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Tapones

Hasta ayer me he sentido preocupado por la rapidez con que este año han transcurrido mis vacaciones. He querido consolarme pensando que el tiempo que pasamos bien es el que más deprisa se desliza, pero no me he consolado; sino que le he dado vueltas al tema de mi edad, de mi avanzada edad: estoy entrando en la vejez, en la cual el tiempo, primero se acelera y luego se precipita; y a veces, en medio de ese vértigo, nos deja atrapados en un bucle, que puede ser un martes, como le ocurrió a Úrsula Iguarán, o el día de nuestra primera comunión, o la fiesta de la Patrona de nuestro pueblo. Y en él quedamos hasta que la Piadosa Muerte nos rescata.

Hasta ayer. Porque ayer recordé, en medio de este brocinal de olvidos por el que avanzo últimamente, que durante el último trimestre del curso andaba aquejado de una sordera rumorosa que era como vivir en medio de la bruma, como tocarlo todo con manoplas, como comer sin sal. Me fui medio habituando a esa penosa situación, y transcurrían los días, y no tuve cita médica hasta el 2 de agosto. Me presenté en la clínica con el temor de llegar cuando ya la habían cerrado para un mes: porque cierto familiar me había dicho que cierto empleado de la clínica había asegurado que la cerraban en agosto. Pero no hubo tal: me presenté con media hora de antelación y enseguida me pasaron a la consulta del otorrino, que, asistido por una señora (ambos sin la típica bata de sanitarios), en dos minutos, incruenta e indoloramente, me dejó los oídos como nuevos. Y me fui para la calle, a disfrutar del hermoso estruendo urbano de agosto, que es un estruendo mucho más grato que el del resto del año en las ciudades alejadas del mar. ¡Qué delicia volver a percibir con claridad los ruidos y las palabras! Distinguir, en la moto destartalada que nos rebasa por la estrecha callejuela, el berrido que le sale por el tubo de escape, de la queja polifónica que emite por las distintas coyunturas de su ensamblaje. Oír en el pequeño parque el agudo silbido de las golondrinas que andan a la caza del mosquito, y oírlo con la misma nitidez con que antaño nos llegaba el de aquellas golondrinas de nuestros veranos infantiles, en las Eras Altas de Gójar.

Para celebrar mi cura, tiré para la librería y me compré la última de Luis Landero; y, para postre, los tres gruesos volúmenes de La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens. ¡Y qué alegría leer con el oído a punto! ¿Quién ha dicho que no hace falta el oído para la lectura mental? Pues claro que hace falta, no sólo para esa lectura que se está poniendo de moda entre amigos y colegas, que prefieren leer caminando; mejor dicho, que les lean; y pasean con el MP3 en la cintura y el “pinganillo” en la oreja.

Y qué delicia ahora leer la novela de Landero (lean a Landero: es un pedazo de clásico, íntegramente un clásico quiero decir); y qué frescura la prosa de las memorias de Cansinos, aunque habla de hechos y de gentes de hace un siglo, aunque su autor la escribió hace medio siglo: fresca como una ensalada recién hecha, con todos sus aliños y su sal.

Queridos amigos, ya sé por qué este año han sido tan cortas mis vacaciones de maestro: hasta el día 2 de agosto he tenido tapones en mis setecientos sentidos.

En agosto

Los ríos, hastiados de tanto repartirnos el agua a los humanos, el agua que no nos merecemos, se echan en sus lechos, deprimidos, estiados, aceptando la muerte como la solución menos sucia.

Los montes se dejan achicharrar por el sol inclemente, aguantan la murga de las chicharras, añoran a las nubes protectoras, sufren el agostamiento de su hierba, los rasguños y la zapa continua de las alimañas de secarral.

