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ENMIMISMAMIENTO

Mi querida ciudad

A esta mi querida ciudad mandaron a mi padre a hacer la mili: tres años en los que, entre servicios de guardia, servicios de cocina y maniobras, pudo aprender a leer y escribir, ya que antes no había tenido oportunidad (luego, nada más licenciarlo, lo movilizaron para tres años de guerra, pero ésa es otra historia).

A esta mi querida ciudad vine yo por primera vez a los quince años, en viaje de estudios (había terminado 4º de Latín y Humanidades). Llegué con el tobillo izquierdo abierto: una brecha como una boquita de niño que me hizo una piedra, mientras yo ayudaba a levantar una presa para el baño en el barranco Poqueira. Como sólo me la curaba con tiritas, se me infectó; y cuando llegué de vuelta a mi casa, al cabo de una semana, casi me tienen que cortar el pie.

A esta mi querida ciudad estuve viniendo durante tres años en fines de semana alternos: primero a ver a mi novia (nunca usamos ese nombre entonces) y luego a ver a mi esposa. Y yo le decía a ella, de broma, cuando veíamos construir un instituto justo enfrente de su colegio: a ese instituto voy a venir yo a dar clase. ¡De broma…! Ya llevo veinte años dando clase en ese instituto. Este año tengo por compañeras de departamento a dos antiguas alumnas, y estoy encantado.

En esta mi querida ciudad, en su hospital, que está a cinco minutos (andando) de mi casa, nació Hebe, mi tercera hija, que coronó mi paternidad. Hoy mi hija Hebe está cursando 1º de la ESO, en un instituto que dista de la casa cinco minutos (andando).

Para esta mi querida ciudad he propuesto alguna vez el nombre alternativo de Alcagacán, por que es una ciudad sucia; y por desgracia no son sólo los perros, con la complacencia de sus amos, los que la ensucian.

Mi querida ciudad es la única de su tamaño en Europa que vierte las aguas fecales al mar sin depurarlas: no a mar abierto, sino a una bahía.

A mi querida ciudad este mes de septiembre tan reciente, algún hijo de puta le ha quemado los montes, que son un parque natural de una belleza que me saca las lágrimas.

En la bahía de mi querida ciudad de vez en cuando algún buque se lava los depósitos, alguna industria deja caer su mierda, algún depósito de combustible estalla, algún barco choca contra otro barco y uno de los dos se convierte en cochambre marina, o Eolo pega un soplido que manda a un barco y a otro barco a partirse contra las rocas, y a dejar la pestilente carga de sus entrañas esparcida por las aguas.

Mi querida ciudad…

Vade retro, magíster

Todo el mundo sabe que los escolares actuales cultivan cuerpo y alma con un montón de materias; y, en consecuencia, necesitan una ingente cantidad de materiales: libros de texto, cuadernos, cuadernillos, zumitos, diccionarios, estuches, archivadores, carpetas, pegamentos… Una carga que no los abruma aunque suponga el ciento cincuenta por ciento de su peso propio (porcentaje, por cierto, que algunas familias, confundidas, intentan corregir convirtiendo al niño en un españolito obeso), no los abruma sino que los conciencia acerca del inmarcesible valor de las labores que ejecutan.

Los muchachos de ahora en cada clase han de llevar a cabo incesantes tareas, porque la escuela tiene que ser eminentemente práctica. La escuela es un taller donde se va construyendo la personalidad del joven: los niños retintan, colorean, copian, calcan, rellenan huecos con palabras, escriben letras dentro de cuadritos, hacen dibujos figurativos, abstractos o surreacubistas, escriben extensas redacciones que llegan incluso a sobrepasar la línea y media… Todo ello con mucha libertad: ¡cómo se podría forjar una personalidad sin libertad…!

¡Ah! ¡Ojo, un peligro!… El que constituyen esos arcaicos profesores apegados a las prácticas antiguas, dispuestos a torturar los oídos, la vista y el tierno entendimiento de los inocentes escolares con explicaciones de más de cinco minutos de duración. ¿Qué se creen esos profesores?, ¿acaso se creen los dueños de las mentes de los niños? Desarrollan extensas demostraciones, exigen memorizaciones de palabras, de teoremas… Siguen apegados, en suma, a las llamadas “clases magistrales decimonónicas”: explicaciones magistrales, correcciones magistrales… Son maestros prehistóricos que se proponen ser maestros durante todo el tiempo que están con los alumnos, tiempo que, en algunas parcelas curriculares, supera las tres horas por semana.

Vade retro, magíster. La escuela es una verdadera comunidad, es la encarnación de la Edad de Oro, es la fraternidad universal, el franciscanismo laico, el paraíso del conocimiento…

Queridos niños queridos: el próximo lunes vais a procurar acordaros de echar en vuestra grave y liviana mochila una barra grande de plastilina del color más feo posible; que vais a modelar con ella la efigie impresionista-expresionista de uno de esos maestros magistrales que aún quedan en el colegio. Será un certamen que ganará el alumno que la haga más horrible. Y el premio consistirá en apedrear al magíster representado arrojándole a la cabeza las plastiesculturas de los compañeros; mientras que la obra escultórica realizada por el ganador quedará guardada para siempre en la vitrina de trofeos y genialidades del colegio.