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Este no era S

Se han editado ya muchos libros con recopilaciones de disparates que perpetran los alumnos de Enseñanza Media, o de Educación Secundaria, en los exámenes. No son libros que a mí me hagan mucha gracia, porque son síntomas de una desgracia que me afecta doblemente, como padre y como profesor. Como le comentaba ayer a mi mujer una compañera (antigua alumna mía, por cierto), acerca de una de esas joyas de la infancia que cada vez abundan más en los colegios y en los institutos: “Es como para preguntarse: ¿qué clase de maestra habrá tenido la criatura? Pero es que su maestra ¡he sido yo!” La misma frase podría pronunciarse en otra situación, sustituyendo la palabra ‘maestra’ por la palabra ‘madre’.

No me gustan esos libros a los que me refería antes, pero hoy he recordado una anécdota de las que encajan en estos libros, una sorprendente interpretación que un alumno de segundo de Bachillerato hacía de un pasaje, parte de un artículo de Muñoz Molina. Consideraba este autor cómo en los años setenta parecía que esta sociedad moderna, especialmente España, avanzaba hacia el laicismo; pero, con el paso del tiempo, se había producido una reafirmación del factor religioso en la vida social, y uno de los síntomas de la nueva religiosidad era la abundancia de canonizaciones que había llevado a cabo Juan Pablo II, ampliando sin tregua la nómina de los santos. Más o menos esto era lo que decía el pasaje. Pero mi alumno S interpretó que el Papa no paraba de subirles el sueldo a los santos.

Hoy lo he recordado porque, mientras podaba la hiedra de la puerta de mi casa, he visto acercarse a un muchacho que, con su carrito de la compra, venía dejando en los buzones algunos folletos publicitarios. Y cuando ya lo tenía más cerca, me he dicho: “¡Anda! Este es S. Seguro que pasa de largo sin dejarnos nada ni a mí ni a mi buzón”. Pero este no era S; y, después de saludarme con mucha corrección, me ha preguntado si dejaba los folletos en el buzón o me los daba en la mano.

Inseminate: Procread, multiplicaos y henchid la tierra

Cualquiera que tenga estudios sabrá de sobra que, para semen fetén chapó, el semen de los que hemos estudiado en el seminario. Bueno… yo, personalmente, ya no cuento, porque al poco de ver nacer a mi tercera hija me fui para el cirujano y le dije, sin miedo: Córteme el semen. Y me lo cortó; y al mes siguiente se cercioró de que no había dejado ni rastro. De modo que, insisto, yo no cuento, aunque ahora esté contando lo que estoy contando.

A esa etarra que anda por ahí buscando un plato de semen que llevarse a los labios, yo le diría: Dirígete a algún antiguo seminarista, que seguro que en tu banda alguno queda. Y volvías a la cárcel más preñada que la madre que te parió.

Claro que el semen de antiguo seminarista lo que tiene es que tiende al anonimato: ano te pillo, ano te mato; y si te vide no me acuerdo. Como las gramíneas salvajes, los ailantos, los vilanicos y tantos otros seres vivos y semillosos que, bellamente inútiles, pueblan los campos. Porque ecce exiit qui seminat seminare… Y el Espíritu sopla donde quiere.

¿Eres joven?

Contaba mi suegro, que en paz descansa, que mi padre, que era un filósofo de taberna como yo soy un tabernero de blog, que mi padre, cuando alguno de sus comparroquianos se quejaba de que en el pueblo ya no había viejos –hablo de cuando mi padre y sus compinches eran cincuentones y puretas–, mi padre, retórico, le preguntaba: “¿Tú tienes padre? No. ¿Tú tienes madre? No”. Y concluía: “¡Pues tú eres un viejo!”

Esta tarde, su hijo, cincuentón como era él por aquellos entonces, que no tiene padre y tiene una madre que, como Titono en su invencible vejez, cabe en un cesto, quiere, cambiando la pregunta que formulaba su padre, servir a sus viejos lectores la copa que les aclare si son viejos o jóvenes: ¿Te sientes en condiciones de enamorar a una joven? Si piensas que sí, eres joven (a no ser que seas un imbécil).