Las criaturas humanas se amontonan en las playas, especialmente en las del Mediterráneo, se agolpan en los chiringuitos para devorar sardinas, que les dejan para toda la tarde un aliento gatuno, se queman hasta el carné, se pulen hasta la extraordinaria del año 2023, y anhelan la vuelta a la vida sencilla y rutinaria que les traerá Septiembre: el bar de la esquina, el partido del domingo, el puteo del lunes…

El autor de Certe patet se va a su pueblo en plan rebañaorzas: comida en casa de la suegra, merienda en casa del hermano, invitación en el bar que siempre paga algún amigo… Y como todos ellos, para mediados de mes, estarán hasta las narices de ser el panoli (el pan con aceite) de tan parásito pariente, de tan incompetente compadre, en la segunda quincena del dichoso agosto el autor de Certe patet no tendrá más remedio que volver a sus cuarteles de invierno, a pasear y leer, sin ser económicamente gravoso para nadie, a escribir cuatro chorradas para ir matando el tiempo, o a quien se asoma a leerlas. De modo que, sufrido visitante de Certe patet, nos vemos cuando pasen dos semanas (aproximadamente). Pásalas bien.

Elogios y censuras

Las personas corrientes, es decir, la gran mayoría, tenemos una opinión bastante realista acerca de nosotros mismos; nos vemos como una mezcla a partes iguales de cualidades y defectos. Hace ya bastante tiempo, cierto familiar expresaba su opinión acerca de mí en los siguientes términos: “Todo lo que tiene de listo lo tiene de tonto”. No sólo no me molestó tal opinión, cuando otro pariente me contó la anécdota, sino que me pareció absolutamente certera. Pero, si nos paramos a pensar un poco, ¿a quién no conviene esa fórmula?

Así reflexiona José Luis García Martín, en alguna de sus críticas acerca de un poeta actual, aunque a la vez generalizando: Con el tiempo nuestras mejores cualidades se convierten en nuestros peores defectos (no pongo comillas porque cito de memoria). Se refiere a que, efectivamente, lo que en la luminosa juventud de ese poeta fue un hallazgo importante para la poesía, las reiteraciones de tal fórmula o imagen a lo largo de la vida de ese escritor, lo llegan a convertir en una mueca deplorable. Pero también puede ocurrir lo contrario. Y vemos, por ejemplo, que una chica que en su primera juventud nos pareció desgarbada y sin gracia, según va entrando en la madurez, se va convirtiendo en una mujer de inmenso atractivo.

Sabedores de esa tendencia al equilibrio que tiene la vida humana, todos, o casi todos, vemos en la propia motivos para que nuestra opinión acerca de nosotros mismos se mantenga en el fiel de la balanza. Lo que algunos poetas han expresado hablando de sí mismos y a la vez generalizando… Ángel fieramente humano es la escueta definición que hace del hombre Blas de Otero desde el mismo título de su libro. En el cual el soneto titulado precisamente “Hombre” termina con un verso que es otra sucinta definición del hombre: “ángel con grandes alas de cadenas”. Y Carlos Marzal, poeta de nuestro tiempo, reformula en tres versos el mismo concepto: “la bestia equidistante / entre el reino animal / y el reino de los dioses”.

Pues bien, si andamos a medias entre el debe y el haber, ni buenos ni malos sino todo lo contrario, es comprensible que cualquier pequeño elogio, que cualquier leve censura, tenga en nosotros, momentáneamente, un efecto colosal, de cataclismo: el fiel, que estaba tan tranquilo en su posición vertical, sufre un bandazo por un pequeño peso. Pero a continuación la tendencia al equilibrio se impone; y quien hoy recibe una censura, se acuerda de que ayer recibió un elogio; y viceversa. “Memento mori”, recordaba el esclavo al general triunfante de la antigua Roma. Y como figura contrapuesta, recordemos a aquel joven noble de la película1492, de Ridley Scott; lo último que el joven caballero dice, con toda solemnidad, cuando se ve vencido por los del bando de Colón, es: “Nosotros somos inmortales”; e inmediatamente se arroja al precipicio para morir. Es el sentido humano del equilibrio.