• Páginas

  • Archivos

  • abril 2026
    L M X J V S D
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    27282930  

Pesadilla

No sé si es algo corriente o sólo me pasa a mí: si de madrugada me desvelo y estoy largo rato despierto, dando vueltas en la cama e intentando dormirme otra vez, en caso  de que lo consiga, me asaltan siempre los oníricos horrores. Me asaltan incluso antes de sumirme del todo en el sueño, pues percibo que lo que siento y lo que veo y oigo y toco, forma parte del sueño en el que he caído y del que intento salir. Y salgo a veces, abruptamente; a lo que suele seguir que me arroje de la cama antes de que el sueño me atrape de nuevo y vuelva a dejarme caer en ese submundo siniestro.

En la pasada madrugada he vuelto a vivir esta experiencia; y todavía recuerdo unas cuantas imágenes del mundo soñado. No las voy a describir. Sólo quiero decir que las imágenes en sí no eran en absoluto terroríficas, sino más bien insólitas, o sorprendentes, o extrañas. Lo horrible era el sentimiento que provocaban en mí; eso era lo que yo no podía soportar: mi propio sentimiento.

Veni, Creator Spiritus

Si los lingüistas tuviéramos un patrón religioso (me asaltan dudas: ¿acaso no lo tenemos?, ¿acaso yo soy un lingüista?), éste debería ser el Espíritu Santo, que, con la llama simbólica sobre sus cabezas, infundió a los apóstoles el don de lenguas. Esto ocurrió en Pentecostés, o sea, cincuenta días después de Pascua de Resurrección, es decir, en una fecha próxima a ésta en la que escribo.

Un magnífico don, éste “de lenguas”: ¡quién lo pillara!… Saber todos los idiomas del mundo sin estudiarlos, poder entenderse con cualquier persona del planeta Tierra con toda naturalidad y sin esfuerzo alguno… Aunque, ¿quién sabe? Tal vez el Espíritu Santo anda ya preparando ese regalo para los humanos del futuro; por una vía más sencilla: la de que todos los humanos usen el mismo idioma. ¿Un empobrecimiento de la especie? Yo no lo creo. Tampoco lo creía Juan Ramón Lodares (acerca de éste, fallecido hace dos años en accidente de tráfico, no tengo ninguna duda de que era un lingüista ‘conplido’), quien en su libro Gente de Cervantes (Taurus, 2001) escribía lo siguiente:

“A finales del siglo XV la población suramericana se repartía unos dos mil idiomas. Cinco siglos después, todo el continente puede recorrerse en tres lenguas: inglés, español y portugués (añada la lengua francesa si visita Québec) para un número de habitantes treinta veces mayor. Se calcula que, en los próximos siglos, la convergencia lingüística habrá sido tan severa que desaparecerán nueve de cada diez lenguas vigentes. Hay quienes ven en ello un presagio pesimista. Pero puede igualmente verse de otra forma: el curso de los acontecimientos juega a favor de aquellos rasgos que nos unen, entre ellos los idiomáticos. Nos entenderemos con menos trabas.”

Y si los humanos nos entendemos con menos trabas, a lo mejor también nos peleamos menos, nos matamos menos entre nosotros, nos ayudamos más unos a otros.

Actualmente estamos empleando, entre todos, unos 3600 idiomas. Pero sólo 120 de esos idiomas son lengua oficial de algún Estado. ¿No es evidente, dentro de los Estados, la tendencia a reducir las trabas en la comunicación? Por supuesto, cualquier imposición de un idioma por la fuerza, cualquier coacción para que alguien hable en una lengua y no en otra, debe ser considerada delictiva. Esto tiene que ser un proceso basado en la tendencia natural a comunicarse con los semejantes, no un proyecto político dictatorial.

Y para terminar mi apunte de hoy: ¿Han caído ustedes en la cuenta de que el latín sigue siendo idioma oficial en un Estado? Claro: en el Vaticano.  Pues con el comienzo de la letra del himno-oración, en latín, al Espíritu Santo, que yo tantas veces canté rutinariamente en mis años de seminarista (quizá por eso el Paráclito no ha querido hacer de mí un lingüista indudable), acabo:

Veni, Creator Spiritus,

mentes tuorum visita,

imple superna gratia

quae tu creasti pectora.

Elogio de la lectura

Deben de ser bastante insólitos los casos en los que se convierte en escritor una persona que antes no había sido un enconado lector. Y como la mayoría de los escritores han sido antes eso, apasionados lectores, no es difícil recordar algunas páginas que contengan lo que reza el título de ésta: un elogio de la lectura. De modo que ahora mismo, sin escarbar en la memoria, me viene a la mente aquella frase del primer narrador del Quijote, cuando encuentra los cartapacios donde está contenida, en arábigo, la historia de su personaje: “y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía” (I, 9). Es, sin duda, un reconocimiento de Cervantes de su propia afición, que también lo será, en desaforado grado, del manchego Alonso Quijano.

Un mundo con libros, se titula un libro del profesor Gregorio Salvador, un libro recopilatorio de ensayos y páginas diversas, un precioso libro que yo compré hace años en la sección de saldo de alguna librería y que leí con entusiasmo, un libro que es también el reconocimiento de la vocación impenitente de lector de don Gregorio, ya que, como advierte en la introducción, prácticamente todas las variopintas páginas del libro, tratan de libros.

Finalmente, de hace bien poco tiempo recuerdo un artículo de la escritora Clara Sánchez (mi memoria no alcanza a decir en qué periódico ni es el momento de consultar hemerotecas), un artículo escrito a raíz de la contemplación, en el Metro, de una mujer leyendo un libro, una imagen, por cierto, nada infrecuente. No recuerdo si Clara Sánchez daba en su artículo algún argumento que me resultara novedoso a favor del vicio de la lectura; lo que sí recuerdo es el tono apasionado de la escritora, el sentimiento que expresaba de simpatía ante la actitud de aquella pasajera inmersa o absorta en las páginas de aquel libro, ajena, al parecer, al ambiente del vagón que la llevaba.

No sólo es muy raro que surja un escritor donde antes no ha habido un lector. El gran pedagogo que fue don Fernando Lázaro Carreter afirmaba rotundo que no puede haber buen estudiante donde no hay aficionado a la lectura. Lo afirmaba don Fernando y un servidor, desde su ilustre posición de reconocido don nadie, lo ratifica.

Hace unos días, en el Salón de Usos Múltiples del instituto, le oía decir,  en brasileiro trufado de castellano, a alguien que presumiblemente era profesor o maestro de Capoeira, , ese baile acrobático y como de lucha: “Tienes novia; pero esa novia te puede dejar un día, y ya no tienes novia. Tienes un amigo; pero éste puede dejar de ser tu amigo; y ya no tienes amigo. Tienes aprendido este arte, con tu esfuerzo y dedicación; y eso forma parte de ti, no te abandona nunca”. Y bien, lo mismo podríamos decir de la riqueza que nos proporciona la lectura: forma parte de nosotros y no nos abandona nunca.

Para terminar, quiero exponer sucintamente una idea: leer requiere no sólo una capacidad mental, que se va desarrollando con la práctica; también requiere un estado de espíritu, un equilibrio emocional; porque si dentro de nosotros hay muchas voces sonando, o pocas, pero con estridencia, la concentración en la lectura será imposible. Por lo que, a veces, antes de empezar a leer, será necesario (yo lo practico con bastante frecuencia) dedicar unos minutos a la preparación, al reposo del espíritu, al silencioso recogimiento, al ordenamiento emocional. Leer es una aventura; y tenemos que estar preparados para iniciarla.