocupar de las párvulas bocas: de lo que por ellas entra y de lo que por ellas sale. Porque llega una madre con su tierno retoño, por ejemplo, y le dice: “Ponlo a desayunar, que no ha tomado nada, que a mí no me hace caso”. O porque, por otro ejemplo, a otro incipiente vástago de estirpe le salen por la suya expresiones tan gruesas que para sí las quisiera el patán más montaraz.

En fin, la lucha diaria de los servi paedagogi…

Topo con alas

Consulto atentamente mi nuevo atlas (ayer lo recibí y condené al ostracismo el antiguo). Me encanta mirarlo, aunque me hace echar de menos una vista mejor, una vista de águila, para pasearme sobre sus páginas como el águila de Júpiter sobre los continentes.

Ello a pesar de que noto que cada día profundizo más en mi defección de las imágenes… Ya sabéis: que no creo eso de que una imagen valga mil palabras. Lo creí mientras mis hijas me dejaron que las fotografiara a mis anchas. Desde que se pusieron tontas o pavas y comenzaron a despedirme con cajas destempladas cada vez que me acercaba a ellas cámara en ristre, he vuelto a la palabra; o sea, la palabra se ha adueñado de mi carne como Jesucristo de la suya: Et Verbum caro factum est.

Mi compamigo DB me cuenta como un acontecimiento maravilloso –¡porque lo es!—del día en que le hizo a su madre su postrero reportaje fotográfico… Yo, ya digo: me inclino a las palabras; a leerlas con mi vista de topo en mi atlas nuevo. Soy un topo con alas. Tal vez sólo un murciélago.

La dueña del gallinero

Los compañeros que conocen la ciudad, la comarca y su historia, aseguran que ése es un barrio en el que los vecinos edificaron, sin ningún tipo de licencia ni de compra de solar, sobre terrenos de una cañada real. Estos vecinos, con la mejora económica, sin duda han ido haciendo reformas y ampliaciones en sus viviendas, con frecuencia añadiéndoles otro trocito del descampado colindante.

Paso, desde hace veinte años, en este paraje, por la puerta de una vecina que habitualmente anda trajinando fuera de la casa, enfrente de la cual, al otro lado de la calle, en el remate bajo de la montuosa ladera, se tiene construido un gallinero. Éste, cerrado con malla de ídem a medias cubierta de madreselva, ofrece una visión que no parece de estos tiempos, sino más propia de una época pretérita, en la que, para la mera subsistencia, contar con un hato de media docena de gallinas podía suponer un logro vital. A mí me recuerda el acomodo que, en Papillon, se agenció Dustin Hoffman en el islote donde finalmente fueron confinados él y su amigo Steve McQueen (confieso que no he leído la novela, que fue un best seller en su día).

La dueña de este corralito parece haberse fosilizado, no sólo en esa época de precariedades acezantes, sino también en un año impreciso de su biografía: desde que la conozco, la veo exactamente igual a la imagen del primer día. Yo he perdido una pila de pelo, y he ganado un pelo de kilos, nada bien repartidos, por cierto, por mi geografía; pero ella sigue empecinadamente idéntica a sí misma, trajinando siempre del gallinero a la casa. Es como si yo, más que ver la realidad cambiante, el tempus fugiens, viera siempre, al pasar por este punto de mi camino, el mismo vídeo de dos minutos, proyectado sobre una pantalla virtual, y con el que el Excelentísimo Ayuntamiento recuerda a los convecinos, para que se consuelen, lo que fue esta ciudad.