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¡Ay, mi Lope!

Qué bueno lo de llegar a casa después de una mañana de currelo… ¿Que no es currelo cuatro clases, más la guardia de recreo, más un desplazamiento a la Escuela Politécnica a recoger las Actas de Selectividad, ¡todos aprobados!? ¡Claro que lo es!

Y llegar a la casa como los mulos a la cuadra, y quitarse el parejo, y, antes que el parejo, la cincha, y quedarse uno encinto, como una preñada. Y encontrarse el pesebre lleno de un buen pienso recién servido…

Y en la sobremesa, ya relajados y ahítos, recordar alguna anécdota de la mañana, como que Melanie, a la que no se le escapa un troyano aunque se disfrace de cofrade de una hermandad rociera, haya descubierto una errata (¿roedora o errática?) en el libro de texto de 1º de Bachillerato, en titular destacado en rojo para más inri, en la que Lope no es Lope de Vega, sino Lope de Verga. Y hay que reírse… “Hay que joderse”, dirían los paisanos del seor Lope. Y un servidor se acuerda de aquellos versos que le dedicó hace unos años al Fénix de la Naturaleza y Monstruo de los Ingenios: “Ay, quién fuera, si no un Lope de Vega, / por lo menos un Lope de secano”, así creo que empezaban.

Luego el café, el lavado de dientes, y a iniciar la tarde; que, si nos descuidamos, nos comen las moscas (y si no nos descuidamos, reventaremos en el monte, como la mula de Cardenio).

Amigo Eladio y amiga la poesía

Eladio era un joven maestro cuando empecé yo a estudiar. Luego él pasó de la enseñanza a la Administración Educativa y yo pasé de ser un buen estudiante a ser un mal estudiante, huraño y problemático. Hemos llevado vidas distintas y distantes; y a la vez próximas: por el trabajo y por el pedazo de tierra donde se nutrían nuestras raíces, terruño que nos ha hecho copartícipes de muchísimas experiencias. Ahora él es un jubilado de oro y yo soy un MAY 55, un trabajador mayor que ya disfruta de esa reducción de dos horas lectivas que la Administración concede a los que ya cumplieron los cincuenta y cinco tacos.

Quiero creer que no sólo porque tiene tiempo, como jubilado, sino porque le ha parecido una forma grata de perderlo, ha hecho alguna visita a este Certe patet, e incluso ha dejado algún comentario que yo le agradezco enormemente (no suelo responder a los comentarios a pesar de que son muy pocos; creo que “no procede”: yo ya he dicho lo que he dicho, quod scripsi, scripsi. De todos modos, insisto, me encanta leerlos y que formen parte, sustantiva y no adjetiva, de este blog).

La última vez que nos vimos, hace unas tres semanas, sin apenas tiempo para charlar porque era tarde, le comenté de pasada que me había acordado de él viendo la foto de un poeta sevillano en un libro recién editado: yo encontraba bastante parecido en los rasgos faciales. El libro es Vieja amiga (Poesía 1975-2008); ed. Almuzara; y el poeta, Fernando Ortiz, también jubilado, según leemos en algunos poemas y en la cronología del autor.

A continuación, para los visitantes de Certe patet y principalmente para mi amigo Eladio, voy a copiar dos poemas de Vieja amiga, el primero y uno de los del último libro (Último espejo), separados por treinta y dos años; aunque, claro, la amistad de Fernando Ortiz con la vieja amiga, con la poesía, tiene más de los treinta y tres años que acota el subtítulo: yo diría que tiene los mismos que el poeta.

PRIMERA DESPEDIDA

A mi hermano Manuel

Ahora imagino una mañana clara

en la que soy un niño y los ojos

están despiertos. Ando por el campo

del Aljarafe. Aún la hora es temprana

y aún el fresco del alba va conmigo.

El canto de los pájaros retorna

a mi memoria. Suenan las campanas

de la primera misa, alegres tañen.

Mojada está la hoja de rocío

y mojada la hierba que mi mano

hacia los dientes lleva. Lentamente

voy caminando. Un gallo lejos se oye.

Y aquí, desde lo alto de una higuera,

blancas las casas, los olivos verdes.

DE VITA BEATA

¿Viajar? Viaje el que quiera, pero que a mí me deje

su coche en esa plaza que suelo frecuentar;

donde compro la prensa y hay un bar que me fía

–lo que viene muy bien si las cosas van mal–,

bancos donde sentarse cuando es invierno al sol

y árboles que en verano muy grata sombra dan.

¿Leer? Yo nunca leo, ojeo, aunque me gusta

ver los escaparates y también los stands

de alguna librería, boutique, zapatería…

Como español, me quejo de los juegos de azar

–ni un décimo premiado en treinta largos años–.

y así vamos tirando, pues pasó nuestra edad.

Vino, miseria y crisis

Cuando yo era un niño de los de escuela, catecismo y tirachinas, en mi pueblo, pequeñito, había no pocas tabernas: todas para aliviar el escozor de gaznate de los machos. Las mujeres, sólo cuando cocinaban un guiso que requería algo de vino, mandaban al niño, con un vaso de cristal en la diestra: “Ve a que Fulano a por una peseta de vino blanco”.

Entre aquellos taberneros de entonces, había uno llamado Zaragoza, orondo como un queso en manteca que, cuando el camión del reparto se retrasaba, se reservaba la última arroba: “Ya no se despacha más vino; ése que queda es pa la casa”.

Me he acordado de Zaragoza pensando en la crisis, en el Gobierno y en la que nos espera. Primero el Gobierno decía que no había crisis, y que eran unos antipáticos antipatriotas los que hablaban de crisis. Ahora dice que sí hay crisis, pero: a) no bajará la ayuda a los más necesitados; b) la culpa de que la haya la tienen los americanos, especialmente su presidente. Me temo que mañana el Gobierno nos diga: “Se ha roto la banca del Gobierno; y (como Zaragoza) la poca tela que queda nos hace falta a los del Gobierno”.